Los tristísimos e inconclusos amores de José María Lafragua | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017

Los tristísimos e inconclusos amores de José María Lafragua

Convertido en un museo, el viejo Panteón de San Fernando contiene docenas de historias: algunas heroicas, otras dramáticas. Allí, en un enorme mausoleo de mármol blanco, un epitafio, de un par de líneas, resume el romance frustrado entre un político liberal y la mujer de sus sueños, con la que nunca pudo casarse.

  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx

Eran las 7 de la noche del 25 de junio de 1850. Con el alma destrozada, José María Lafragua, político liberal de cierta fama, ex ministro de Relaciones Exteriores, presidió el cortejo fúnebre de su prometida, Dolores Escalante, hasta el Panteón de San Fernando. Dolores, su Lola, era una más de las víctimas de la epidemia de cólera que desde 1848 se abatía sobre la Ciudad de México, como una más de las desgracias que la agobiaban desde la invasión estadunidense.

AÑOS DIFÍCILES. Lafragua, nacido en Puebla, conoció a Lola hacia 1834, cuando la familia de la muchacha se mudó de la capital a aquella ciudad. Ideológicamente, el muchacho se había formado en el liberalismo, al amparo del círculo del sacerdote y político Miguel Ramos Arizpe. Su vida pública comenzó al fungir como secretario del Colegio del Estado (el antiguo Carolino) y su ingreso en una logia masónica del rito yorkino. Incursionó en el periodismo político, y por los días en que supo de la familia Escalante ya publicaba sus artículos en el periódico El Libertador.

Pero en aquellos días, Lola Escalante, que apenas andaría por los 14 años, era objeto de los cortejos de un amigo de Lafragua, quien, por otro lado, aspiraba a la mano de una muchacha poblana. De Lola y sus cualidades comenzó a saber por su amigo, con quien compartía confidencias. Ninguno de los amoríos cristalizó en matrimonio, porque, según Lafragua, “Lola tenía más estimación que amor a su novio; yo más amor que estimación a mi novia; él era más inteligencia que pensamiento y ella más corazón que cabeza”. Parece que en ambas parejas se daba en el fondo, una clara incompatibilidad de caracteres, y aun así, Lafragua pensaba seriamente en casarse.

Para agravar la situación, en 1839 murió la madre de Lafragua. El joven político cayó en una depresión extrema. Eso y la ausencia de amor sincero para su novia, lo llevó a cancelar su compromiso. Intentó recomponer algunos negocios familiares, para lo cual viajó a la Ciudad de México. La experiencia terminó en fracaso y su expectativa de regresar a Puebla con una fortuna más o menos regular, se convirtió en cenizas. Muchos años después, Lafragua habló de “un primer desengaño”, que probablemente tiene que ver con la ruptura de su compromiso matrimonial.

Solo, sin familia y sin recursos; desprovisto de contactos, con su talento de abogado por todo patrimonio, Lafragua resolvió quedarse en la Ciudad de México y abrirse camino por sí solo. Era 1840. Ese mismo año, arruinada, la familia de Lola resolvió volver a la capital. Ella aún seguía prometida en matrimonio al amigo de Lafragua.

Poco a poco, el joven poblano comenzó a hacer carrera en el mundo de la política nacional. Se ganó el aprecio de personajes como Manuel Gómez Pedraza y Rodríguez Puebla, que militaban en un liberalismo que al calor de los acontecimientos acabaría por ser llamado “moderado”. Los méritos del muchacho obraban en su favor, y parecía que Lafragua iniciaría carrera en el servicio exterior como secretario de alguna legación. Pero entonces se reencontró con Lola, y la eterna batalla entre razón y sentimiento torció todos los proyectos.

LA ACCIDENTADA HISTORIA CON LOLA. El viernes de Dolores de 1841, Lafragua fue a la casa de la familia Escalante a presentar sus felicitaciones a la señorita de la casa, en ocasión de su santo. No lo movía sino la actitud caballerosa a que lo comprometía la amistad que se remontaba a los días en Puebla. Pero la providencia o el destino determinaron otra cosa. Esa tarde, Lola y Lafragua se enamoraron.

Pasaron los meses. Lafragua vivía en la felicidad más completa. Su carrera política despegó, olvidado el asunto de irse al extranjero. Era diputado. Y aunque la vida política se complicó en 1843 y hasta persecución política sufrió, nada le importaba: el amor lo había transformado y veía el futuro con esperanza.

Una circunstancia extraña, absurda, turbó su felicidad: un muchacho, amigo de la familia Escalante, “descubrió” que estaba enamorado de Lola. Aunque la muchacha le explicó claramente que no tenía ninguna probabilidad de ser aceptado, el aspirante decidió porfiar hasta convencer a la chica.

El asunto no habría pasado de una anécdota molesta de no ser porque el enamorado entró en una grave crisis de salud: la extracción de una muela le provocó una hemorragia que lo puso a las puertas de la muerte. Un examen médico reveló que el sujeto padecía una “hipertrofia en el corazón”. El muchacho, acongojado, contó al galeno de su pasión no correspondida por Lola. Con buenas intenciones pero con absoluta imprudencia, el médico fue a decirle a la muchacha que la vida del enfermo dependía de ella.

Y entonces empezó un verdadero calvario para Lola y Lafragua. Era un claro chantaje sentimental.  Pero la naturaleza bondadosa de la muchacha la hizo dudar: ¿era de ella la responsabilidad de acceder a las pretensiones amorosas del enfermo y salvarlo, o rechazarlo y asumir la culpa de su muerte? En el sainete opinaron amigos de la familia, médicos y viejos sabios. Lafragua prefirió guardar silencio, porque, aun cuando tenía amores con Lola, jamás había hablado del tema con la familia de la chica. Al final, todos concluyeron que Lola no tenía responsabilidad alguna y podía enviar al olvido al necio pretendiente.

Pero ahí no se acabaron las tragedias. Ese momento de crisis fue aprovechado por ¡otro amigo de Lafragua! para hacerse presente y declarar que él también amaba a Lola. Era, según el propio Lafragua, el príncipe azul ideal: guapo, rico, con buena posición y sin problemas políticos. Podía ofrecerle todo a Lola, y Lafragua se sentía en desventaja. Incluso, se sentó con la muchacha a explicarle lo conveniente que sería para ella casarse con el nuevo aspirante. Pero Lola paró el discurso de Lafragua: lo amaba a él y a nadie más.

En esas estaban, cuando los males del enfermo del corazón se recrudecieron. Agravando el chantaje, el médico le pidió a Lola le diese esperanzas “por un año”; era probable que el paciente no sobreviviera y ella le haría un bien. Ella accedió. Lo peor es que Lafragua contuvo sus impulsos de poner orden en el desbarajuste y accedió también. “Dandole esperanzas” al enfermo, transcurrieron ¡tres años! Para 1846 todos, Lafragua, Lola y su familia estaban hartos y desgastados.

La madre de Lola encaró a Lafragua y le pidió una opinión concreta del asunto. De algún modo lo presionaba para que hiciera públicos sus sentimientos por la muchacha. Se hizo una nueva consulta a dos obispos y a dos sacerdotes. Lola quería saber cuál era su deber para con el desvergonzado enfermo que ni se moría ni sanaba para destrabar el enredo.

Y entonces, ocurrió la invasión estadunidense: dos hermanos de Lola combatieron en Chapultepec y un tercero cayó prisionero. Lafragua, diputado, tuvo que irse a Querétaro con el Congreso. Aprovechando la ausencia, el enfermo quiso casarse con Lola en diciembre de 1847. Pero ella, finalmente, reunió valor y rompió con el chantajista. “Tú eres mi único dueño”, le escribió a Lafragua, que creyó morir de felicidad. Decidieron esperar a que terminara la guerra para casarse. Lafragua volvió a la Ciudad de México en junio de 1848. Todavía tendrían que sufrir una separación de un año, pues Lola y su madre viajaron a Puebla. Era el 15 de septiembre de 1849 cuando fijaron la fecha de su boda: se casarían el viernes de Dolores de 1850. Aún aplazaron la ceremonia porque la madre de Lola enfermó. Entonces, el cólera hizo su aparición y derrotó al enamorado Lafragua.

EL MAUSOLEO. Lafragua depositó a Lola en el nicho 160 del Panteón de San Fernando. Luego, encargó a Italia un espléndido mausoleo de mármol blanco. Tardó tres años en quedar listo. Allí trasladó los restos de la joven. Le sobrevivió 26 años. Nunca se casó y fue tres veces canciller e hizo larga carrera política. Cuando murió, en 1875, pidió que lo enterraran con Lola. Ya había contado su historia en el epitafio del mausoleo, dos líneas que resumen la odisea:

Llegaba ya al altar, feliz esposa

Allí la hirió la muerte, aquí reposa.

historiaenvivomx@gmail.com

 

Imprimir