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A Miguel un estimulador de $500 mil le disminuyó crisis epilépticas

Al pequeño Miguel Ángel Hernández le fue diagnosticada epilepsia descontrolada hasta que cumplió los cuatro años, recuerda su mamá.

Tener 6 años y sufrir hasta 25 crisis convulsivas al día por epilepsia descontrolada, no es cosa sencilla. El pequeño Miguel Ángel Hernández Aguilar vivía así y debía soportar el encierro en su propia casa o en hospitales, a fin de evitar que uno de estos eventos lo sorprendiera en algún lugar donde pudiera golpearse.

Miguel Ángel podía ir muy pocos días a la escuela. Las crisis convulsivas eran recurrentes, con intervalos de 30 minutos en ocasiones, por lo que siempre estaba bajo el cuidado y la supervisión de su madre, doña Victoria Aguilar quien de manera tenaz, se enfrentó a escuelas en donde los profesores o los directores no aceptaban al niño, o que se negaban a que la mamá permaneciera en el plantel, pendiente de su hijo.

Doña Victoria es originaria de Morelia, Michoacán, y cuenta a Crónica que el menor de sus dos hijos no salía a la calle y no interactuaba ni con su familia por causa de este padecimiento que lo obligaba a permanecer hasta tres semanas hospitalizado. Sólo una semana al mes estaba en su casa.

Recuerda que el diagnóstico se dio cuando el niño tenía 7 meses de nacido, comenzó con fiebre de 38.5 grados y luego vinieron las convulsiones. A la madre le explicaron que éstas eran por la fiebre, sin embargo, no fue sino hasta que cumplió cuatro años cuando se le diagnosticó epilepsia descontrolada y comenzó a ser medicado.

En el país, se calcula, existen 3.6 millones de personas que padecen algún tipo de epilepsia; en la mayoría de los casos la enfermedad aparece en la infancia, aunque también puede relacionarse con golpes en personas adultas.

El 22 de julio de 2016, la vida de Miguelito, como cariñosamente le llama su mamá, dio un giro de 180 grados, luego de que se le colocó un estimulador del nervio vago. Este aparato, del tamaño de un reloj de mano, se coloca a través de una incisión sobre un pliegue natural de dicho nervio, del lado izquierdo del cuello, y otra sobre la parte izquierda del pecho, debajo de la clavícula, donde se coloca el estimulador SR, por debajo de la piel, su precio alcanza los 500 mil pesos y la batería dura de 8 a 12 años.

Este aparato se programa para que cada determinado tiempo emita pequeños estímulos que evitan que se registren las crisis convulsivas. En caso de que el paciente no identifique las señales que le indican que va a tener una crisis, éstas se presentan pero son de menor intensidad.

“Sí, tuve mucho miedo cuando me hablaron del estimulador para Miguel. Pero pudo más mi confianza en los médicos y en la posibilidad de que mi hijo llevara una vida lo más normal posible”, cuenta emocionada doña Victoria. En el Hospital Central Militar se realizó la operación que duró dos horas y Miguel estuvo hospitalizado dos días más en observación, fue dado de alta y en su casa permaneció una semana, y ya no había tenido ninguna crisis.

“Era una situación de no creer lo que estábamos viviendo. Fue hasta después de la semana, cuando se presentó una crisis, por un cambio en un medicamento que recibía Miguel Ángel, por lo que su neurólogo hizo los ajustes necesarios en la medicina y todo volvió a esa nueva normalidad que estaban viviendo todos en la familia”.

Con este estimulador, Miguel Ángel pasó de una vida donde podía tener 25 crisis al día, con intervalos de media hora, a crisis cada ocho días; incluso pasan hasta dos semanas, relata su mamá.

Hoy nuestra vida es otra, ya no hay que estarlo vigilando todo el tiempo, es más independiente, ya va a la escuela de forma regular, y casi no presenta convulsiones, “va a sonar raro, pero extraño a mi niño que me tenía ocupada todo el tiempo. Podría decir que se liberó, ya es dueño de su vida”, dice.

Miguel Ángel sueña con ser dentista y sabe que debe estudiar mucho para alcanzar su objetivo. Mientras, ha comenzado a tener las responsabilidades propias de su edad: tiene deberes en el hogar en los que colabora, atiende sus tareas de la escuela, juega con su hermana, ya comienza a tener amigos, y orgulloso dice, que cursa el segundo año de la primaria.

Con el rubor de la primera infancia, Miguelito, revela que le gustan las niñas, pero primero, dice tiene “que estudiar mucho, para poder ser un buen dentista y llegar a la universidad”.

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