La marcha desinflada y el fracaso nacional

Fernando Núñez de la Garza Evia

El pasado domingo organizaciones de la sociedad civil convocaron a una manifestación ciudadana en contra de quien parece ser un enemigo del país, Trump, y ante lo cual sólo acudieron alrededor de 35 mil mexicanos. Un rotundo fracaso para México. Ante el debate que provocaron tales resultados, vale la pena hacer algunas observaciones al respecto. Me uno al debate.

Empecemos diciendo que pretextos sobraron para no acudir, pero fueron sólo eso, pretextos. La convocatoria fue realizada por cien organizaciones de la sociedad civil, algunas de las cuales han presionado fuertemente al gobierno para realizar reformas en una diversidad de temas —entre ellos anticorrupción— que de otra manera no hubiesen sucedido: desde Acción Ciudadana Frente a la Pobreza y Amnistía Internacional, hasta el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO). La convocatoria tuvo difusión, y si la gente no acudió a ella fue por dos razones: o profunda desconfianza, o masiva apatía. Fuere cual fuere, tenemos un serio problema en ambos casos.

Sin embargo, las élites del país, y especialmente la clase política, tuvieron parte de la culpa del fracaso ciudadano, al menos indirectamente. Nuestras élites han sido incapaces de disminuir los niveles de pobreza y desigualdad en los últimos 25 años, y son autores del aumento en la corrupción, lo cual ha ocasionado un enorme distanciamiento y desconfianza no sólo de los ciudadanos con sus líderes, sino de los ciudadanos con los ciudadanos. Síntomas de la fragmentación social son las teorías de conspiración, el lenguaje “derecha” e “izquierda” como si de blanco y negro se tratase, y la inevitabilidad de ver muchos eventos a través del prisma de la clase social, dejando la ciudadanía y la mexicanidad en un segundo plano. Y esa paranoia invadió la convocatoria del domingo pasado.

Aún así, temo decir que dichas razones no son suficientes ante la clara y presente amenaza que representa Trump para la nación mexicana, es decir, para el país en su conjunto y los 35 millones de paisanos que viven en EUA, ya que hemos sido por mucho los más amenazados e insultados en el mundo por el presidente estadunidense. Lo anterior representa insulto sobre humillación ante la larga historia de bullying de EUA hacia México. Que sólo algunos miles hayamos salido a manifestarnos contra Trump, pero que millones de europeos, y millones de norteamericanos lo hayan hecho en lo que fueron las marchas más grandes en la historia del vecino país, nos pone en un situación ridícula, por decir lo menos.

Las lecciones de la historia mexicana y de lo sucedido el domingo se conectan. Mientras que en el pasado las raíces de nuestra desunión se encontraban en las dobles diferencias étnicas y de clase social, hoy hemos superado la primera producto del mestizaje, aunque aún nos falta erradicar la segunda, la de las tajantes divisiones sociales producto de la pobreza y desigualdad. Lo anterior es requisito indispensable para forjar verdaderos ciudadanos y un país con el que todos se sientan identificados. Sólo así veremos marchas cuyo incentivo no sea sólo lo social, sino también lo nacional.

Independientemente del gobierno y sin menoscabo del debate interno, la idea era marchar en una demostración de unidad ante la amenaza externa que representa Trump, y en defensa de un concepto tan básico como nuestra dignidad como mexicanos (parte esencial de nuestra dignidad personal), pero hemos fracasado. Esto se explica, en parte, por nuestras debilidades internas. Superarlas debe ser prioridad para dejar atrás lo que alguna vez dijo el poeta Rubén Darío: “Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor, de la América ingenua que tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”.

@FernandoNGE

 

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