Los dreamers: una generación perdida para México - Carlos Matute González | La Crónica de Hoy
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Los dreamers: una generación perdida para México

Carlos Matute González

De 1994 al 2000 se presentó una migración neta de más de 2.2 millones de personas de México a Estados Unidos. El atractivo del “sueño americano”, pero sobre todo la falta de oportunidades de trabajo, provocó que numerosas familias jóvenes con niños menores emigraran. El tamaño y peso demográfico de los mexicanos deriva de que de 1965 al 2000 más de 16 millones migraron y que fueron hasta 2013 la fuente de migrantes más grande de EUA. Difícilmente se puede concebir un fenómeno similar en época de paz entre dos países.
A partir del año 2000-2008 el saldo migrante fue negativo. Muchos indocumentados regresaron a México mayoritariamente por el deseo de reunificar a las familias (Ana González Barrera, Pew Research Center 2015). El flujo migratorio de 2009-2014 fue menor a un millón de personas y aumentaron las deportaciones, con lo que 140 mil mexicanos menos ingresaron con respecto a los que salieron de EUA.
Los hijos de la última gran oleada migratoria (1994-2000) obtuvieron la protección de un programa conocido como DACA (siglas en inglés) que consiste en que quienes llegaron en la infancia sin documentos, pero que han crecido dentro del sistema educativo norteamericano, no son sujetos de las deportaciones que se incrementaron en el último lustro. Éstos son los llamados dreamers y son los directamente afectados por el endurecimiento de las políticas migratorias promovidas por el presidente Trump.
Ésta es una generación que, en otras condiciones, hubiera formado parte del bono demográfico de nuestro país; sin embargo, se está convirtiendo en una generación perdida. Hay que señalar que si estos jóvenes no hubieran emigrado con sus padres en su infancia se sumarían a los siete millones entre los 18 y 22 años fuera del sistema educativo.
En este sentido, el reconocimiento de validez de los estudios realizados en el extranjero es un mínimo que les debemos como sociedad en caso de que sean deportados. Sin embargo, la posibilidad de ingresar a las aulas es una cuestión más complicada relacionada con recursos financieros e infraestructura y, especialmente, con la existencia de un profesorado suficiente para atender la demanda de educación a nivel licenciatura y posgrado.
Con la frase “Las Universidades no se crean al vapor”, el rector de la UNAM, Enrique Graue, alertó que no hay espacio para recibirlos y, en su caso, la alternativa sería la Universidad Abierta y la Educación a Distancia, que es la única que tienen a su alcance un gran número de jóvenes, y que es la estrategia de los próximos diez años para atender la creciente demanda de educación superior. En sintonía con lo anterior, el secretario Meade confirmó que no había recursos presupuestales para cubrir la eventual demanda de los dreamers en el caso de una deportación masiva.
Independientemente de las políticas trumpianas, los hechos recientes han hecho evidente que hay profundos problemas estructurales en la economía mexicana que expulsa a sus jóvenes del país (que son los que emigran) o les ofrece pocas posibilidades de desarrollo dentro de la legalidad, convirtiéndolos en una potencial fuente de recursos humanos para la delincuencia organizada. Los grupos poblacionales de mayor edad son los que regresan. Este fenómeno se explica porque a pesar de que somos la economía número 11 del mundo tenemos uno de los ingresos per cápita más bajos de la OCDE y 65 del mundo, así como elevados índices de desigualdad social que lo ubican después del lugar 120.
La gran crisis mundial de 2008 es una de las causas que cambió la tendencia de los flujos migratorios y reavivó la xenofobia en los países receptores de migrantes. Primero, las fronteras se cerraron paulatinamente (endurecimiento de las políticas de emisión de visas); después se inició un proceso de deportación soterrado (Obama) y luego una política agresiva de expulsión de indocumentados (Trump).
En este contexto, una generación de migrantes jóvenes quedó atrapada entre dos mundos. Uno que le ofrece alguna posibilidad de desarrollo en un ambiente crecientemente hostil y otro en el que las autoridades están puestas a darle lo que es financieramente posible, que en realidad es muy poco. La incertidumbre que han vivido los dreamers, desde su infancia, con el abandono de su país tuvo una tregua con el programa DACA, que acabó con las elecciones del año pasado.
Lo dramático de todo esto es que el bono demográfico que representan estos jóvenes puede ser desperdiciado por ambos países y que haya una incapacidad social para aprovechar lo que pudiera ser un puente de unión para una mayor integración de la región. El horizonte inmediato previsible, lamentablemente, es que a los dreamers los convirtamos en una generación perdida que acumule desilusiones con respecto a EUA y México.


cmatutegonzalez@yahoo.com.mx

 

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