A 30 años de la huelga del CEU (quinta parte) - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017
A 30 años de la huelga del CEU (quinta parte) | La Crónica de Hoy

A 30 años de la huelga del CEU (quinta parte)

Edgardo Bermejo Mora

Alcira II. En las marchas que antecedieron a la huelga estudiantil de la UNAM de principios de 1987, el contingente de Filosofía y Letras se distinguía de los otros por la presencia de Alcira Soust.

Se trataba de un grupo siempre nutrido y variopinto de estudiantes y algunos profesores de los colegios de filosofía, de letras, de historia, de teatro, de geografía, de estudios latinoamericanos, de pedagogía y de bibliotecología, de manera que la fauna rara de “filos” era ya suficientemente heterogénea y pintoresca y, no obstante, gozaba además del privilegio de contar entre sus filas, siempre hasta el frente, siempre sosteniendo la manta que nos identificaba como facultad, a la poeta uruguaya que era el eslabón perdido del 68. “¡¡Fi-Fi-Filosofia…!!”, coreaba el grupo para identificarse y hacerse presente en la calle, y entonces la voz rasposa, seca, en sordina de Alcira Soust remataba la consigna nominal con una precisión necesaria: “¡¡...y Letras!!”

No me es difícil ahora imaginarla de nuevo: su rostro surcado de arrugas y erosionado por el tiempo y la locura; una figura cadavérica de ojos azules, brillantes y profundos, pero casi siempre extraviados; la cabellera rubia y recogida con una cola de caballo, curiosamente tenía pocas canas con todo y que cifraba más de 60 años por aquel entonces; su andar en sandalias, incansable y ligero, como de roedor; su huipil colorido pero con una pátina amarillenta donde alguna vez hubo una tela blanca; y unos pantalones de mezclilla astrosos, a prueba del tiempo. Despedía un humor mezclado y desafiante: tufo picante de nicotina, de vejez, de piel seca y desaseada, aunque a veces alguien le regalaba unas gotas de pachuli.

Era cariñosa con sus amigos y los defendía con una bravura canina; temía de los policías, de los funcionarios y siempre creía que alguien estaría a punto de ir por ella para encerrarla en un manicomio. Al hablar se cubría la boca con la mano todo el tiempo para ocultar su condición desdentada. Recuerdo que reía mucho, como también recuerdo su rostro encendido, de furia, cuando hablaba de aquellos que no le caían bien, o que creía que le querían hacer daño.

Hoy sabemos más cosas de Alcira, el hecho de que Roberto Bolaño la elevara a la calidad de personaje literario ha servido para restarle sombra a su vida, de por si misteriosa e inexplicable. Su aparición en la obra del escritor chileno nos hizo recodar a muchos una historia trágica y confusa que estaba más bien en el olvido. Bolaños la internacionalizó y la sacó a luz, si bien no hay hasta ahora luz suficiente que pueda hacernos entender las causas y las tramas de su extravío.

Hoy sabemos un poco más de ella. Sabemos que nació en una ciudad de provincia en Uruguay en 1932, que fue maestra rural y que llegó a México a principios de la década de los 50, a los 28 años de edad, con una beca de la UNESCO para estudiar pedagogía en Michoacán. En esa primera década de su estancia en México se sabe que estudió pintura en Guanajuato, que se mudó a la Ciudad de México y que se casó en 1960, la década con un médico de la Cruz Roja con el que habría de durar muy poco.

La Alcira que se recuerda en los años sesenta empieza por su acercamiento a la poesía de mano de los poetas españoles del exilio, Emilio Prados, Pedro Grafías y León Felipe. Al parecer su primera inclinación literaria y sus vínculos con los círculos intelectuales mexicanos fueron paralelos a su lento, gradual pero inevitable trastorno psiquiátrico que ya era muy visible al final de la década. Se sabe que tuvo tratos con Rufino Tamayo, con José Revueltas, con Rubén Bonifaz Nuño, entre muchos otros y que a la mitad de la década de los sesenta su condición económica era incierta y que carecía desde entonces de un domicilio propio. Nadie sabía dónde vivía: a ratos en casas de amigos, muchas noches en los salones, pasillos y cubículos de la Universidad. Escribía poesía, traducía del francés y del italiano, colaboraba con Radio UNAM, y encontró en el movimiento universitario de 1968 una suerte de refugio y destino.

José Revueltas escribió sobre Alcira en el 68: “Fui a sentarme junto a Alcira, ante su mesa. Temblaba sufría, no cesaba de llorar era casi alarmante su estado psicológico. Me hizo sufrir también. Desde el inicio del movimiento de 1968 estaba ahí. Le fui a saludar y le recordé del poema que me dio en 1967 y era otra mujer su espíritu se había de nuevo y combatiente”.

En Los días y los años, Luis González de Alba la recuerda también importunando a los activistas encargados del mimeógrafo donde se imprimían volantes y carteles del movimiento, toda vez que Alcira quería a su vez imprimir sus dibujos y poemas que distribuía incansable por donde fuese que se moviera.

“No, no podíamos seguir desperdiciando papel en los poemas de Alcira, Marjorie. Pero si sólo habían hecho unos cientos. ¿Y el esténcil? Además, retrasaban la impresión de los volantes. Estaba bien, los harían cuando el mimeógrafo no se ocupara. Alcira se había enojado conmigo cuando intenté suspender sus ediciones privadas, pero al fin llegamos a un arreglo: no más de medio millar. Está bien, los repartirás en las manifestaciones pero trata de que mejor no tengan contenido político. Sí, está bien, pues, Alcira. Muy bien, Alcira. Y ayudar en “Radio Humanidades”. Sí, pues. No había querido decir que sí, sino que no. Que no intervendría a favor del “güerecito de los lentes” cuando discreparan en la programación de los únicos cuatro discos que teníamos. Estaba bien, Marjoire, que la dejarás, pues”.

Vendría entonces la noche de la entrada del ejército a la Ciudad Universitaria a mediados de septiembre de 1968. (Continuará).


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