Acoso sexual contra estudiantes de educación superior en redes sociales

Conacyt -

Angélica García y Abraham Mena

La Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y uso de Tecnologías de la Información en los Hogares 2015 (ENDUTIH) reporta que en México 12.8 millones de hogares disponen de internet; es decir, 39.2% del total nacional. La población joven es quien más lo utiliza, en el grupo de edad de 6 a 17 años lo usa el 70.2% y en el grupo de entre 18 a 34 años el 76.5%. La encuesta señala que la población mayor de 12 años dedica su tiempo a obtener información, comunicarse, acceder a contenidos multimedia, utilizar las redes sociales y entretenimiento.

Las estadísticas responden, en parte, a la pregunta ¿qué hacen los adultos, jóvenes y niños todo el día pegados a sus celulares e internet? Sin embargo, otra parte de la respuesta la encontramos en esas pintorescas y comunes escenas de personas con un artefacto pegado en la mano y un rostro iluminado por el resplandor de la pantalla desde que despiertan hasta que duermen, por aquí y por allá. No es extraño ver a choferes y pasajeros del transporte público o privado consultando su celular, a profesores y estudiantes a media clase revisando su correo, al cirujano y anestesista poniendo música con su dispositivo móvil en el quirófano, niños y niñas tranquilizados por las imágenes delirantes de sus juegos digitales o espectadores fotografiando o video grabando una parte del espectáculo para luego compartirlo en las redes sociales. El uso del celular depende de la interacción que se desee provocar, la experiencia a compartir o la memoria que se quiera guardar. Hasta aquí pareciera inofensivo el uso de la tecnología móvil y del internet.

La percepción del uso de la red cambia cuando analizamos otras estadísticas, por ejemplo las publicadas a propósito del día mundial en recuerdo de las víctimas de los accidentes de tráfico elaborada por INEGI (2015), que reportan que entre el 15% y 20% de los accidentes automovilísticos ocurren por el uso de dispositivos móviles, lo que representa así la tercera causa de accidentes en México.

Por otro lado, el Módulo sobre Ciberacoso (Mociba) 2015 de INEGI, nos muestra un escenario aún más alarmante; las niñas entre 12 y 19 años son quienes más han vivido alguna situación de ciberacoso, caracterizado por recibir llamadas y contenido multimedia no deseado, ser contactadas con identidades falsas, recibir mensajes y el robo de identidad. Según el Mociba, el perpetrador del ciberacoso es en 87% un desconocido, en 10.2% alguien conocido, 6.3% es un amigo, 3.7% es un compañero de clase o trabajo, 2.1% es una pareja o expareja y por último el 1.6 % es algún familiar.

La indefensión que se vive en la red en México es un tema pendiente de resolver, lo cual se expresa claramente en las acciones tomadas por las víctimas de ciberacoso, las cuales respondieron bloqueando a la persona agresora, ignorando la situación, cambiando de número celular o cuenta, y dejando de responder. Tan solo 8.4% lo informa a otra persona y 4% presenta una denuncia.

En este contexto, en el marco de la investigación “Violencia escolar en ámbitos de educación superior en cuatro estados del sureste mexicano: Chiapas, Tabasco, Oaxaca y Yucatán” realizada por El Colegio de la Frontera Sur se elaboró un diagnóstico regional de carácter mixto que tuvo como uno de sus objetivos profundizar en la comprensión de las relaciones de género y los mecanismos organizacionales que generan, toleran y reproducen la violencia en ámbitos de educación superior, con énfasis en el hostigamiento y acoso sexual (HAS), que ha sido definido como una expresión de violencia de género que debe erradicarse por los efectos negativos y discriminatorios que produce.

En este proyecto se encuestó en línea a 5154 estudiantes de cuatro importantes universidades públicas de los cuatro estados donde se realizó el estudio, a través del sitio electrónicon http://www.bhasta.org. También se entrevistó a 28 personas víctimas de HAS, identificadas a través de la técnica denominada “bola de nieve”, quienes nos contaron detalladamente y de manera libre, en un primer momento, la situación de HAS sufrida, para en un segundo momento profundizar sobre el hecho relatado, sus consecuencias y lo que hizo en términos de denuncia o búsqueda de apoyo.

Los resultados de la encuesta señalan que el 40% de quienes participaron —58% mujeres, 42% hombres— afirman haber sufrido, en el último año dentro de su centro de estudios independientemente de su sexo, uno o más de los 11 eventos de HAS explorados; sin embargo, el 99% no denunció el hecho. Un 29.9% de hombres y mujeres encuestados sufrió alguna situación de HAS por medio de Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC); 15.1% recibieron “cartas, llamadas telefónicas, correos electrónicos o mensajes en redes sociales y teléfonos celulares, de naturaleza sexual no deseadas” y 14.8% reportaron “exposición a carteles, calendarios o pantallas de computadora o de teléfono celular con imágenes de naturaleza sexual que incomodan”.

A través del análisis de las entrevistas identificamos una amplia gama de prácticas de HAS conectadas entre sí en un continuo que muestra un incremento de su gravedad y el papel específico de las TIC. En este sentido, el contacto virtual fue la puerta de entrada a otras acciones que tuvieron la intención de violentar a las jóvenes estudiantes y en algunos casos a personal administrativo y académico.

La investigación nos ofrece una rica producción de narrativas en torno a cómo se vive el HAS en las redes sociales como WhatsApp y Facebook, donde la virtualidad crea un halo de impunidad para quien agrede, formulando un nuevo efecto intimidatorio sostenido en el anonimato de la relación impersonal. Estamos ante la presencia de un HAS que al no realizarse en un encuentro cara a cara, tiene efectos y consecuencias sustentadas en la interpretación que se le da al contenido textual en la red, pero con daños muy concretos a la integridad, reputación y seguridad de las víctimas.

En términos generales identificamos solicitudes de información personal e incluso íntima, disfrazadas de tareas escolares, a través de correo electrónico como estrategia para establecer una dinámica intimidatoria por medio de este canal de comunicación personal y extra escolar. También registramos el uso de la red de WhatsApp como recurso que permite establecer un primer contacto atemporal y no físico para luego ampliar su efecto con actos de hostigamiento inmediatos y físicos. Es decir, la reelaboración del hostigamiento en el espacio virtual escala en frecuencia y violencia con el propósito de provocar situaciones distintas a las que originaron el primer contacto. Finalmente nuestra investigación también registró casos donde las redes fueron utilizadas, en la impunidad de la falsa identidad o del anonimato, para instrumentar represalias contra quien tomó la decisión de no continuar una relación afectiva con un docente o compañero; lo cual ha sido documentado por otras investigaciones.

➣ Angélica Evangelista García (Investigadora). Abraham Mena Farrera (Técnico académico) de El Colegio de la Frontera Sur Grupo Académico Estudios de Género.

 

 

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