Dos cuentos de Eusebio Ruvalcaba | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017

Dos cuentos de Eusebio Ruvalcaba

Dos cuentos de Eusebio Ruvalcaba | La Crónica de Hoy

Una adicción inconfesable

Para Leopoldo Lezama

 

El ensimismamiento obliga a quien lo ejerce.

Todos somos adictos a ensimismarnos –que no signi­fica encimarse unos encima de otros. Aunque bien visto podría ser que la imagen no sea tan disparatada.

Como sea, el ensimismamiento va a la par de la in­trospección. Hay una actitud de fondo, cierta gesticula­ción inequívoca. El ensimismamiento le ordena al cuerpo que se contraiga, que ubique su centro de gravedad, el plexo rotundo, y que hacia allá tienda todos los vecto­res. Los vectores que le indican a un cuerpo qué actitud tomar. Porque no es lo mismo los vectores en línea rec­ta, tensos como terminales nerviosas, que anuncian un cuerpo dispuesto a la carrera de los cien metros, que la tensión dramática del cuerpo del violinista a punto de tocar el primer acorde en un concierto con el auditorio abarrotado de gente.

Nadie se atreve a interrumpir a un hombre ensimis­mado. Quizás esté en el sacramento de la confesión –se dirán algunos. Quizás esté en ese proceso multívoco que se denomina yoga. O tal vez esté emprendiendo un viaje sin retorno. Como sea, cada vez que se interrumpe a un hombre ensimismado, se quiebra una nuez universal.

El hombre ensimismado —ensimismado en sí mismo, ¿es un pleonasmo, una tautología, un disparate decirlo?— nunca está solo; siempre está consigo mismo. ¿A la es­pera de qué? ¿De una idea?, ¿de un recuerdo?, ¿de una sensación?

El ensimismamiento tiene que ver con la edad. Una vez rebasados los, digamos, veinticinco años –edad cru­cial en la vida de un hombre, acotó san Agustín, y lo sublimó Beethoven– el hombre tiende a ensimismarse. Como las víboras, a cambiar de piel. Ha dejado atrás la piel de la superficialidad, y ahora se ve impelido a mirar­se a sí mismo.

Todo hombre ensimismado lleva consigo un espejo de cuerpo entero. Un espejo que sólo y solamente y nada más ese hombre ensimismado contempla. Es un interlo­cutor, su interlocutor. Con él establece pactos y límites. Te veo pero de aquí no me hagas pasar. Me ves, pero no rebases esta línea.

El ensimismamiento tiene que ver más con los hom­bres que con las mujeres.

 Las mujeres son dueñas de su tiempo. Valoran su tiempo de otro modo. Le dan a cada segundo –iba a escribir a cada nota musical– un peso específico determina­do. El que tienen. Y no están dispuestas a conversar con su otro yo, sin ningún cometido a posteriori.

Porque ésa es otra. ¿Qué espera el individuo ensimis­mado si no es conversar consigo mismo, obtener una ga­nancia explícita de esos largos minutos vuelto hacia sí mismo?

Acaso la palabra ensimismamiento es de suyo de las más claras y felices por su estructura: ensimismamiento=en sí mismo. ¿Y qué habrá de entenderse, qué habrá de interpretarse de estas tres palabras?, ¿algo tan profundo que no resiste la anfibología? Seguramente. Porque todos hemos aspirado a concentrarnos en nosotros mismos, a dejar de lado lo que significa la abundancia y el exceso. Sin detenernos en lo que la palabra ensimismamiento lle­va en su semántica, en su cambio de significados. Que no existen. Es unívoca.

El ensimismamiento no significa tristeza. Tal vez por eso las mujeres son poco afectas a ensimismarse, porque la tristeza parece atraerlas como fragmentos a su imán.

El ensimismamiento conduce directamente a la liber­tad y el descubrimiento, porque se practica en la soledad –en la bendita soledad, como quería Rilke y como enfa­tizó Nabokov.

 

Tan fácil que es provocar envidia

El recato en un hombre equivale al encanto en una mujer.

Pocos individuos ejercen el recato. La inmodestia, la imprudencia en cambio generan expectativas. Crean una situación que habrá de resolverse de alguna manera. Generan.

El recato alimenta el espíritu. Cuando un individuo es recatado, los demás prefieren pasarlo por alto. Saben que con esa persona no irán a ninguna parte, desde el punto de vista del hombre exitoso. Pues nadie más alejado del éxito que el individuo caracterizado por el recato.

En el ejercicio del recato, las cosas adquieren otra di­mensión. Acaso la de Aristóteles. Acaso la de Horacio. Acaso la de Quintiliano. Acaso la de Alfonso Reyes. De aquellos pensadores cómplices de la más alta retórica.

El recato va de la mano de la introspección. Un hombre recatado es un hombre prudente. Y un hombre prudente es aquel que prefiere contenerse. Y pensar antes de actuar, de abrir la boca más de la cuenta. Esto es, un hombre recatado sopesa las palabras antes de pronunciarlas. La boca se le tuerce por escupirlas, por arrojarlas lejos de sí y colmar el ámbito; pero sabe –lo experimenta todos los días– que la prudencia es mejor consejera. Cuántas veces la prudencia lo ha mantenido a salvo de cometer o decir cualquier improperio que lo haga denostar de sí mismo; prefiere callárselo. Es un buen tema sobre el cual podrá reflexionar cuando esté solo. Que es casi siempre. Pues el recato es ángel guardián de los solitarios. De los que caminan a solas en medio de la multitud.

El recato provoca envidia.

Aquel individuo que se encierra en su mutismo es cali­ficado por los demás como timorato, pávido. ¿Por qué no habla?, se preguntan cuando la discusión sobre política, futbol o religión alcanza los cien grados de adrenalina. ¿Por qué no abre la boca dice lo que piensa y siente?, se cuestionan los que lo rodean. Ignoran que mientras ellos dicen pavadas y desgañitan ver desfallecer, él, el pruden­te, piensa sobre el arte vacuo de hablar, cuando de decir banalidades se trata. Pero no sólo eso. Por ahí empieza y se sigue, sembrando la tierra fértil de su cerebro. Que esperen las semillas del silencio como la parcela al rocío matinal.

El recato, la modestia, la prudencia, abren las puertas del alma.

El hombre prudente está dispuesto a escuchar. Siem­pre. Inequívocamente. Los más graves secretos que le han contado permanecerán en su interior como en un co­fre de manuscritos ininteligibles. Si acaso alguien lograra tener en sus manos aquellas hojas amarillentas, no podría leerlas. Así es el corazón del prudente. Un pequeño estu­che sin llave posible.

En la mujer el recato es doblemente valioso. Porque la condición femenina es opuesta a la prudencia. No hay mujer que, bajo la presión de la codicia, no revele los se­cretos que pueblan su corazón. Es como si rasgar la cor­tina de la prudencia la dotara de otras armas. Más fuerte que la bendición del recato. La mujer compara los bene­ficios de la imprudencia con los del recato, y se inclina por los del placer que, en su ser más profundo, provoca el morbo. El placer de manifestarse en acre intimidad.

Hay pueblos que se distinguen por ser recatados. Co­munidades que pueblan el paso del tiempo a través de los escritores. Ellos son los que se encargan de recoger y guardar secretos multívocos, que yacen en boca de to­dos. Son naciones que han sido golpeadas por sociedades opuestas a la modestia. Enemigas del recato y la modes­tia. Y cuyos escritores, en este caso, les echan en cara la desfachatez y el desdoro.

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