El Porfirio que retrató James Creelman

Bertha Hernández

Cuando los editores de la revista estadunidense Pearson’s Magazine enviaron al periodista James Creelman a entrevistar al general Porfirio Díaz, presidente de México, no avizoraron la importancia que cobraría el material que resultó de aquel encuentro.

No podía ser de otra manera. Don Porfirio entró al nuevo siglo con 70 años cumplidos, y por cada año más que celebraba en Palacio Nacional, aumentaban los que opinaban que muy bien haría el señor presidente en retirarse a tiempo.

Por eso, la entrevista publicada en marzo de 1908 causó revuelo. Don Porfirio, afirmando que México estaba listo para la democracia; hablando de su cercano retiro político, sorprendió a todo el país. Apenas comenzó a circular el ejemplar de la Pearson’s Magazine, el periódico más importante de aquellos días, El Imparcial, se apresuró a publicar en sus páginas la traducción del texto. Muchos periódicos del interior de la república también la reprodujeron, algunos en toda su extensión, y la onda expansiva llegó a otros países, donde se publicaron los fragmentos más relevantes. Las declaraciones de don Porfirio se convirtieron en asunto de interés internacional.

Es sabido el impacto político de esa parte de la entrevista: los antirreeleccionistas de todas las orientaciones ideológicas le tomaron la palabra a don Porfirio y se aplicaron en fortalecer su organización, con la expectativa de participar en los comicios que tendrían lugar en 1910. Uno de ellos, Francisco Ignacio Madero, encabezaría un movimiento que cambiaría la historia del país.

Pero, ¿qué más decían aquellas páginas? ¿Qué Porfirio Díaz quiso retratar James Creelman?

El “HÉROE DE LAS AMÉRICAS”. A principios de 1908, era tema de debate en Estados Unidos el propósito del presidente Theodore Roosevelt de competir en las elecciones presidenciales, cuando ya llevaba dos periodos en la Casa Blanca. Al calor de aquella discusión, resultaba de indudable interés periodístico una conversación con un hombre que ya llevaba siete relecciones. Ése es uno de los factores que explican la realización de la entrevista Díaz-Creelman, como se le conoció muy pronto, borrando prácticamente el título con el que fue publicada: “Presidente Díaz, Héroe de las Américas”. De esta conversación entre el mandatario y el reportero, se dijo que había sido negociada por el ministro de Hacienda Limantour, como una forma de propaganda, que aspiraba a resumir, en algunas páginas, todo lo que don Porfirio había hecho en esos siete periodos presidenciales y los resultados positivos que de aquel mandato de larga duración se desprendían.

La entrevista, con abundantes fotografías, ocupó nada menos que 48 páginas del número de la Pearson´s magazine. De acuerdo a los criterios noticiosos del periodismo moderno, la imagen es un factor poderoso en la narración construida alrededor del presidente mexicano y del mundo en que vivía. Una gran foto de don Porfirio, vestido de civil, abría la entrevista. Con ojo agudo, Creelman llevó a sus editores una segunda fotografía que parecía resumir los contrastes del México de 1908: una recua de mulas, cargadas con huacales, se cruzaban en un camino con un automóvil, el modernísimo Ford T. “El encuentro de dos civilizaciones en México, hoy día”, reza el pie de foto.

Pasado y presente de ese país, que sorprendió al estadunidense, quedaron plasmados en el discurso fotográfico que recibieron los editores de la Pearson´s magazine: desde los jardines de la residencia presidencial en el cerro de Chapultepec hasta una panorámica del Palacio Nacional, que en ese entonces sólo tenía dos pisos.

El progreso gritaba su presencia en las fotografías de la ciudad iluminada con energía eléctrica, en el bullicio del Zócalo en un día cualquiera, o del formidable puente de Metlac, construido para abrirle paso al ferrocarril. La modernidad tomaba acentos alucinantes al combinársele con la sombría sala de los monolitos mexicas del Museo Nacional, con la venta de piñatas en el sitio donde estuvo el quemadero de la Inquisición y las abigarradas y multitudinarias procesiones de Semana Santa.

Lo más sorprendente de aquel juego fotográfico es el Porfirio Díaz que mostraba. Allí estaba, sí, con su uniforme y sus numerosas condecoraciones, pero también ataviado para cazar venados en algún bosque cercano a la Ciudad de México; también, en una insólita escena doméstica, sin frac, con las manos metidas en los bolsillos, tocado con un bombín, en actitud más que relajada, junto a su hija Luz, que arrullaba a un nieto, bebé de pocos meses.

Ése era el mundo de don Porfirio, al que pudo entrar James Creelman.

POLÍTICA INTERNA, ESTADOS UNIDOS, RELACIONES CON LA IGLESIA… Se diría que no quedó tema que Creelman no tocase con don Porfirio. Indudablemente, hay en el periodista la voluntad de retratar a un anciano que lleva la aureola de antiguo héroe de guerra y que, pese a su avanzada edad, mira hacia el futuro. Es la reiteración de la figura del “gran padre” que muchos mexicanos tenían de Díaz, como se desprende de la abundante correspondencia que aún se conserva en su archivo. Sí, don Porfirio era un héroe; un héroe que no se dormía en sus laureles y que se aseguraba su paso a la historia en la medida en que se preocupaba por el constante progreso del país que encabezaba.

A Creelman le interesaba, sin duda, establecer las ventajas y desventajas de las varias reelecciones. Don Porfirio lo ataja: “Es un error suponer que el futuro de la democracia en México ha sido puesto en peligro por la prolongada permanencia en el poder de un solo presidente”. Sonríe cuando le piden su opinión acerca de las pretensiones de Roosevelt: “No veo realmente una buena razón por la cual el presidente Roosevelt no deba ser reelegido si la mayoría del pueblo americano quiere que continúe en la presidencia”, afirma.

Habla bien don Porfirio de la naciente clase media: “Aquí, como en todas partes, la clase media es el elemento activo de la sociedad”. Se adentra en el corte de caja que implica el tiempo transcurrido en esas siete relecciones: “El ferrocarril ha jugado un papel importante en la paz de México. Cuando yo llegué a presidente, había solamente dos líneas pequeñas… hoy día tenemos más de 19 mil millas de ferrocarriles”. El héroe del 2 de abril presumió al estadunidense el sistema de correo, que describió como “eficiente, económico, seguro y rápido”; recordó cómo en alguna época decidió castigar el robo con pena de muerte: “Éramos duros”, dijo. “Pero si hubo crueldad, los resultados la han justificado con creces”.

¿Mentía don Porfirio? No, ciertamente. Mostró a Creelman el México que había construido, pero, a sus 78 años, no le habló de los problemas de un grupo social que apenas empezaba a mostrar músculo: la clase obrera. Afirmó que, en los hechos, él no tenía una oposición fuerte, porque se trataba de una “insignificante minoría”. Tal vez le faltó sinceridad, o era tal su orgullo por lo hecho en todos esos años, que, puesto en la balanza, le parecía que la desigualdad profunda no era relevante.

“¿Cuál es, en su opinión, la fuerza más relevante para mantener la paz: el ejército o la escuela?”, inquirió Creelman.

“La escuela” –respondió Díaz. “Quiero ver la educación difundida por todo el país, llevada por el gobierno nacional. Espero verlo antes de morir”.

Pero, a la hora de la hora, don Porfirio eligió otro camino, y se presentó como candidato a las elecciones de 1910. Llovieron los reclamos. ¿No dijo el Presidente que todo cambiaría? Ese momento, en que Porfirio Díaz cedió al llamado del poder, le impidió concretar, entre muchos otros, aquel sueño educativo que le había confiado a James Creelman.

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Insólita, por lo que de íntima tiene, la Pearson’s Magazine publicó esta imagen de Porfirio Díaz, en un ambiente completamente familiar, con su hija Luz, haciendo a un lado los uniformes y las condecoraciones de la investidura presidencial.

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