“Soy un fantasma, era indocumentado en Estados Unidos y aquí también”: deportado | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017

“Soy un fantasma, era indocumentado en Estados Unidos y aquí también”: deportado

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Son personas distintas, pero sufrieron las mismas vejaciones, humillaciones, insultos… lo mismo que soportan miles de connacionales detenidos y repatriados por las autoridades de Estados Unidos todas las semanas.

Las dos primeras historias que Crónica presenta a sus lectores son la pesadilla que vivieron José Luis y Armando, dos capitalinos que fueron separados de familia y trabajo, de su vida en la Unión Americana. Son historias que se resumen en lo que uno de los migrantes deportados resumió así: “Me fui creyendo que allá lo tendría todo y me regresaron sin nada”.

HAPPY BIRTHDAY. No todos corren con la suerte de viajar de regreso a México en avión. La mayoría son trasladados a la frontera en camiones y ahí tienen que arreglárselas por su cuenta.

Es 9 de febrero de 2017. José Luis tendría que estar rodeado por sus hijos y de todos sus amigos, mientras corean su nombre durante el happy birthday.

Se le corta la voz y deja caer pesadamente su barbilla sobre su pecho, está en México desde agosto pasado: “Es triste estar acá en un cumpleaños, sólo y pidiendo dinero para poder sobrevivir”, relata en las oficinas de la Secretaría del Trabajo y Fomento al Empleo, instancia capitalina a la que se acercó al enterarse que le podían brindar apoyo para conseguir empleo. “Llegué y no tengo nada, ni papeles: me rompieron, como a muchos, mi tarjeta consular”.

A José Luis Rodríguez lo agarró la Migra. Recuerda muy bien al agente migratorio diciendo que 120 se iban al avión y los demás, unos 750, tendrían que hacer el viaje a la frontera en autobús.

No había visto suelo mexicano en 16 años. Llegó a Piedras Negras, Coahuila, y le dijeron que Tampico estaba cerca. Caminó, pidió aventones. Son sus primeras horas de nuevo en México, después de ser deportado: “Una auténtica pesadilla que a nadie le deseo”.

El hombre de 41 años apenas había salido de una prisión en Carolina del Norte, acusado de sustracción de menores. Por una disputa familiar, sus sobrinos terminaron en su casa. Cinco meses en prisión hasta que lo soltaron totalmente absuelto de los cargos (los menores alegaron siempre que querían vivir con su tío); de inmediato fue detenido por agentes aduanales.

Ya no pudo salir, y comenzó su calvario.

La Migra lo paseó por tres prisiones diferentes, en una de ellas le comunicaron su falta: “ser ilegal; no podía exigir nada, podía ser maltratado como un animal”.

—¿Cómo llegaste allá?

—En 2001, intenté cruzar cuatro veces por el Río Bravo con mi hijo de un año. Lo llevaba en brazos, fue un calvario. Tres veces lo conseguimos, pero las mismas tres veces nos agarraron y nos regresaron. Una vez caminé desde Tecate (en Baja California), y a cinco minutos de llegar a San Diego me agarró la migra.

—Entonces lo lograste...

—Fue gracias a una señora que me ayudó. Ya no tenía dinero para pagarle al pollero y ella soltó 2 mil dólares para que me pasaran --recuerda el hombre. José Luis cree que la mujer que lo ayudó, quizás, ya esté muerta, eleva la vista y se persigna.

—¿A cambio de qué te ayudo?

—De nada. Siempre creía que era mi ángel. Me dio todo, alojamiento, comida y vestido. Era mi ángel.

—¿Y tu hijo?

—Siempre conmigo, no pudo estudiar al principio, pero después se fueron dando las cosas.

—¿Y luego?

—Nos mudamos a Carolina. Allá había trabajo. Llegué a ganar 700 dólares a la semana, con eso vivía bien y me podía dar uno que otro lujo… hasta mandaba dinero para los que estaban acá.

Ahora está en la Ciudad de México, en su cumpleaños, sin sus hijos, el que cruzó el Río Bravo y los que nacieron allá. Uno, el de los cuatros cruces por el río, está escondido, ya que podría correr la misma suerte que su padre.

José Luis toma un respiro, se acomoda en la silla en la que se ha acomodado para hacer su relato. Recordar a su familia, es evidente, le es doloroso. Su voz se entrecorta e intenta contener las lágrimas; pero no lo consigue.

Se le escapa una lágrima. José Luis es atento y habla español con fluidez, sin acento. Se recupera del recuerdo y termina de explicar la situación de su hijo mayor: “Cruzó conmigo y se quedó allá. Tiene miedo que lo deporten como a mí”.

—¿Qué te hicieron los de la migra?

—Me humillaron y me insultaron. En más de dos ocasiones me intentaron golpear, pero me defendí. Me pusieron unas esposas con cadenas en los pies y manos.

—¿Cómo llegaste a la Ciudad?

—Tuve que pedir dinero, hacer de todo para conseguir que comer.

INDOCUMENTADO EN MÉXICO. Armando López, de 50 años, hizo realidad el sueño americano; al menos por 27 años. También terminó deportado.

Logró tener su propia empresa y ganar dólares para vivir una vida digna. Después de 27 años de trabajo y de sueños, fue deportado en marzo del año pasado.

Llegó a ganar dos mil dólares al mes, le iba muy bien con su empresa de remodelación de albercas en Nevada.

El hombre luce demacrado; dice que ha sido un ir y venir para conseguir el apoyo del Seguro de Desempleo que da la dependencia capitalina.

Armando López era indocumentado en Estados Unidos y resultó que aquí también lo era: para intentar construir una nueva vida, para todo trámite, le pedían una credencial, un documento oficial con el que, después de un cuarto de siglo en Estados Unidos, no contaba.

“Viví más de la mitad de mi vida en Estados Unidos, tengo 50 y estuve allá 27. Aquí llegue sin nada y sigo sin tener nada, en mi propio país soy un indocumentado, no tengo papeles ni de aquí ni de allá”, comenta, “llegué a mi país y soy un fantasma, es como si yo no existiera”.

De los apoyos, que diferentes gobiernos, incluyendo al de la Ciudad de México, han lanzado para afrontar la tormenta Trump, dice que “con dos mil pesos al mes que es lo que nos dan, nadie vive”.

El hombre no quiere hablar más. “Merecemos que nos volteen a ver”, dice y se despide. Va a la calle. Se pierde en la Colonia Tránsito, cerca del Centro de la Ciudad de México. Ya no es un fantasma, logró recuperar su identidad a través de credenciales recién emitidas y un seguro de desempleo. Ahora debe afrontar la realidad de su país. Los 2 mil dólares se transformaron en 2 mil pesos que sólo le serán entregados durante 6 meses. Después estará por su cuenta.

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