Meter las manos

Francisco Báez Rodríguez

En la solemne ceremonia de la Marcha de la Lealtad, un joven cadete cayó desmayado. El presidente Peña Nieto, ante el hecho, declaró que “caer así, de manera firme y serena y sin meter las manos y doblarse, es señal de carácter, valor y gallardía”. Caer de otra forma era no caer con honor.

Estoy seguro que si el cadete no hubiera perdido el conocimiento al desvanecerse, hubiera metido las manos. Se llama defensa propia. Pero el asunto nos puede servir como alegoría de lo que está sucediendo con México ante la embestida que sufre de parte de Donald Trump, presidente de Estados Unidos.

Luego de tres semanas en la Casa Blanca, empieza a quedar claro que Trump, como buen bully, se mete con quienes percibe débiles o chiquitos. A pesar de que el grueso del déficit comercial de EU, que lo atormenta, es con la República Popular China, Trump no estuvo particularmente agresivo en su plática con Xi Jinping. Sabe que el hombre de Pekín no se anda por las ramas.

El segundo país con el que Estados Unidos tiene mayor déficit comercial es Japón. Y Trump estuvo amabilísimo con Shinzo Abe. Hasta se echaron unas rondas de golf. También hay un déficit estadunidense ante Canadá, pero ante ellos, Trump dice que hay un “comercio espectacular”.

Ni China ni Japón ni Canadá tienen importantes núcleos de población en Estados Unidos. México, sí. Y para el nuevo gobierno de EU le resulta más redituable políticamente meterse con el vecino del sur porque, a diferencia de los otros, no es tan poderoso y —sobre todo— ayuda a generar la imagen del enemigo dentro: de la quinta columna que quiere silenciosamente romperle el espinazo a la América blanca.

Por eso, debe quedarnos claro que los mexicanos en México y en Estados Unidos, con papeles o no, estamos en el mismo barco. Y con nosotros están los otros indocumentados y los mexicanos naturalizados.

En otras palabras, si en la relación con Estados Unidos queremos poner a México por delante, tenemos la obligación también de pensar en ese México que está del otro lado de la frontera. El país va mucho más allá de la necesidad de mantener a flote la planta productiva nacional, que ha sido —hoy por hoy— la prioridad. Es, en primer lugar, su gente.

Se ha insistido, correctamente creo yo, en que el país necesita unidad en lo fundamental para enfrentar las políticas del gobierno de Trump. Esa unidad, sabemos, no puede ser en torno a una persona o a una postura única. También debemos entender que esa unidad debe ser incluyente: por lo tanto, debe comprender también a los mexicanos del otro lado. Y hacerlo de manera explícita y formal.

Trump llegó a la Casa Blanca en el peor momento posible para México. No llegó en 2013, cuando México estrenaba gobierno. Tampoco en 2021, con un gobierno asentado y con varios años por delante. Llegó en 2017, con un gobierno debilitado, una sociedad dividida y una clase política más interesada en la grilla sucesoria que en la suerte de los mexicanos y del país.

La debilidad del gobierno es por partida doble. Según las encuestas, Peña Nieto cuenta con la tasa de aprobación más baja desde que se hacen mediciones. Su impopularidad es tal que bastó la versión de que estaba detrás de los organizadores de la marcha contra Trump del domingo, para rebajar el caudal de gente. A pesar de ello, la mitad de las consignas fue en su contra.

El otro lado de la debilidad es que, en la relación con el nuevo gobierno de Estados Unidos, ha primado la intención de convencer al inconvencible, de calmar al incalmable y de evitar hacer olas, mientras la retórica antimexicana de Trump continúa y la migra emprende, con renovados bríos, la caza del indocumentado.

Ha habido, al mismo tiempo, una defensa argumentada de los puntos de vista mexicanos —por ejemplo, la entrevista a Videgaray en MSNBC— y un esfuerzo casi sobrehumano para evitar que, en un berrinche, Trump rompa lo poco que se ha podido tejer para tener un diálogo digno de ese nombre.

Adicionalmente, ha habido una suerte de resignación respecto a las deportaciones de mexicanos sin permiso para estar en EU. Resignación ante la retórica que los califica, sin más, de criminales. Y ante el hecho mismo. Una cosa es afirmar que México está listo para recibirlos; otra es que lo esté, y una tercera es ayudarlos a quedarse y proteger sus derechos humanos, que es lo que quieren. Y es lo que tienen razón en querer.

Las acciones realizadas, a los ojos de la gran mayoría de los mexicanos, son insuficientes, lo que redunda en una menor popularidad de Peña Nieto, en una mayor debilidad de nuestro representante y en un círculo vicioso.

La división de la sociedad es dramática, porque —como escribí hace unos años— la llamada Generación del Bicentenario se parece demasiado a la que culminó la Independencia (y perdió más de la mitad del territorio). Está caracterizada, por el transformismo, la demagogia, la separación entre la clase política y el resto del país, el mantenimiento de privilegios, la tentación por el “hombre providencial” y los enconos puestos por delante de las necesidades de la nación.

Es increíble que —cito al flautista Horacio Franco, refiriéndose a la marcha del día 12— “una intención excelente haya caído en la extrema polarización y no precisamente por quienes la convocaron”. No nos ponemos de acuerdo ni para enfrentar al enemigo común. Prácticamente cualquier cosa, cualquier iniciativa, genera enconos internos, pasiones dignas de mejor causa. Divisiones dentro de divisiones, cada quien por sí y Trump contra todos. Ya sabemos su filosofía: “si mi oponente es débil, lo arraso; si es fuerte, negocio”.

Tal vez el gobierno no quiere olas, ni aunque sean a su favor. Pero los mexicanos deberíamos de ser capaces de obligarlo a abrir un diálogo social incluyente —en primer lugar, junto con la oposición, pero también con los mexicanos de allá— para que pueda resistir a Trump con cierta legitimidad. No es asunto de honor o de pureza. Tenemos que meter las manos para que a México no le pase lo que al gallardo cadete.

Por cierto, el diagnóstico del desmayado es el siguiente: “Traumatismo craneoencefálico leve, esguince cervical grado 1, fractura bilateral de cóndilos mandibulares, fracturas múltiples, herida por contusión de aproximadamente 2 centímetros en región submentoniana. Pronóstico bueno para la vida y reservado para la función masticatoria y de fonación”.

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Twitter: @franciscobaezr

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