Fábula de albañiles mexicanos en Pekín - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 09 de Marzo, 2017
Fábula de albañiles mexicanos en Pekín | La Crónica de Hoy

Fábula de albañiles mexicanos en Pekín

Edgardo Bermejo Mora

La noche del 15 de septiembre de 2007, a las puertas de la Embajada de México en la República Popular China, se presentaron tres mexicanos de aspecto campesino y preguntaron si acaso sería posible pasar a la celebración del Día de la Independencia que estaba por empezar, con más de 500 invitados reunidos en el patio de la embajada, en su mayor parte miembros de la comunidad mexicana residente en Pekín.
Es costumbre que las embajadas mexicanas convoquen a los connacionales en esta fecha y que juntos disfruten de comida mexicana, de tequila, en ocasiones de la presencia de un mariachi, y que todos entonen el himno nacional como colofón de la ceremonia del grito encabezada por el embajador.
No sólo los residentes temporales, era costumbre también recibir esa noche a todo mexicano de paso por la ciudad, si bien esto representaba siempre un reto logístico pues no alcanzaba la comida y la bebida para todos. Hubo algunos años que para la fiesta se presentaban, con todo y sus bultos de mercancías baratas recién adquiridas, grupos de comerciantes de Tepito, que solían arrasar con la comida y armar alboroto ya entrados en tragos. También solía pasar que a los estudiantes mexicanos residentes en Pekín se les ocurría llegar con un tropel de compañeros universitarios de otras nacionalidades. De manera que una de mis infaustas labores como agregado cultural era apostarme a la entrada de la Embajada para supervisar quién podía y quién no, participar en el festejo.
Eso explica el principio de este relato, cuando los tres mexicanos a los que me he referido se me acercaron para que les autorizara el paso. Les pregunté entonces lo elemental: si eran mexicanos, y lo eran. Si estaban de paso en la ciudad o eran residentes temporales, y es aquí donde se creó entre nosotros un silencio tenso, inexplicable: no apuraban a decir que si ni que no. Se miraban entre ellos a la cara, incómodos por la pregunta, más bien nerviosos. Me dijeron entonces que sí, que estaban residiendo en Pekín, pero no atinaron a decirme qué los tenía viviendo en la ciudad. Habré sido un agregado cultural venido a “cadenero” por una noche, pero no un oficial de migración como para pedirles papeles e interrogarlos, faltaba menos. De modo que los dejé pasar, como a la mayoría de los que llegaron esa noche.
Más tarde, pasada la ceremonia del grito y ya más relajados por los tequilas y los tacos, los tres alegres mexicanos se me acercaron para agradecerme el gesto y trabamos entonces conversación. Les reiteré mi pregunta sin mayor afán que saber el motivo de su residencia en Pekín, y entonces uno de ellos arriesgó una respuesta ante la mirada asombrada de sus compañeros: Somos de Michoacán, me dijo, pero estamos aquí en Pekín porque nos contrataron como albañiles para la construcción de la nueva Embajada de Estados Unidos, hace años que trabajamos en el gabacho y nos ganamos la vida lo mismo en la construcción que en las tareas del campo, pero se supone que no debemos contar esto.
Sus otros compañeros lo miraban casi espantados. La confidencia parecía un atrevimiento mayor pero ya era tarde como para echarse para atrás. De modo que ya todos juntos abundaron en los detalles de lo que yo escuchaba como una historia formidable y escandalosa.
En efecto, por aquellos años el gobierno de Estados Unidos adquirió un predio enorme en una zona céntrica de la ciudad para construir la nueva sede de la Embajada, que habría de ser colosal, gigante e impenetrable como suelen ser sus embajadas en todo el mundo. La sede anterior, localizada en el barrio diplomático, construida en los setentas, ya les quedaba chica y además al parecer era una red por la que se colaban todos los artilugios de la inteligencia china para espiarlos. Se sabía, por ejemplo, que en el sótano de aquella vieja embajada se construyó un cuarto blindado y a prueba de espionaje donde se llevaban a cabo las conversaciones más delicadas y ultra secretas. Como un set up de película de James Bond.
Lo que no sabíamos es que el gobierno de los Estados Unidos, para construir su nueva sede diplomática, había decidido prescindir de la mano de obra china, y que acudieron entonces a la contratación de un ejército de albañiles, plomeros y jardineros mexicanos para emprender la tarea en el mayor secretismo.
Los mexicanos firmaron un contrato de confidencialidad extrema: tenían prohibido hablar con nadie, mucho menos con otros mexicanos sobre su presencia en la ciudad; se les prohibía también desplazarse fuera de la ruta matutina habitual entre el hotel en el que se alojaban y el predio en construcción, aun en sus días de descanso. Cada mañana, desde un hotel Holiday Inn donde se hospedaban, varios autobuses los esperaban y los transportaban hasta penetrar el predio cercado por enormes bardas para realizar su trabajo alejados de toda mirada intrusa. Al término de la jornada abordaban los autobuses de vuelta al hotel. ¿Eran ciudadanos mexicanos con residencia legal en Estados Unidos o indocumentados? No lo sabemos, pero si sabemos que en el juego del espionaje, la confianza y la seguridad, las autoridades estadounidenses apostaron por los mexicanos y no por los chinos.
Unos días después me encontré con uno de ellos en un supermercado de aquel Holiday Inn. Apenas y me saludó, mi presencia lo incomodaba en extremo y miraba para todas partes en gesto paranoide. Le pregunté por sus otros dos compañeros y casi susurrando sólo alcanzó a decir que ya no estaban, que los habían regresado.
La historia de los albañiles michoacanos en Pekín no deja de sorprenderme. ¿Quién habrá de construir el muro de Trump?


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