Tragedias de amor del Segundo Imperio: Pepita y Achille Bazaine | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Domingo 19 de Marzo, 2017

Tragedias de amor del Segundo Imperio: Pepita y Achille Bazaine

Como tantas otras cosas de los años en que Maximiliano de Habsburgo vivió y aspiró a reinar en México, los amores de quienes lo rodearon quedaron marcados por el dolor. Así ocurrió con el comandante de las tropas francesas establecidas en estas tierras y su jovencísima esposa mexicana

Tragedias de amor del Segundo Imperio: Pepita y Achille Bazaine | La Crónica de Hoy

Aquellos amores dieron de qué hablar a toda la alta sociedad mexicana y hasta los mismísimos emperadores, Maximiliano y Carlota, lo contaron en sus cartas a Europa: el mariscal Achille Bazaine, comandante en jefe de las tropas francesas que sostenían el proyecto monárquico venido de Europa, estaba enamorado como un adolescente de una muchachita mexicana, de buena familia, parienta de un ex presidente de México, llamada Pepita Peña y Azcárate.

El mariscal era todo un personaje. Arrogante y con historia, con carrera militar hecha en España y en África, Achille Bazaine llegó a México en octubre de 1863, después de los medianos resultados que otros enviados de Napoleón III, como Dubois de Saligny y el general Elie Forey, habían entregado. Bazaine llegaba a México con amplios poderes militares y políticos; a él se le encargaba, nada menos, que defender los intereses de Francia  y cuidar que a Maximiliano de Habsburgo las cosas le salieran lo mejor posible. Por eso nunca hubo pleno entendimiento entre el austriaco y el francés.

EL FLECHAZO. Para cuando llegó a México, Bazaine estaba casado con una española que dejó en Europa, María Soledad Tormo, quien acabaría suicidándose. El mariscal fue reponiéndose, poco a poco, de aquella trágica historia. Cuando Maximiliano y Carlota llegaron a la capital mexicana, en junio de 1864, una de las integrantes de su comitiva, la condesa austriaca Paula Kolonitz, se enteró de que en las fiestas que se hacían en la residencia del mariscal, se bailaba esa danza escandalosa, tan propia de los lupanares franceses: el cancán.

La vida de soltero de Bazaine cambió por completo en agosto de 1864, cuando ofreció un gran baile en honor de Maximiliano y Carlota en el Palacio de Buenavista, donde residía. Allí vio a una muchachita vestida de seda blanca, que lo fascinó. De inmediato, averiguó quién era ella.

Así se enteró que Josefa Peña y Azcárate, Pepita, tenía 17 años y era huérfana de padre; que su tía Juliana era la viuda del ex presidente Manuel Gómez Pedraza, y que en la familia de la muchacha había gente de ideas más bien liberales. Su abuelo, Juan Francisco Azcárate, era considerado como uno de los precursores de la independencia del país. Con toda esta información, se acercó a ella y le pidió un vals.

El flechazo fue inmediato: muy pronto toda la Ciudad de México estaba enterada de que el maduro mariscal, con sus 54 años y su corpulencia, paseaba por la calle del Coliseo Nuevo, donde vivía la muchacha, y hacía caracolear su caballo delante de los balcones de la familia. Pepita respondió con igual intensidad al cortejo de Bazaine, y muchos de sus contemporáneos hablaron y escribieron de la ternura que despertaba a propios y extraños el manifiesto amor que la muchacha le profesaba a su francés cincuentón.

LOS DÍAS DE GLORIA. Se casaron en junio de 1865, concedido el permiso de Napoleón III. La ceremonia se efectuó en una capilla, ahora desaparecida, en el entonces palacio imperial, hoy Palacio Nacional. Apadrinada por los emperadores, Pepita recibió de ellos su regalo de bodas: el Palacio de Buenavista, con una cláusula especial: si algún día la pareja abandonaba México, el Estado se comprometía a tomar de vuelta la residencia y entregar a cambio nada menos que 100 mil pesos oro, toda una fortuna, como ocurría siempre que Maximiliano contraía un compromiso que no habría de pagar de su bolsillo.

De golpe, Pepita se convirtió en la segunda dama del imperio, y en las temporadas en que los emperadores se ausentaban de la capital, no había nadie por encima de los Bazaine. Durante los bailes, Pepita adoptaba maneras de la realeza: era ella, la mariscala, quien escogía con quién bailar “y no se deja elegir”, comentó su marido.

El primer hijo de Pepita y Bazaine fue bautizado en mayo de 1866; sus padrinos fueron Maximiliano y Carlota. Esos gestos de cordialidad encubrían la muy mala relación entre el mariscal francés y el emperador de México. Cuando Napoleón III dio la instrucción de retirar a las tropas francesas de México, a principios de 1867,  Pepita estaba a punto de dar a luz a su segundo hijo.

RETIRADA Y CRISIS. Los Bazaine llegaron a Francia y fueron recibidos con cordialidad por Napoleón III y Eugenia de Montijo, quienes miraron con simpatía a la joven mexicana que traía del brazo el señor mariscal. Eugenia de Montijo tuvo la deferencia de hablar en español con la muchacha, y, al paso de los meses, con gusto llevaría a la pila bautismal a una niña, llamada Eugénie, como su madrina, la emperatriz de Francia.

Pero el encanto no duró para siempre. Con disimulo, Napoleón III convirtió a Achille Bazaine en una especie de “pararrayos” de los malos resultados de la expedición mexicana. La posición del mariscal empeoró en 1870, al sobrevenir la guerra franco-prusiana. En su calidad de comandante en jefe del Ejército del Rhin, tuvo Bazaine que apechugar con la derrota francesa que le costó la corona a Napoleón III. El mariscal fue enjuiciado, acusado de traición y condenado a muerte. La sentencia le fue conmutada por veinte años de cárcel en la fortaleza de Sante Marguerite. Allí le siguió Pepita, dolida por la muerte de su primogénito, y llevando a sus hijos sobrevivientes.

El régimen de la prisión resultó deferente y hasta cómodo para el mariscal. Pero seguía siendo un preso. Pepita urdió una fuga: una noche de 1874, hizo que su marido se descolgara, con una cuerda de sábanas, del muro de la fortaleza. Ella y su hermano aguardaban en la orilla, con un pequeño barco rentado en Génova. Así escapó Bazaine y huyó con su familia a España. Allí probaron el amargo pan del exilio y la pobreza durante varios años. Harta, agotada, Pepita decidió regresar a México, un poco en busca de soluciones, otro poco por escapar a los horrores de la pobreza.

LA SEPARACIÓN. ¿A qué regresó Pepita a México? A buscar lo que de su patrimonio quedara, para escapar de la inopia y la necesidad con la que sobrevivía en Madrid la familia Bazaine Peña. El mariscal, anciano y enfermo, desesperaba por la falta de recursos.

Aún se conserva en el Archivo de Notarías de la Ciudad de México el testamento de su tía Juliana, donde le dejaba una pequeña renta. Pero no era eso lo que decidió a Pepita a cruzar el mar de regreso a su patria. Ella venía con un objetivo fijo, que tenía mucho de mera ilusión: cobrar aquellos cien mil pesos oro que, según lo dispuesto por Maximiliano, le correspondían como compensación desde el momento en que dejó el Palacio de Buenavista y que era su dote de bodas. Tenía también la intención de vender una casa, perteneciente a su madre, recién fallecida, y que estaba en el callejón de Santa Clara (hoy Francisco Zarco), en la colonia Guerrero.

Así partió Pepita, acompañada de su hija Eugenia hacia México. En España se quedó el mariscal con sus dos hijos varones, Francisco y Alfonso. En cuanto puso un pie en la Ciudad de México, en 1887, la prensa se preguntó, ¿a qué regresaba la mariscala Bazaine, después de veinte años de ausencia? Algunos, seguramente enterados de los propósitos de Pepita, hablaron del reclamo que la mariscala, a sus 40 años de edad, pretendía hacerle al gobierno mexicano: sus 100 mil pesos oro.

Pero México ¡había cambiado tanto! Aunque inició un juicio para reivindicar la propiedad del palacio y obtener el dinero, nadie se tomó en serio sus pretensiones. Con la venta de la casa de su madre, pudo enviar dinero a España para sostener al mariscal, que declinaba. Quiso Pepita escapar de una realidad que la asfixiaba, porque, a pesar de que en sus cartas prometía volver pronto, pasaron las semanas y los meses, sin que emprendiera el viaje. Achille Bazaine murió en septiembre de 1888, sin volver a ver a Pepita. En última carta le decía que veía cerca a la muerte: “Nunca he dejado de amarte un solo momento”, escribió.

Pepita ya no regresó a España. Se quedó en México y murió en Tlalpan, en enero de 1900. La llevaron a enterrar en la tumba de su tío el ex presidente Gómez Pedraza, en el panteón Francés de la Piedad. Allí sigue, en un nicho pequeño que en francés dice: “La Mariscala Bazaine”.

historiaenvivomx@gmail.com

Imprimir