El santo de los migrantes

Aurelio Ramos Méndez

Al paso que vamos los migrantes mexicanos convertirán a Donald Trump en su santo patrono. No es broma. Podría ser así porque demandas planteadas por estos compatriotas como pregones en el desierto, desde hace décadas, han sido milagrosamente atendidas en apenas tres semanas, desde la llegada al poder del magnate de la greña anaranjada.

Revalidaciones de estudios, becas, bolsas de trabajo, protección consular, atención político-partidista, resguardo de remesas, seguridad en sus visitas al México, exenciones de impuestos para sus precarias inversiones, todo eso y más les ha sido prodigado a los migrantes. Qué bueno. No puede ser de otra manera con una población que emigró por falta de perspectivas de progreso y cuyo esfuerzo aporta al país unos 26 mil millones de dólares al año.

Podría decirse, sin exagerar, que no hay institución, entidad pública ni dependencia de los tres órdenes de gobierno, de la UNAM al PRI, pasando por el Congreso, los medios de comunicación, la iglesia, la CNDH, los gobernadores, alcaldes, partidos de oposición, organismos del sector privado y la mismísima Presidencia de la República, que no hayan armado, a la carrera, programas para atender a los mexicanos en el exterior, la abrumadora mayoría en Estados Unidos.

Hubiera sido hilarante, si no escondiese dramáticas historias de vida y no pocas tragedias, el haber visto al presidente Enrique Peña Nieto recibiendo en el aeropuerto, con un discurso de México como tierra de oportunidades, a un grupo de 135 deportados. Entre estos, quizá, algunos que en visitas a México tuvieron que integrar caravanas de decenas de familias como estrategia de autoprotección para evitar extorsiones, despojos, robos y violencia de francos delincuentes y agentes del Estado.

Cómo no sucumbir, en estas circunstancias, a la invocación o adscribirse a la advocación de San Donald, si con el ascenso a la presidencia de este desquiciado —cuya soberbia lo ha transformado en otro Satanás— han operado verdaderos prodigios.

El Fondo de Atención a Migrantes, que el Ejecutivo envía cada año ¡en ceros! al Congreso dentro del proyecto de Presupuesto, esta vez recibió una partida de 267 millones de pesos. Y los consulados allende el Bravo, cuyo reforzamiento económico ha sido permanente exigencia, cuentan, de golpe y porrazo, con mil millones de pesos arrebatados a esos bon vivant que son los consejeros electorales encabezados por Lorenzo Córdova.

Y ya está en proceso de constitución el Fondo de Migralidad, proyectado para proveer recursos a estados y municipios fronterizos, con objeto de atender los flujos migratorios regulares y las crisis coyunturales. Por ejemplo, la que todavía protagonizan haitianos y africanos.

A tal grado han llegado los portentos de Trump, que viajar a Estados Unidos para cortejar paisanos se ha puesto de moda entre políticos, funcionarios, intelectuales y periodistas. Esta semana compitieron en ese afán Ricardo Anaya y Enrique Ochoa Reza, a quienes desde hace un año les ha comido el mandado en este terreno el diputado Gonzalo Guízar Valladares.

En su más reciente visita, esta vez a Chicago, hace tres semanas, Guízar Valladares, presidente de la Comisión de Asuntos Migratorios de la cámara baja, recibió una prueba del ánimo que priva entre la comunidad mexicana por aquellos lares.

Líderes de diversas organizaciones le reclamaron fuerte y claro al legislador de Encuentro Social el que tuvo que llegar Trump al poder para que la clase gobernante mexicana atendiera por fin exigencias añejas. Idénticas recriminaciones escucharon este jueves Anaya, en Texas, y Ochoa Reza, en Nueva York, y días atrás a Miguel Mancera, en Los Ángeles.

Los reclamos seguirán siendo copiosos. Porque son legión los políticos logreros que ya tienen boleto en la mano para hacer turismo a costas de la desventura de los trabajadores indocumentados. De Andrés Manuel López Obrador a los senadores de la Operación Monarca Gabriela Cuevas, Armando Ríos Pitter, Juan Carlos Romero Hicks y Jesús Casillas, pasando por Jorge Castañeda, Héctor Aguilar Camín y Joaquín López Dóriga.

Entre el grupo de recibidos por el Jefe del Ejecutivo en el aeropuerto se escucharon narraciones sobre abusos y tratos vejatorios a deportados, muchos de los cuales son llevados esposados o bocabajo en el piso de aviones y autobuses, desde sus lugares de detención hasta la frontera. Agravios que han ocurrido desde hace años, aun con Barack Obama en el Salón Oval, frente a los cuales ninguna autoridad mexicana ha alzado la voz ni menos presentado reclamación formal alguna.

En medio de la indignación generada por el regreso forzado de compatriotas, a quienes, por la razón que sea, no pudimos retener en nuestro territorio, también se han escuchado advertencias sensatas que conviene no soslayar.

Por ejemplo, la recomendación de la consultora de la ONU, Patricia Olamendi tendiente a impedir que al amparo de la deportación masiva de honrados trabajadores Trump envíe a México delincuentes made in usa que acabarían por agudizar el problema de la inseguridad y la violencia. Así hizo Estados Unidos en Centroamérica, ahora la región más peligrosa del mundo.

En el alud de información sobre el nuevo mandatario gringo y sus despropósitos han brotado, no obstante, leves y esperanzadoras señales de entendimiento, surgida donde menos se esperaba, en el cogollo del gabinete trumpista.

En su comparecencia ante un comité de la Cámara de Representantes, el secretario de Seguridad Interior, John Kelly, se perfiló si no como amigo de México, sí como un diplomático: Reconoció, sin ambages, que el problema de las drogas radica en la demanda. Y hasta dijo que no haber logrado reducirla constituye una vergüenza para su país.

“Todo está en la demanda. Si detenemos el flujo de drogas que proviene de México pero no detenemos la demanda en Estados Unidos, volveremos a tener un flujo de drogas proveniente del Caribe”, expresó a modo de reproche por la incapacidad de la primera potencia para combatir el narco en su territorio.

Dijo más el hombre contratado por Trump para levantar el muro. “La frontera física es una solución importante para acabar con la inmigración ilegal y los crímenes perpetrados por indocumentados; pero no es la única solución para acabar con esos problemas”.

Con un gobierno que actúa en función de cómo soplan los vientos, es difícil determinar el alcance y significado de lo dicho por Kelly. Así y todo, sus palabras pueden representar una tabla de salvación para el gobierno mexicano, acosado ya no sólo con el muro, las deportaciones y el TLC, sino con exigencias de más guerra al narco.

Peor aún, con presiones para librar esa guerra en suelo mexicano ya no únicamente con centenares de estrategas y operadores militares entrenados por Estados Unidos, sino con tropas del ejército gringo. O sea, del ejército más poderoso del orbe, el que libra guerras en todos lados, pero ha sido incapaz de evitar la venta de drogas a las puertas de la Casa Blanca.

aureramos@cronica.com.mx

 

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