Espectáculos

Geoffrey Rush es ovacionado por encarnar al artista Alberto Giacometti

El actor australiano protagoniza Final Portrait que es parte de la Selección Oficial de la Berlinale; fue homenajeado por su carrera con la Cámara de Oro

El filme Final Portrait, con Geoffrey Rush en el papel de un Alberto Giacometti senil y brillante, ha aportado veteranía a una Berlinale cuya sección a concurso ha reflejado la vocación del festival de brindar su pantalla al cine social.

Rush, homenajeado por el festival berlinés con una Cámara de Oro al conjunto de su carrera, ha hecho una exhibición de maestría, como puntal de un filme hecho a su medida e incluido en la sección oficial, aunque fuera de concurso.

“Preparó durante dos años su personaje. El resultado en una combinación entre el trabajo previo y un dejarse llevar, con fuertes dosis de humor, algo que Geoffrey comparte con Giacometti”, explicó el estadunidense Stanley Tucci, director de la película, en la presentación a los medios que siguen el festival.

Giacometti, el creador de sublimes y esqueléticas esculturas, se ciñe en el filme al cien por cien el tópico del ególatra, déspota y viejo verde que se supone fueron casi todos los genios en su vejez, sobre todo los más mimados y cotizados en el mercado del arte.

Es un nihilista algo colérico, que se eterniza pintando el retrato del crítico estadunidense James Lord (Armie Hammer), quien día a día debe retrasar el regreso a su país para sentarse en una destartalada silla y posar.

Todo ocurre en el París de 1964, entre el taller del artista, los cafés y restaurantes que Giacometti frecuentó o sus prostíbulos, entre las rabietas de su escuálida esposa, Annette (Sylvie Testud), y su consentida amante, Caroline (Clémence Poésy), su obsesión y elixir de vida.

Cine social. El filme de Tucci no compite, pero estaba predeterminado para eclipsar a las concursantes del día, la franco-senegalesa Félicité y la austríaca Wilde Maus.

La primera, dirigida por Alain Gomis, discurre entre calles, bares y camas de hospital de Kinshasa y muestra una África indolente y desesperanzada, pero en la que emerge como un milagro una precaria orquesta y coro, en medio del caos y la basura omnipresente.

“En nuestro mundo, no solo en África, necesitamos urgentemente esperanza. Mi película muestra a personas que luchan en defensa de su dignidad”, explicó el realizador franco-senegalés, quien ya compitió en ese festival en 2012 con Aujourd’hui.

La lucha por la dignidad la encarna una mujer acostumbrada a no doblegarse y a la que la cámara acompaña mientras implora o exige a golpes a vecinos, patronos, parientes o ex marido el dinero que precisa para pagar la operación de su hijo adolescente.

Completó la jornada a concurso Wilde Maus, la película del austríaco Josef Hader que, si algo logró en el pase previo para los medios, fue ganarse la empatía de la Berlinale.

Su historia gira en torno a una situación que probablemente muchos temen entre la prensa especializada que sigue el festival: un crítico de prestigio —en ese caso, musical— al que despiden de la noche a la mañana porque sus columnas sesudas no son rentables.

Hader va rellenando su historia con episodios y personajes muy de esa Europa bienintencionada que se ha acostumbrado a convivir con grandes tragedias colectivas y se enreda en dilemas bobos, como el vegano que exaspera a su pareja y se plantea dejar de consumir también ingredientes de Israel por los asentamientos palestinos.

 

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