El primer conflicto bélico de la historia en pantalla: Cine mudo y grito revolucionario | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017

El primer conflicto bélico de la historia en pantalla: Cine mudo y grito revolucionario

Especial. Segunda entrega de once sobre el desarrollo de la historia del cine en México con los cambios políticos y sociales más significativos que Crónica presenta cada sábado

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El 22 de marzo de 1895 en París se dio la primera presentación privada del cinematógrafo de los hermanos Auguste y Louis Lumière. Se proyectó el documento conocido como Salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon Monplaisir, rodado apenas tres días antes. El invento de los franceses cambió la historia. Esa misma fecha, 22 de marzo, en México, específicamente en la región de Guadalajara, un joven llamado Salvador Toscano cumplía 23 años.

Era hijo del profesor Esteban Toscano Arreola y la escritora y dramaturga María Refugio Barragán, pero su papá murió en 1879. Estudió en un seminario en Zapo­tlán, donde mostró dotes en la investigación y comenzó a escribir reportajes que en 1887 publicaba periódicamente en la revista La centella y luego en La América. Escribía a menudo sobre el progreso.

En los años 90 se mudan a la Ciudad de México, y al terminar la preparatoria, Salvador Toscano emprende los estudios en la Escuela Nacional de Ingenieros. Él egresaría en 1897 como ingeniero topógrafo e hidrógrafo, sin embargo no viviría de eso. Un año antes de terminar sus estudios había quedado maravillado con el nuevo invento que presentó el francés Gabriel Veyre en la capital del país: el cinematógrafo. Ahorró lo suficiente para adquirir su propio proyector de imágenes.

Instaló el aparato en la calle Jesús María, en la capital del país, e inauguró la primera sala de cine bajo el sencillo nombre de El cinematógrafo Lumière. Toscano aprovechó su empleo de periodista para recorrer el país y documentar la cotidianidad de la clase acomodada y rincones de México para mostrar la identidad de su gente.

En 1906 abrió el Salón Rojo para exhibir los filmes de George Méliès, que logró adquirir luego de un viaje a Francia con la excusa de ir a una exposición de arte; tenía el propósito de exhibir escenas de todo el mundo. Para 1907, el cine ya se había consolidado como un espectáculo querido por la gente. Llegaron a haber 16 salones de exhibición en la capital.

Doña Refugio Barragán estaba escéptica sobre el camino que empezó a seguir su hijo, pero cambió de opinión con la apertura de otro proyector en Guadalajara. Ella dejó su labor de escritora para asociarse con su hijo y administrar Cine Pathé, en Puebla; mientras Salvador seguía creciendo como empresario, abrió el ambicioso cine Olimpia, muy cerca de la Catedral: “es un gran museo de diversiones, a semejanza de los que existen en Europa y Estados Unidos”, lo describía así él mismo. Ahí proyectó en 1911 la primera cinta revolucionaria: La toma de Ciudad Juárez.

Historiadores aseguran que debido a su vocación de reportero pudo percibir antes que muchos la agonía del Porfiriato. El grito revolucionario en México fue inevitable. A Salvador Toscano junto a otros como los hermanos Alva o Enrique Rosas el destino los marcó como los primeros en documentar en la historia del cine un conflicto bélico.

Fue testigo del fraude electoral de 1910, en medio de la toma maderista de la plaza, que se manifestaba indignada y que comenzaba el levantamiento del pueblo. Toscano estuvo también en la última toma de protesta del reelegido presidente el 1 de diciembre de 1910, en un ambiente que su madre calificó de “paz casi sepulcral”.

La revolución sirvió para que el cine mexicano tuviera una nueva fuente de inspiración y permitió, además, que los cineastas mexicanos se foguearan en el documental y Toscano fue pilar. Filmó escenas de don Porfirio celebrando a la patria, de Madero entrando a México, de Pancho Villa llorando ante su tumba, de Carranza levantándose en armas y de Alvaro Obregón, con o sin brazo, que quedaron en largometrajes célebres como  Historia completa de la Revolución de 1910 a 1912 (1912), que fue actualizando con nuevo material año con año hasta 1935. Fue un cineasta desafiante al haber sido apoyado por Díaz y no tomar el camino del exilio y sus lujos.

El conflicto bélico y sus contextos de tensión fueron escenarios idóneos también para otros cineastas de la época. Los personajes del movimiento fueron los actores protagonistas que utilizaron el cine para distintos fines como la propaganda y la vanidad. Los jefes revolucionarios estaban acompañados a menudo por periodistas, fotógrafos y cineastas para registrar sus hazañas:

Francisco I. Madero supo aprovechar las habilidades de Salvador Toscano y de los hermanos Alva; Pancho Villa firmó en 1914 el famoso contrato de exclusividad con la Mutual Film Company, que sirvió para difundir una imagen favorable de su causa en los Estados Unidos y para hacerse de 50 mil dólares que destinó a aprovisionar a la División del Norte; Victoriano Huerta intentó utilizar a los norteamericanos Frank Jones y Fritz Arno Wagner, para ilustrar el supuesto poder y profesionalismo de un ejército federal; Venustiano Carranza contó con los servicios del cineasta George D. Wright y Álvaro Obregón se hizo acompañar por el notable fotógrafo Jesús H. Abitia a lo largo de sus ocho mil kilómetros en campaña. Quizás sólo el sur zapatista se mantuvo al margen de estas estrategias cinematográficas.

Sin embargo, cabe destacar también que en esta etapa se dieron a conocer los primeros casos de censura en la historia del cine cuando Madero asumió la presidencia, pues tenía el propósito de cambiar la ideología desde la raíz y se preocupó por el tema de la moralidad. En 1913, tanto Madero como su vicepresidente Pino Suárez, fueron asesinados por Huerta en la llamada Decena Trágica. La censura cambió y las escenas captadas sobre el hecho fueron exhibidas una semana después con fines propagandistas

El nuevo gobierno instauró medidas como el de prohibir tomar vistas “sin el consentimiento de los retratados, exhibir películas en que no se castigara al culpable del delito; las que entrañen injuria, difamación o calumnia para cualquier funcionario público, o para cualquier particular...las que signifiquen escarnio o ultraje a las creencias de cualquier culto, al ejército o a los agentes de la policía”, cita el Reglamento de Cinematógrafos de 1913.

Finalmente, el gobierno también instó a los cineastas a hacer filmes más ambiciosos y de ficción y el primer resultado fue la comedia de los hermanos Alva, El aniversario del fallecimiento de la suegra de Enhart (1913), lo que auguraba los inicios de una revolución cinematográfica de documental a ficción en el cine aún mudo, que tendría su auge hasta 1917, después de la firma de la Constitución. Ahí la historia le tenía preparado algo importante a otro cineasta llamado Enrique Rosas.

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