Vocerías disfuncionales - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017
Vocerías disfuncionales | La Crónica de Hoy

Vocerías disfuncionales

Aurelio Ramos Méndez

Las raquíticas marchas contra Donald Trump en la capital del país, el domingo 12, hicieron patente que los líderes y voceros sociales de siempre, a quienes ahora está claro que no los siguen ni sus mascotas, ya son disfuncionales. Se requiere de otras voces, rostros frescos, nuevos criterios y formas imaginativas de convocar la sociedad a manifestarse en defensa de sus intereses legítimos.

A la luz de unas concentraciones que congregaron alrededor de veinte mil personas, en una metrópoli de 22 millones y un país de 120 millones, en momentos de descarada hostilidad y acoso a nuestro país, es indispensable y urgente la renovación de los liderazgos y vocerías de la población, distintos del gobierno y los partidos.

A lo largo de la presente semana, en los medios de opinión ha sido expuesta toda suerte de explicaciones y justificaciones sobre el fracaso de las protestas. Que si las marchas eran a favor o en contra de Enrique Peña Nieto y de Trump, si las torpedeó la izquierda o hubo mano negra del gobierno; si era mejor en la tarde que al mediodía, o si faltó el acarreo, refresco y torta incluidos.

Bajo el rótulo Vibra México, la marcha principal fue convocada por una veintena de membretes —fundaciones, movimientos, centros de estudios, observatorios—, que suelen emplear el adjetivo social como sahumerio purificador y la docencia e investigación como patente de honorabilidad. Atributos estos con los cuales logran acceso a contratos de todo género, en especial de fiscalización y supervisión social, de contralorías, veedurías, testigos, auditorías y otras figuras de participación en la repartija del presupuesto de instituciones y entidades públicas.

La segunda marcha, ideada por Isabel Miranda de Wallace, fue nutrida por unas ¡70 agrupaciones!, cuyos miembros, por lo visto, podrían ser suficientes para integrar un mariachi; pero no para formar un contingente portentoso, capaz de —si el clarín con su bélico acento los convocara a lidiar con valor— disuadir a un extraño enemigo con sólo entonar el Himno Nacional.

No pocos de estos cascarones cuyas cabezas, en algunos casos, dobletean cargos en directorios distintos, desde hace muchos años han usurpado, sin recato, la representatividad de todos los mexicanos. Arrogándose el derecho de acaudillar propuestas acerca de temas altamente sensibles, como la educación, la seguridad pública, los derechos humanos, la democracia y el combate a la corrupción.

Entre las organizaciones que repicaron para reunir gente en el Auditorio y el Ángel se encuentran, entre otras, Mexicanos Primero y Mexicanos contra la Corrupción —presididas ambas por Claudio X. González—; Transparencia Mexicana, de Federico Reyes Heroles y un piquete de ex funcionarios; México Unido contra la Delincuencia, el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, la Universidad Panamericana, el Instituto Mexicano para la Competitividad, Fundar, la Coparmex, Alto al Secuestro, Causa en Común, el CIDE, Impunidad Cero…

El fracaso de las convocatorias, es cierto, fue multifactorial. Incidieron lo mismo la indolencia ciudadana que el desgaste de la manifestación como recurso de protesta, en una urbe donde ocurren millares de mítines al año. Y donde media docena de personas puede estrangular la avenida principal por un problema que podría resolver el burócrata del más bajo puesto en el organigrama.

Cualquiera que haya sido la causa de las malogradas paradas en defensa de la patria, está claro que los convocantes y voceros, incluidos los más engreídos líderes de opinión que saturan los medios, mostraron su nivel exacto representatividad e influencia. E hicieron patente que es hora de la jubilación y el cambio de abanderados.

La concurrencia que lograron lleva a sentir nostalgia del acarreo y envidia de los niveles de participación voluntaria, que en otras latitudes —España, por ejemplo— han volcado a las calles centenares de miles y aun millones de personas para protestar por un intento de golpe de Estado, el asesinato de algún concejal o la victimización de un niño.

“No somos profesionales de la manifestación”, se lamentan intelectuales y escritores con más lectores que simpatizantes políticos. Eso ya quedó ya claro. Debería inducir, además, si no a justificar y aplaudir sí al menos tratar de hallarle explicación a las estrategias de movilización de los partidos. Ninguno de los cuales —por más que el maniqueísmo haga voltear hacia el PRI—es ajeno a la disposición del camión, el pase de lista, el tentempié y hasta el pago por evento.

Si bien es fácil entender que pocos ciudadanos puedan guiarse por el sonido de la flauta de Claudio X. González, Gustavo de Hoyos, María Elena Morena, Laura Elena Herrejón o Miranda de Wallace, resulta difícil tratar de determinar por qué la participación del rector Enrique Graue, cabeza de una comunidad de 350 mil personas, aportó poco a la marcha. Quizá sobró voluntad y faltó activismo para acicatear la asistencia.

En todo caso, el fracaso indiscutible de las marchas, en un momento singularmente trascendente, dejó enseñanzas insoslayables frente a la perspectiva de creciente hostilidad del vecino del piso de arriba. La principal de las cuales es la urgente renovación de las mismas y cansonas voces que dicen traducir el sentir de los mexicanos; pero cuyo respaldo popular no se ve por ninguna parte.

En una de esas lo que se necesita es fortalecer, sin maniqueísmos, esas entidades de interés que son los partidos, por ahora con peor —y merecida— fama de virtuales asociaciones para delinquir.


aureramos@cronica.com.mx

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