El verdadero fin del marino Picaluga

Bertha Hernández

 

SANTIAGO PAPASQUIARO, DURANGO, 1896. Una nota publicada el 14 de febrero de ese año en el periódico El Correo de la Tarde, de Mazatlán, Sinaloa, llamó la atención del ingeniero de minas Amado Aguirre, a la sazón superintendente del Departamento de Fundición de la Compañía Minera San Andrés de la Sierra, en el estado de Durango. Cada dos semanas recibía correo, y en la entrega de fines de mes, venía el ejemplar del diario sinaloense. 

Se trataba de una efeméride, que recordaba que un 14 de febrero de 1831, Vicente Guerrero había sido fusilado en la población oaxaqueña de Cuilapa, después de haber sido traicionado por el marino genovés Francesco Picaluga, quien cobró una verdadera fortuna, 50 mil pesos de aquellos años, por entregar al antiguo insurgente y Presidente de la República a los hombres de su rival político, Anastasio  Bustamante. La tradición que muchos mexicanos del siglo XIX conocían era que Picaluga, después de cumplir su encargo, se marchó “a Palestina”,  acaso movido por la culpa, donde ingresó a un convento.

El siguiente párrafo de aquella nota despertó la curiosidad que, por las cuestiones históricas, siempre había sentido el ingeniero Amado Aguirre. El autor de la efeméride aseguraba que Picaluga, lejos de abandonar México, se había trasladado a Mazatlán, donde se cambió el nombre, se dedicó al oficio de armador de barcos, hizo familia y murió con su identidad renovada. Con esa tierna ingenuidad que a la distancia se lee en los diarios antiguos, el texto afirmaba que, de no ser porque al autor lo unían lazos amistosos con la parentela del mercenario disfrazado, daría toda clase de detalles de la historia.

Ocupado en sus asuntos duranguenses, Amado Aguirre intentó indagar más del asunto dirigiéndose por carta a un conocido suyo establecido en Mazatlán, el coronel Brígido Reyes. El asunto era de notoria importancia histórica, alegaba Aguirre, pues la nota del periódico echaba por tierra la tradición acerca del destino de Picaluga, y ponía en tela de juicio el trabajo de Enrique Olavarría y Ferrari, que en sus Episodios Históricos Mexicanos había tratado con amplitud los últimos días de Vicente Guerrero. Pero Amado Aguirre no recibió respuesta a ninguna de las tres cartas que envió. Nada pudo averiguar en ese momento.

MAZATLÁN, SINALOA, 1897. Un año después de sus infructuosas indagaciones, Amado Aguirre viajó, por razones de trabajo, de la ciudad de Tepic a Mazatlán. Su compañero de diligencia era un anciano comerciante español, Mauricio Lamadrid, que llevaba medio siglo establecido en el puerto. No tardó Aguirre en interrogarlo acerca de Picaluga. Lamadrid le contó la historia de Gerónimo Castillo, que hacia 1855 llegó a Mazatlán proveniente de Acapulco, y reconoció, en un hombre llamado Juan Pazador, al marino Picaluga.

Lamadrid puso a Amado Aguirre sobre la pista de un anciano, El Chino Juan, que solía gastar las horas muertas en el muelle de Mazatlán, esperando que le regalasen algunas monedas. Pero el viaje de Aguirre al puerto fue tan breve que no tuvo tiempo de buscar al viejo. Reanudó la búsqueda tres meses después. Y sí, allí estaba, en el muelle, El Chino Juan.

Poniéndole un peso en la mano, el ingeniero comenzó a conversar con el anciano. Juan, que era filipino, le contó sus aventuras; sus viajes por Acapulco, Guatemala, Panamá y Guayaquil. Aguirre interrumpió la narración para preguntarle si conoció el bergantín Colombo, propiedad del capitán Picaluga.

Al escuchar el nombre, El Chino Juan se puso visiblemente nervioso. “Calle, señor”, atajó. “Ya está juzgado de Dios; que él lo haya perdonado”. Pero Aguirre no lo soltó. Le preguntó si sabía lo que había ocurrido años atrás entre Picaluga y el general Vicente Guerrero. El nerviosismo del Chino Juan subió de punto; se levantó y se fue a conversar a otro lado.

Amado Aguirre no se rindió. Regresó al día siguiente y puso cinco pesos en la mano del Chino Juan. “¿Usted conoció al señor Picaluga?”, inquirió el viejo. Pero en 1897 Amado Aguirre era un joven de 34 años, y por más esfuerzos que hizo, no logró sacarle al anciano una declaración categórica de que Francesco Picaluga y Juan Pazador hubieran sido la misma persona.

Sin embargo, El Chino Juan no era el único que sabía del asunto. Un amigo mazatleco, Jesús Barraza, le aseguró que en el puerto había otros marinos viejos que también conocían la verdadera identidad de Juan Pazador.

Nadie quiso hablar. Incluso, un ingeniero, comisionado en Mazatlán por la Secretaría de Comunicaciones, llamado Natividad González, expresó en voz alta su disgusto por el jalisciense que andaba haciendo preguntas incómodas.

La vida de Amado Aguirre siguió su curso. Nada sacó en claro en 1897, y su quehacer profesional lo llevó a Hidalgo, a Nayarit, a Jalisco. “Pasaron muchos años”, escribió después, “incluyendo el periodo revolucionario de 1914 a 1921”, en el que Aguirre llegó a ser general,  jefe del Estado Mayor del general Manuel Diéguez, y con el paso del tiempo, uno de los hombres de confianza de Álvaro Obregón. Así fue cuando, en 1917, a los 54 años de edad, se convirtió en diputado constituyente por el estado de Jalisco. Pero no olvidó su indagación pendiente acerca de Francesco Picaluga. El destino lo pondría en posición de completarla.

CIUDAD DE MÉXICO, 1921. En febrero de 1921, Amado Aguirre formaba parte del grupo encabezado por Álvaro Obregón, quien se perfilaba para ocupar la Presidencia de la República. Gobernaba el presidente interino Adolfo de la Huerta, y Aguirre ocupaba la gerencia de la caja de Préstamos para Obras de Irrigación y Agricultura.  Decidió, entonces, regresar al caso de Francesco Picaluga.

En ocasión del aniversario luctuoso de Vicente Guerrero, Amado Aguirre publicó en el diario El Demócrata, propiedad de su amigo Vito Alessio Robles, un artículo extenso donde contaba el resultado de sus averiguaciones.

El antiguo ingeniero de minas decidió  retomar su investigación. Esta vez, el empeño del inminente secretario de Comunicaciones del gobierno obregonista tuvo eco: algunos amigos le ofrecieron ayuda, y uno de ellos, Francisco Alcalde, dio con un viejo folleto, firmado por “Carlos Marx”, donde también aseguraba que Picaluga y Pazador habían sido la misma persona. Los amigos mazatlecos de Aguirre trabajaron para recopilar testimonios orales que confirmaban la suposición. El documento más amplio que pudo obtener Aguirre carecía de nombre  y detallaba cómo en Mazatlán fue secreto a voces que Juan Pazador ocultaba su identidad real, y cómo éste temía que, en caso se conocerse su pasado como Francesco Picaluga, no tuviera otro camino que la prisión y el paredón de fusilamiento.

¿Cómo llegó Picaluga a Mazatlán? Poco a poco se desentrañó el misterio. Una vez cobrados los 50 mil pesos, Picaluga se dirigió al puerto de San Blas, y de ahí se mudó a la ciudad de Tepic, donde casó con una mujer llamada Cruz Flores. Con ella se marchó a Mazatlán, donde abrió una gran casa de comercio. No tuvo hijos, pero sí adoptó varios jóvenes. En 1921 sobrevivía, ya octogenaria, una joven que perteneció a la familia. Después averiguaría el general Aguirre que el autor de la relación anónima no era otro que el coronel Brígido Reyes, el mismo que dejó sin responder aquellas primeras cartas con las cuales preguntaba por  Picaluga.

¿Qué fue del marino genovés? Otro mazatleco, Francisco Escutia, contó la parte final: la esposa de Pazador heredó de su hermana, en 1857, un gran capital, que Picaluga/Pazador invirtió en la industria de palo de Brasil. Sobrevino una crisis en el mercado europeo y el negocio fracasó. Abrumado por la ruina total, Francesco Picaluga, alias Juan Pazador, se suicidó pegándose un tiro, dejando a su familia en la miseria.

Amado Aguirre recurrió a los archivos parroquiales de Mazatlán. Allí encontró la partida de defunción: Picaluga/Pazador se suicidó el 29 de marzo de 1859.  Francisco Escutia le contó cómo de niño, al pasar delante de la tumba del captor de Vicente Guerrero, notó que alguien, con un lápiz grueso, había añadido a la lápida: “Este es el traidor Picaluga”.  El general Aguirre dio por cerrada su investigación. Solamente le faltó obtener una fotografía de su personaje, que le negaron a última hora. Pero había resuelto un enigma que ninguno de los historiadores del siglo XIX pudo desentrañar.

historiaenvivomx@gmail.com

El asesinato de Vicente Guerrero fue un escándalo que resonó más allá de las fronteras del México recién independizado. El paso del tiempo atenuó el impacto del hecho, pero la memoria de “la traición de Picaluga” permaneció en la enseñanza de la historia hasta los años 70 del siglo XX. Sólo en los primeros libros de texto y en el diorama de la Galería de Historia, Museo del Caracol, existe la representación gráfica del suceso.

 

Imprimir

Comentarios