Bertrand Russell: candor

Antonio Tenorio

Ecuación. Cálculo. Inocencia. Del que cree. Del que no.Presunción de la desdicha. Compañera que acompaña.  

Mucho más que los griegos, eso está claro, los romanos gustaron de irse inclinando hacia el cobijo de los dioses útiles. O, cuando menos, por encontrar en sus designios utilidad significativa para la vida corriente. De las multicitadas formas de lectura de vísceras y entrañas, hasta conferirle al pájaro carpintero, según cuenta Plinio, la virtud de brindar auspicios.

Suerte distinta corrieron otro tipo de pájaros con el tiempo. Caso notable el del búho, hace saber Luis Pancorbo, erudito de las divinidades más antiguas.

Condenado por el Levítico, ese mismo animal, encarnado la capacidad de Atenea, diosa entre diosas, para ver a través de la oscuridad; y, aún más fundamental y escabroso, arrancar de su sitio el alma de los hombres.

De semejante creencia pudiera provenir, es un supuesto, usar como denuesto los adjetivos: candor y desenfado cuando éstos se asocian a la tarea de pensar.

Si se ha de reflexionar, se asume, justo con el candor que se crítica, ha de ser desde la penumbra del pensamiento ácido, fatalista, áspero, intrincado. Cuando más, si ese “pensar profundo” habrá de conceder un poco de humor, éste ha de estar cargado, sin embargo, de crueldad y degradación.

Ni amante de la penumbra ni cultivador de arrancarle el alma a nadie, Bertrand Russell escribe en 1930 un pequeño libro, La conquista de la felicidad, que pudiera ser tachado hasta hoy, para dignidad de su autor, justamente, de una candorosa y desenfadada convocatoria a ponerle distancia a la amargura. A ese foso oscuro, se ha de decir luego de leer a Russell, en el que no reside Atenea, sino el yerto corazón de lo antihumano.

De cara a la matemática de lo amargo, Russell alerta: “las personas que son desdichadas como las que duermen mal, siempre se enorgullecen de ello”. Cual si calculara que puede repartir su propia carga, el fatalista lanza piedras que pretende semejar ideas interesantes, ingeniosas.

El pequeño libro de Russell no impidió la Segunda Guerra Mundial. Y tampoco es que la satisfacción de los deseos dé la felicidad, como reconoce el propio filósofo.

Mas si acaso mirarse en el vuelo de las aves diurnas fuese augurio alguno, sea éste el de conservar el alma, de lo humano, el alma. Quefrente a lo incruento, sea ello, conservar el alma, ganancia suficiente, para seguir.

 

* Profesor, narrador y ensayista. Su libro más reciente es Bailar/Volar.

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