“Urge enseñar a pensar, terminar con el analfabetismo científico”: Marcelino Cereijido | La Crónica de Hoy
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“Urge enseñar a pensar, terminar con el analfabetismo científico”: Marcelino Cereijido

Marcelino Cereijido, investigador del Cinvestav.

¿A dónde tendría que dirigirse el eje fundamental del nuevo modelo educativo que la Secretaría de Educación Pública presenta este lunes? A aprender a pensar; a interpretar la realidad desde un espíritu científico, y ésa es una de las grandes carencias y necesidades del sistema educativo mexicano, afirma Marcelino Cereijido, Investigador emérito del Sistema Nacional de Investigadores, y profesor titular del departamento de Fisiología Biofísica y Neurociencias del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav). 

“Desgraciadamente, los líderes de la cultura mexicana no se proponen dar el paso evolutivo hacia una cultura compatible con la ciencia”, critica Cereijido, quien lleva muchos años estudiando los problemas que genera el analfabetismo científico. “Una de las desdichas de ese analfabetismo científico en el que estamos sumidos es no advertir la falta de ciencia y no imaginar lo que haríamos con ella si la tuviéramos”.

“Hoy por hoy, solo los países del primer mundo lograron desarrollar ciencia moderna”, añade Cereijido. “A pesar del enorme mérito que tienen  los países del tercer mundo como México, al haber desarrollado, con gran esfuerzo, una comunidad de investigadores de excelente nivel, pues publican en las mejores revistas internacionales, se quedaron rezagados en alguna etapa interpretativa de la realidad con sustento religioso.  La cultura mexicana sigue vertebrada por un monoteísmo judeocristiano —fundamentalmente católico, apostólico y romano— que nos ha sumido en un analfabetismo científico atroz”.

El doctor Cereijido explica a Crónica cómo es que el pensamiento científico tendría que ser uno de los puntales en cualquier propuesta educativa con aspiraciones de renovar el sistema actual. “La ciencia moderna es una manera de interpretar la realidad sin recurrir a milagros, dogmas, revelaciones ni al principio de autoridad, el “porque-lo-digo-yo”. Durante años el aprendizaje memorístico era dominante, y el desalentar las preguntas de los alumnos con un “no pregunte estupideces”, prevaleció”.

Marcelino Cereijido ejemplifica la idea de cultura compatible con la ciencia con el caso de los Estados Unidos: “Se asustaron porque los rusos tenían sputniks que  orbitaban la Tierra, cohetes que llegaban a la  Luna, y explotaron una bomba de 50 megatones en la alta atmósfera, cuadruplicaron el presupuesto para la ciencia, fueron los primeros en llegar a la Luna y hoy envían naves espaciales a fotografiar Saturno. Esa cultura compatible con la ciencia sale a relucir cuando tienen un problema grave, encomiendan su solución a la ciencia y le asignan presupuestos acordes.  Los países de primer mundo como Japón saben que la ciencia es la herramienta más avanzada para resolver problemas”.

El planteamiento que podría parecer digno de los círculos más elevados de la actividad académica tiene una manifestación importante que debe impactar en el sistema de educación básica, si se quieren resolver los grandes problemas nacionales. Pero el problema no es menor y llega hasta las aspiraciones más grandes de este país en el siglo XXI: “Nuestro pueblo tiene una manera de interpretar la realidad que sigue enhebrada con el pensamiento religioso, específicamente católico, y los resabios que nos quedan de las creencias prehispánicas. Pero resulta que la ciencia tiene tanta importancia que hoy ya no se puede hacer nada sin ella. Yo puedo designar a la Virgen de Guadalupe patrona de los teléfonos celulares y pretender hacer teléfonos celulares sin ciencia. Es posible que nos demos un gusto meramente anímico con esa ocurrencia, pero lo cierto es que tenemos que seguir la vida interpretando la realidad, y las interpretaciones de esa realidad, guiadas por el pensamiento religioso, las cosas no pueden andar bien”.

Ni siquiera es cosa de elegir. La ciencia está presente en todos los ámbitos: salud, guerra, educación. Y no se puede vivir en el mundo moderno sin tecnología como los teléfonos inteligentes.  “Pero en México”, agrega Cereijido,  “vivimos en un animismo sorprendente: el hombre que le pega un golpe al automóvil y dice que el  motor no quiere arrancar; le achacamos ánima a los objetos. Ese animismo, como la religión, son intoxicantes cognitivos. Tendría que estar prohibido enseñar religión en las escuelas”.

LAS “REGLAS DEL TENER RAZÓN”. “Todavía hay, en México, familias en las zonas marginadas que sacan a los niños de las escuelas y los ponen a vender chicles, y nos dicen: ¿Para qué diablos quiere enseñarles el teorema de Pitágoras? ¿Qué no ve que nos morimos de hambre? ¡Por favor! Hay sectores que tampoco tienen un uso para la inteligencia.”

De una cosa está seguro Marcelino Cereijido: la herramienta y arma humana es la capacidad de conocer,  y “hay un tipo muy específico de hijoputez –que no es insulto- consistente en destruirle al prójimo esa herramienta”. Por eso, el impulso a la formación de pensamiento científico es un indispensable en las nuevas propuestas educativas.

Pero, por lo pronto, y para la elaboración del nuevo modelo educativo, el Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República no fue requerido, aunque en el desarrollo de los nuevos planes de estudios que llegarán a las aulas figuran investigadores consolidados de las instituciones de investigación más relevantes de México. Pero Marcelino Cereijido se muestra escéptico sobre lo que resulte de esta nueva reforma educativa que aspira a transformar a fondo el mecanismo de enseñanza aprendizaje de nuestros escolares: Están opinando los burócratas, pero hay cosas que la burocracia no puede responder. Eso es como ir al hospital y que lo atienda a uno el administrador del hospital”.

“Ni siquiera podemos ser democráticos si no tenemos pensamiento científico”, explica. Y, como tantas cosas en la vida, el asunto se explica mirando hacia la Grecia antigua. “Cuando el sistema jerárquico griego se derrumbó, cobraron importancia las ciudades, y los habitantes, llamados desde entonces ciudadanos, se enfrentaron al problema insólito de cómo gobernarse entre iguales. Tuvieron que inventar “las reglas de tener razón”: argumentar, justificar, convencer, refutar, concordar, contradecir y disuadir. Dos o tres siglos después, esas reglas dieron origen a la filosofía, y dos milenios después a la ciencia moderna. Por eso la manera científica de interpretar la realidad no recurre al principio de autoridad. Una sociedad que es autoritaria es increíblemente mediocre, porque sólo tiene un cerebro: el del jefe. En una sociedad democrática todos los cerebros trabajan ensamblados en paralelo”.

En la actualidad, afirma el investigador, refiriéndose a los dos casos que conoce: el mexicano y el argentino: “Resulta casi imposible basarse en civilidad, razón, evolución de las maneras de interpretar la realidad, y la caducidad del principio de autoridad. La gente “toma” instalaciones, bloquean avenidas como pasos imprescindibles para “negociar” cualquier mejora. ¿Qué quiere decir eso? Que no están capacitados para analizar científica y democráticamente la realidad; sólo intercambian topetazos de monólogos”.

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