#VIBRAMEXICO

Wilfrido Perea Curiel

El domingo 12 en la Ciudad de México se realizaron dos marchas distintas, cuyos convocantes en la víspera se confrontaron, paradójicamente, las movilizaciones tuvieron por objeto apelar a la unidad nacional. La misma noche que Donald Trump protestó como POTUS, en una mesa de análisis en la pantalla chica, Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín, los jerarcas de dos de los más influyentes círculos intelectuales del país, Vuelta y Nexos, respectivamente, coincidían en que una afortunada reacción de los mexicanos podría ser expresarse en una megamarcha.

La idea era que el mundo escuchara la voz fuerte y clara de la sociedad mexicana en contra de las agresiones de Donald Trump. La imagen multitudinaria en torno al Paseo de la Reforma daría la vuelta al orbe, recreando algo así como el 15M de 2011 en la Puerta del Sol de Madrid, antesala para que la defensa de la dignidad de los mexicanos se convirtiera en un fenómeno global. No, eso no ocurrió.

Hay que revisar con calma los hechos. En principio, parece un mero juicio de valor, sin mayor anclaje con la realidad, aseverar que la unidad de la tan compleja sociedad mexicana se expresa por la vía de una gran marcha. Parece muy reduccionista esa perspectiva. Además, no hay nada de malo en la diversidad y en la pluralidad, como bien lo defiende Silva-Herzog Márquez en su artículo de ayer. 

Las barbaridades de Trump, aun en este momento, después de tres eternas semanas de excesos, tienen estupefacto al pueblo estadunidense, que no entiende, o no sabe, cómo procesar lo que ocurre. Al parecer, algo similar sucede en la comunidad internacional, como si se tratara de algo demasiado improbable o insensato para creerse. En estas condiciones, es un poco injusto que se le pida a los mexicanos, quienes además han sido blanco directo de los ataques de Trump, que ya hayan metabolizado un episodio que no tiene precedente. Es decir, la sociedad mexicana, como buena parte del mundo, está también estupefacta ante la locura del hombre color naranja. 

Por otra parte, particularmente la población capitalina está harta de las marchas, las padecen a diario, hay un estigma hacia este tipo de demostraciones masivas. El recurso está gastado, se ha abusado del mismo. No parece que el hecho de ganar la calle sea una forma de lucha que empate con los millennials. Las marchas evocan con cierta melancolía el arduo proceso de construcción de la democracia en el país, cosas de gente mayor, pero que no les dicen mucho a los jóvenes menores de treinta años. Los mexicanos no son indolentes, quizá piensen que las amenazas de Trump son cosa lo suficientemente seria como para tomárselas a la ligera.

Mención aparte merece el tema de los convocantes, cualquiera puede tener sus simpatías, pero lo cierto es que en general se trata de personas que se han esforzado por hacer algo en beneficio de su país. La convocatoria fue amplia, en términos cuantitativos y cualitativos, prácticamente inmejorable. El problema radica en que en este momento los mexicanos están molestos con todo y casi con todos, prevalece la desconfianza hacia los actuales liderazgos políticos y sociales.

Hay una agenda interna, hay diferencias domésticas que no hemos desahogado. La sociedad fue convocada para decirle “no pasaras” a Trump, pero el respetable gritó otra cosa, llevó otras pancartas, su prioridad fue patentizarle su reprobación al gobierno federal, eso sí sucedió. Ése fue el punto coincidente del domingo pasado y, según los recientes estudios de opinión que dan cuenta de la popularidad presidencial, ahí sí hay algo cercano a la unidad. En suma, a los mexicanos les molesta y mucho Donald Trump, pero les lastima más la cuestión interna.

Hoy el reto no es exclusivamente la defensa de la soberanía nacional. Emerge la necesidad de proyección de liderazgos válidos, frescos, incluyentes, transparentes y que respondan a los intereses reales de la ciudadanía mexicana.

pereawilfrido@me.com

 

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