Hágase el hábito - Fernando de las Fuentes | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 20 de Marzo, 2017
Hágase el hábito | La Crónica de Hoy

Hágase el hábito

Fernando de las Fuentes

La infelicidad no surge de las circunstancias de tu vida,

sino del condicionamiento de tu mente

 

Eckhart Tolle

 

La vida moderna, presa de la mercadotecnia, despierta e instiga apetitos y deseos cuya satisfacción es requisito para alcanzar una felicidad de quimera. Se vale, para ello, de un ideario promotor de modelos de vida ficticios, elaborado mediante la publicidad.

El origen de la felicidad, nos dice la mercadotecnia, está en todos los bienes y servicios que nuestro dinero puede comprar para atraernos aquello que satisfará las falsas necesidades creadas publicitariamente: belleza perfecta, envidia ajena, fama, prestigio, poder, sexo desorbitado, libertinaje, entre otras experiencias en las que erróneamente hemos depositado nuestras búsquedas primordiales de aceptación, compañía, seguridad y amor.

La mercadotecnia se alimenta de los impulsos irresistibles de adquisición, de ahí que reduzca la felicidad a estados de ánimo, evidentemente pasajeros por naturaleza, cuya nueva aparición dependerá de que adquiramos más de lo que ya tenemos, aún mejor o nuevo.

Pero no tiene la culpa la mercadotecnia, sino nosotros, que la hemos creado y la hemos utilizado para quedarnos con el premio de consolación. Efectivamente, como decía el Nobel de Literatura español Jacinto Benavente: “El dinero —y todo aquello que con él se puede comprar, agregaríamos— no puede hacer que seamos felices, pero es lo único que nos compensa de no serlo”.

Trabajamos incansablemente o, en la mayor perversión de la conducta humana, algunos delinquen, a fin de tener todo lo innecesario para ser felices, y descuidamos, aun peor, dejamos en estado salvaje, lo único que puede hacernos comprender la verdadera naturaleza de la felicidad y, por tanto, llevarnos a ella: la inteligencia, entendida no como la capacidad de almacenar y asociar datos, no como astucia ni como competitividad, sino como la sanidad del pensamiento, las emociones y los sentimientos, cuya consecuencia no es otra que la congruencia, la armonía consigo mismo y, por extensión, con nuestros semejantes y con la naturaleza.

De este lado, en que ahora vivimos, con la felicidad fuera de nosotros, y no como producto del trabajo espiritual —y olvídese de las religiones; estamos hablando de conocerse uno mismo, que es mucho más complejo y difícil de lo que parece—, rige la paradoja de la felicidad: mientras más la buscamos más se aleja, porque creamos un estado mental de compulsión y ansiedad incompatible con el de bienestar que deseamos y porque allí donde la buscamos no fue donde la perdimos; sólo está la intensa luz del farol —lámpara emisora de envite falso— de la publicidad, que nos atrapa como palomillas.

De este lado está su antípoda, la infelicidad, y  verla cara a cara, hacerla consciente, es el principio para viajar al polo opuesto. “Encontrar las cosas que lo hacen a uno desgraciado ya es una especie de felicidad”, decía François de La Rochefoucauld.

Y he aquí lo que nos hace infelices a todos: poner la vida en suspenso pensando: “seré feliz cuando...”; sentirnos víctimas de las circunstancias; quejarnos constantemente; preocuparnos por cosas que no podemos cambiar; centrarnos en los problemas; evadir responsabilidades o asumir las que no nos corresponden; desconfiar de los demás como principio de relación; compararnos; tratar de controlarlo todo; tener expectativas sobre otros y/o tratar de cumplir las ajenas; desconocer nuestros miedos y, por supuesto, pasar mucho tiempo y esfuerzo adquiriendo cosas.

Estos pensamientos, las emociones y conductas asociadas, son hábitos en nuestra vida que conforman la costumbre de ser infelices. Esta idea nos revela algo fundamental: la felicidad es también una cuestión de hábitos. No se trata de permanecer imperturbable y perennemente en un estado de ánimo ya sea eufórico o simplemente placentero, lo cual de suyo es imposible, sino de llevar el bienestar a la costumbre.

Piense, sienta y actúe en positivo. Cambie hábito por hábito, poco a poco, con paciencia y tenacidad. La felicidad está en el camino. No es un destino. No se encuentra; ES. Sea con ella.

(Militante del PRI)

delasfuentesopina@gmail.com

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