La autosatisfacción, la imaginaria unidad, el jolgorio

Rafael Cardona

Con todos sus componentes de jolgorio dominical y pesca en el río revuelto de la inconformidad, ante un gobierno estadunidense cuyos malos modos y peores intenciones revelan lo siempre sabido: su desprecio hacia México, hoy los integrantes de esa amorfa y ubicua “sociedad civil” tomarán las calles para decir cuanto de la garganta les salga, cantar el Himno Nacional y esperar la mañana del lunes en idénticas condiciones a las de ayer, anteayer o la mañana distante del 11 de octubre de 1842, cuando Mariano Otero convocó a los enfrentados mexicanos de entonces a considerar un acuerdo en lo fundamental, como base de la Unidad Nacional.

Muy diferentes eran las cosas entonces. Otero dijo, entre otras cosas: “quizá no despertaremos demasiado tarde de este letargo funesto”, y sus palabras fueron consideradas como un presagio entre centralistas y federalistas en pos de un ideal mexicano por construir. Cuatro años después vino la guerra contra los Estados Unidos y con ella la mutilación de la mitad del país, la pérdida, la derrota interminable, la sumisión, la inauguración fastuosa del patio trasero.

— ¿Vas a ir a la marcha?, pregunta un iluso a quien han convocado los chicos de la oficina con el dedo puesto en el gatillo del “Facebook”.

— No sé, a lo mejor me asomo.

La marcha dual, la doble convocatoria entre quienes quieren aprovechar la ocasión para golpear a Peña Nieto y nutrirse de su baja popularidad, y quienes quieren dejar testimonio de cómo sus gritos los van a exonerar del feo pecado de la conformidad o el silencio cómplice.

Pero la actual coyuntura, estimulada por la eterna hipocresía de los medios gringos de comunicación, la mal calificada “gran prensa” americana, siempre dócil ante su papel de alcahuete con las filtraciones eternas (así se hizo Watergate) nos pone en tiempos difíciles; sin aliados reales en el exterior y sin forma precisa de compensar los abusos contra migrantes y mexicanos ya residentes en aquella nación.

La patraña de un canciller mexicano con poderes tan grandes como para reescribir los ladridos de Donald Trump, ha sido el punto culminante, hasta ahora, de la insidia cotidiana, el tuiteo y los leaks de prensa, dañinos y perversos, útiles para la siembra y estímulo de la inestabilidad mexicana.

Uno a veces quisiera un día despertar sin un motivo adicional de estupor y de escándalo frente a esta política de atropellos constantes, groserías permanentes del Gobierno de los Estados Unidos, de una manera absolutamente rabiosa no solamente en contra de México, aunque nosotros lo podamos resentir más por la vecindad y por la dependencia acumulada de tantos años.

Sería maravilloso un tiempo sin ofensa, sin agravio contra alguien en abono cotidiano de esta actitud colectiva —yo diría— de estupefacción y con muy pocas herramientas a la mano para contrarrestar las injurias constantes, aquí y en todas partes del mundo, como va encontrando el gobierno americano en diferentes sectores ilustrados y en diferentes sectores con responsabilidad pública. Poco a poco se abre un campo para ir poniendo respuestas y para colocar pequeños elementos de contención frente al atropello.

Ya el Poder Judicial en los Estados Unidos determinó —por ejemplo— lo impropio del veto a las visas de los países con credo musulmán, lo cual es constitucionalmente improcedente; han hecho una limitación, si bien temporal, una etapa por la cual se exhibe este desacuerdo social interno de reprobación contra la actitud del Gobierno de los Estados Unidos.

El Gobierno, en su rama ejecutiva, con estos “ucases” con los cuales está intentando instaurar su gobierno el señor Trump, puede tener limitaciones. Ésa es la lección de estos días.

Hace unos días se conoció una decisión cultural importante en el MoMA de Nueva York.

En la semana, en el quinto piso, removieron obra propiedad del museo, consignada al museo, de grandes artistas del impresionismo y otras corrientes consagradas, de grandes maestros, para reemplazarla temporalmente con obra, de gran valor por supuesto, procedente de países de mayoría musulmana, representados por artistas de gran mérito, para demostrarle al mundo, al mundo de la cultura y a Trump cómo el pensamiento no puede estar sujeto a la represión de ninguna índole y de “fatuos”, ucases o mandatos radicales, ni tampoco puede ser objeto de desprecio porque detrás de toda esta actitud, o sea, detrás de todo racismo o detrás de todo etnocentrismo siempre domina el desprecio por el otro.

Yo no participo de la fe de los musulmanes, no la entiendo; por eso ni la juzgo ni la comparto, ni la combato, simplemente está ahí y el talento —creo yo— en un mundo civilizado consiste en aprender a convivir con los otros.

Por eso creo en estas cosas como el Museo de la Tolerancia. Yo no creo en la tolerancia; creo en la convivencia. Tolerar implica un poco de altivez, es como decir:

—”Está bien, tú no me simpatizas, pero como soy tan magnánimo y tan justo, te tolero”.

No. No hablemos de la tolerancia, hablemos de la convivencia, de respeto, de dignidad.

Y si después podemos hablar de la fraternidad, mucho mejor; y si después podemos practicarla, cien veces mejor. Pero mientras ese mundo utópico llega, debemos aprender a convivir con los demás dejándolos a ellos como son para nosotros ser como hemos escogido ser.

Y ése es el problema del Gobierno de los Estados Unidos: no está dispuesto a convivir sino a atropellar, a arrasar, a poner sus valores y sus intereses económicos y —si los tuviera, culturales— (no los veo en la Casa Blanca) por encima de cualquier consideración de convivencia con intento civilizatorio.

La civilidad nos obliga a vivir todos juntos, no a ser todos iguales. Aquí en estas páginas y en esta ciudad y en este país y en este continente y en este mundo, no somos iguales. Tú eres tú, yo soy yo y las personas lectoras, todas tienen su propia identidad y su propia manera de ver la vida.

Pero no tenemos porqué quererle imponer al otro nuestra óptica, ¿en el nombre de qué?

De la supremacía. El supremacismo étnico le ha costado demasiado a esta humanidad, demasiados campos de concentración, demasiadas migraciones.

SVETLANA

Con estos pensamientos en la cabeza reviso el discurso de Svetlana Alexiévich en la ceremonia de aceptación de Premio Nobel de Literatura en el 2015.

Es interesante leer ese discurso con el cual ella agradece.

Dice algo verdaderamente maravilloso, porque habla de sus orígenes multinacionales, y entonces habla de Bielorrusia, la tierra de su padre; de Ucrania, la tierra de su madre, y la cultura rusa sin la cual ella no existiría.

Y entonces habla de esas indispensables concurrencias, ahora cuando hablamos de egoísmos nacionales y xenofobia; negación de las integraciones culturales en un entorno etno-geográfico, aquí muy cerquita, aquí donde está el río del norte, ella dice:

“Yo tengo tres casas: mi tierra Bielorrusia, patria natal de mi padre, donde he vivido toda mi vida; Ucrania la tierra natal de mi madre, donde nací; y la gran cultura de Rusia sin la cual no puedo imaginarme a mí misma.

“Todas me son muy queridas, pero en los tiempos que corren es difícil hablar de amor: un tiempo lleno de esperanzas ha sido sustituido por un tiempo de miedos, el tiempo va en dirección contraria, ahora vivimos un tiempo de segunda mano”.

 

rafael.cardona.sandoval@gmail.com
elcristalazouno@hotmail.com

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