La mujer en la justicia mexicana - Carlos Matute González | La Crónica de Hoy
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La mujer en la justicia mexicana

Carlos Matute González

En el marco de la celebración del Día Internacional de la Mujer, el ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Luis María Aguilar Morales, entregó la medalla al Mérito Judicial Femenino María Cristina Salmorán de Tamayo a las magistradas Elvia Díaz de León D’Hers y Victoria Eugenia Quiroz Pesquera, en reconocimiento a que han dedicado sus vidas a la administración de justicia con entrega, profesionalismo, excelencia e imparcialidad y son ejemplo de tesón y dedicación en un mundo adverso y marcado por la desigualdad de género.
La ceremonia, en palabras del Presidente de la Corte, es un llamado de atención respecto a “que las dimensiones actuales de la desigualdad y la violencia en contra de la mujer exigen una seria reflexión y un esfuerzo individual e institucional para erradicarlos”.
Las premiadas son una muestra del compromiso que cotidianamente refrendan miles de mujeres con su trabajo en órganos de los poderes judiciales, en juzgados y tribunales, así como en instancias de apoyo y sus trayectorias nos ayudan a no olvidar que las condiciones desventajosas para las mujeres han disminuido con respecto a la época que ellas vivieron, es decir, que es posible superar las desigualdades, pero que todavía falta mucho por hacer y que lo que se realice no caerá en el vacío.
Hoy existen cuotas de género en el proceso de integración de algunos órganos estatales o públicos que garantizan espacios para las mujeres. Esta circunstancia establece reglas que previsiblemente mitigan el efecto de valores, actitudes y prácticas tanto sociales como políticas que imponen trabas abiertas u ocultas al acceso de las mujeres a puestos de dirección o representación. Las magistradas no gozaron de estas ventajas legales durante sus trayectorias académicas y profesionales. Ellas abrieron espacios, se “colaron” en un mundo de hombres y demostraron que, a pesar de las condiciones de desigualdad, la excelencia y el profesionalismo eran unas herramientas válidas para realizar su vocación vital: la impartición de justicia.
En especial, la magistrada Elvia Díaz de León, en el discurso que pronunció para agradecer la alta distinción de recibir la presea, fue enfática: “en los inicios de los años ochenta cuando comenzaba para nosotras las mujeres la posibilidad de acceder a los puestos de primer nivel en el Poder Judicial de la Federación fue… doña Cristina (Salmorán), la que acogió al mayor número de nosotras”. Los lugares de trabajo abiertos a las mujeres eran pequeños oasis en estructuras en las que eran invisibles para los varones, que en su mayoría consideraban que el ámbito directivo de las organizaciones era un coto exclusivo de ellos.
Soy testigo de la capacidad y entrega de doña Elvia. La conocí cuando era consejera de la Judicatura Federal y me llamó la atención su firme vocación por la Justicia, así como la deferencia y respeto que sus compañeras y compañeros le profesan. La pasión con la que defiende sus argumentos es contagiosa, y con ella se aprende que el amor a la profesión es la esencia del éxito y revela que lo que le importa es determinar a quién le asiste la razón jurídica. El matiz humano lo imprime en sus sentencias, el juez se expresa en ellas, con la aplicación de un derecho penal técnicamente correcto, pero no excesivamente formalista.
En su discurso hizo énfasis en que la principal cualidad de un magistrado es escuchar y comprender, tener la capacidad de “aprender por una parte a convencer a nuestros pares con la fuerza de la razón y por otra a tener la humildad necesaria para discernir el criterio jurídico más apropiado al caso, aunque no sea el propio”. Me consta que doña Elvia es tolerante, pero que también le indigna la apatía y la falta de compromiso en un juzgador y la he visto luchar en contra de quienes manchan con sus acciones u omisiones indebidas la función jurisdiccional.
En síntesis, es una mujer excepcional en la justicia mexicana que tuvo la oportunidad de servir y demostrar su valía. A otras mujeres la desigualdad entre géneros lamentablemente les negó esa oportunidad. La discriminación nos ha privado, nos priva, de usufructuar socialmente muchos talentos.
La invitación que con sus historias personales nos hacen las magistradas premiadas es a combatir los prejuicios contra las mujeres y a contribuir a eliminar las condiciones de desigualdad. La principal lección es que si ellas pudieron romper estereotipos y superar taras sociales, nosotros también podemos crear espacios de igualdad que nos permitan desarrollar más y mejor las potencialidades de cualquier persona, sin que importe el género, la raza, la religión, la forma de pensar o la condición social.

cmatutegonzalez@yahoo.com.mx

 

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