A 30 años de la huelga del CEU - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017
A 30 años de la huelga del CEU | La Crónica de Hoy

A 30 años de la huelga del CEU

Edgardo Bermejo Mora

(Cuarta parte)

Alcira. Si me hubieran dicho, en aquel tiempo del CEU y la huelga que ahora cumple tres décadas,  que lo más memorable, lo más literario, acaso lo más histórico, no sería el movimiento mismo, o la disyuntiva que enfrentaba la UNAM -castigada por las crisis económicas de la década y la masificación desbocada-, y que a la memoria del futuro le sería más dable recordar a un personaje entrañable y no por ello menos enigmático de aquellos pasillos, aulas y asambleas en la facultad de Filosofía y Letras, no lo hubiera creído.
Pero la memoria, esa forma abstracta y maleable de la verdad, es no menos implacable que impredecible, y hace, con el tiempo, sustancial y central lo que parecía ancilar. Lo que  en apariencia era anecdótico y acaso exótico -un dato más del paisaje revuelto de aquellos días,  y que deviene en algo más profundo, en algo más emocional y más digno de registro con el paso del tiempo. Me refiero a la poeta uruguaya Alcira Soust Scaffo, el tercero de los personajes que he querido recordar con la distancia opresiva de treinta años.
No las reformas truncas, acaso bien intencionadas, del rector  Carpizo; no el diálogo extraordinario, jubiloso y estridente entre estudiantes y funcionarios “que no funcionaban” (Andrea González dixit) en el Auditorio Justo Sierra –un  atisbo de tolerancia  que sigue reclamando su lugar en la historia de la democracia mexicana; no las izquierdas universitarias que salían del limbo radical de los setenta en la antesala de su renovación cardenista, al tiempo que Rafael Guillén se abría paso en las montañas de Chiapas; no las marchas festivas e iracundas   –con La Maldita Vecindad tocando sobre  un camión de redilas mientras avanzábamos lentamente por el Paseo de la Reforma-; no todas aquellas  movilizaciones callejeras  acogidas por   una sociedad capitalina  que sanaba cicatrices del 68 y del 71 entre los escombros del terremoto; no  el concierto de Silvio Rodríguez en el Campus incendiado,  que sería con el  tiempo declarado patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Nada de eso habría de pasar a la memoria de nuestros días  con la contundencia de esa otra historia ahora  contada mil veces, y acaso nunca reconstruida con todo rigor, de la desdentada Alcira: nuestra Casandra de huipil, morral y mezclilla. Nuestra loca subversiva, nuestra poeta extraviada, el verdadero eslabón que une  en el plano anecdótico dos historias de nuestro país: la de 1968, y la de su heredo guango, el movimiento del CEU.
Alcira, o mejor dicho, el recuerdo de Alcira,  convoca autores: José Revueltas, Luis González de Alba, Elena Poniatowska, entre muchos otros. Más reciente, Fabrizio Mejía, que la conoció por los mismos días que yo lo hice, escribió una crónica fantástica donde admite que pese a todo Alcira es un personaje incomprensible. Y al centro de esta reconstrucción memoriosa, su gran demiurgo: Roberto Bolaños, que escribió acaso la novela en español más influyente en el último cuarto de siglo, porque es puente entre dos centurias  de nuestras letras: Los Detectives Salvajes,  donde Alcira no es Alcira sino Auxilio Laucuture, un personaje de tal dimensión literaria que mereció una secuela y un close up novelístico con el título Amuleto.
Alcira formaba parte del paisaje de la Universidad y especialmente de la Facultad de Filosofía y Letras en los tiempos del CEU. Fue mi compañero de banca en el primer semestre de la carrera de historia,  Boris Berenzon, quien me la presentó, cuando él y yo trabamos amistad y complicidad en aquellos días febriles en los que todos era novedad y excitación.
Boris me contó su historia y su leyenda mientras caminábamos por aquellos pasillos tapizados de carteles de protesta e invitaciones a la movilización estudiantil. Poco antes Alcira lo había saludado con gran familiaridad y le daba la bienvenida a la facultad. Entonces Boris me explicó que su padre, el doctor Ignacio Osorio, quien participó de los  movimientos universitarios  de 1966 y de 1968, la había conocido y apoyado a lo largo de los años. Boris la conocía desde niño y ella a él. Confieso que a su lado me resultado más fácil acercarme a ella y conocerla, dado su aspecto perturbador.
Supe entonces del capítulo que aun ahora centra su leyenda y la convierte en un personaje al mismo tiempo histórico y literario, cuando la poeta  Alcira –ya muy ganada por la demencia como lo registra José Revueltas en su relato del 68, se quedó encerrada por espacio de varios días en el octavo piso de la Torre de Humanidades de la Ciudad Universitaria tomada por el ejército de Díaz Ordaz faltando dos semanas para la matanza de Tlatelolco.
Las diversas versiones coinciden en que Alcira sobrevivió tomando agua de los baños y papel higiénico. Doce días habría durado aquel encierro, hay quienes recuerdan que la encontraron moribunda, una suerte de resistencia involuntaria y no por ello menos épica y memorable.
La toma de Ciudad Universitaria ocurrió un 18 de septiembre de 1968, el mismo día que fallecía en México el poeta exiliado español León Felipe. Dice otra parte de esta  la leyenda que durante la toma del ejército, Alcira reprodujo en los altavoces de la Facultad la voz de León Felipe registrada en la colección Voz Viva de México.
Tras la derrota del 68, este mismo personaje sobrevivió otros tantos movimientos en la UNAM, un par de encierros forzosos en hospitales psiquiátricos  y más de tres lustros después seguía ahí, campante, a ratos risueña, a ratos furiosa,  repartiendo volantes, regalando poemas y armando alboroto en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras. (Continuará).


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