La bioética laica y plural

Consejo Consultivo de Ciencias

*Juliana González

Precisamente porque la bioética se desarrolla con base en conocimientos surgidos de las ciencias biológicas y de las ciencias filosóficas y sociales, porque se circunscribe al ámbito “secular” del saber fundado en hechos y en razones, por esto, le es inherente la laicidad.

Pero hay además otra razón básica por la cual la bioética es laica: «La bioética es laica porque presupone la idea de un pluralismo de valores [...] de grupos e individuos, sean o no sean creyentes».

O sea que, no sólo por su congruencia con el conocimiento científico, humanístico y filosófico de la actualidad, y porque no parte de dogmas de fe metafísico-teológicos o religiosas, sino por la esencial pluralidad y el carácter controvertible que tienen las cuestiones bioéticas, por ello mismo, la bioética filosófica es necesariamente laica. Y “laico no equivale a “antirreligioso”, por la elemental razón de que el laicismo no puede constituir, a su vez, un nuevo dogmatismo.

La pluralidad es, en todos los órdenes (social, moral, político) un dato insoslayable de nuestro tiempo. Podría decirse, incluso, que es uno de los principales retos que tiene que asumir la sociedad contemporánea. Ésta tiene que reconocer la evidencia del muticulturalismo y de la asincronía de las sociedades.  Y para la bioética laica, en particular, la pluralidad es una de sus signos más definitorios. De hecho, es laica por ser plural, y plural por ser laica.

En otras palabras: por la naturaleza misma de sus cuestiones, la pluralidad y la apertura son inherentes a la bioética, y el aspecto filosófico más relevante de ella se cifra en su capacidad de interrogar, dudar y buscar, antes que pretender dar soluciones unívocas y definitivas. “sin la imposición de una ortodoxia” –en términos de Engelhardt-. Tiene la responsabilidad de asumir los disensos y a la vez de investigar y explorar nuevas respuestas éticas a los grandes dilemas, así como de deliberar conjuntamente en busca de consensos. Pues las discrepancias y controversias no cancelan de forma absoluta la posibilidad de acuerdos consensuales, ni implican que no se cuente con una base de afinidades éticas, de principios y valores comunes, sino universales, sí “universalizables” y perfectibles (como son por eminencia los derechos humanos). No quiere decir, asimismo, que no exista una tradición de filosofía moral que constituye un legado de conocimiento ético, irrenunciable, aunque éste no sea su vez perfectible y no tenga que ser siempre repensado y verdaderamente actualizado, renovado y reavivado, de acuerdo con los problemas y los parámetros del presente. “Sin la imposición de una ortodoxia”.

Y a la pluralidad corresponde la virtud ética de la tolerancia, comprendida justamente como virtud: como modalidad del genuino respeto por las diferencias, y el respeto mismo, circularmente, como verdadera aceptación de la pluralidad.

La tolerancia expresa, en realidad, el final de las concepciones uniformes y totalitarias; es ella misma virtud de la democracia, de la diversidad y la relatividad cultural. Es expresión, en suma, de la muerte de los absolutos.

Pero tolerancia no significa carencia de convicciones ni de toma de posición definida, aunque ella no puede originar, tampoco, nuevas formas de intolerancia. Las diferencias y discrepancias, por radicales que sean, sólo se pueden enfrentar, desde la tolerancia, mediante el diálogo o el debate racional y argumentado y hasta en la ruptura del diálogo, pero no mediante expresiones de intolerancia (contradictoria con la propia pluralidad). En esto está el quid de la tolerancia: en defender, al mismo tiempo, las propias ideas y el derecho de los otros a sostener las suyas (Voltaire).

    Asumir la pluralidad puede llevar incluso a reconocer el enriquecimiento que ella supone. Pues como escribe Platón:

 “De dos que caminan juntos, uno ve lo que el otro no ve”.

   El más grande antagonismo, difícil de trascender – si no es que imposible-, es aquel que se da entre la bioética laica y la bioética confesional. Desde luego hay diversidad de bioéticas laicas, que responde, en efecto, tanto a la diversidad de posiciones filosóficas, como a los diferentes acentos disciplinarios. Es incluso significativo el hecho de que la bioética se despliega de manera distinta en unas sociedades que en otras; el más evidente contraste se da entre la bioética de países altamente desarrollados (“hi tec”) y la de países en desarrollo.

   Lo significativo es que la bioética se halla, efectivamente, en la coyuntura histórica del presente y que éste es tiempo de transición en cual se producen los profundos cambios morales, sociales, culturales suscitados precisamente por las revoluciones científicas y tecnológicas que, en efecto, remueven los cimientos de la tradición –aunados, es cierto, a las transformaciones generadas también desde el ámbito filosófico, social, político etc. de la actualidad. La transición no es local ni superficial. Abre un nuevo futuro para la vida y anuncia una nueva sociedad, que se está gestando ya. Como es fácil advertir, la controversia bioética principal proviene de la tensión, del conflicto entre las fuerzas que tienden a la conservación de las concepciones tradicionales, sus valores y formas de vida, frente aquellas otras de transformación que, por el contrario, promueven posibilidades tan inéditas como colmadas de recelo y ambigüedades. Prevalece así la pugna entre las posiciones bioéticas (generalmente religiosas, aunque no sólo) caracterizadas por las resistencias al cambio y las tendencias vanguardistas (cientificistas) que van hacia el futuro sin gran preocupación por los valores tradicionales. Las primeras, teniendo principalmente por base la fe en el origen y el destino divino de la vida y de la naturaleza; las segundas, basadas exclusivamente en los descubrimientos y avances de la razón científica y tecnológica.

 

1. Es cierto que la tolerancia tiene límites; éstos son, precisamente, los que representa la intolerancia. En este sentido no se tolera la intolerancia, pero este “no tolerar” esta no aceptación no puede consistir también en intolerancia: han de ser otras las formas de inaceptabilidad.

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*Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República y Profesora Emérita de
la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

 

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