Las hieleras, centros de reclusión temporal en EU para migrantes | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 31 de Marzo, 2017

Las hieleras, centros de reclusión temporal en EU para migrantes

Son cuartos extremadamente fríos donde a los detenidos les quitan los zapatos y les niegan una cobija► El alimento del día: un caso con agua y una manzana ► El delito: no tener papeles

Las hieleras, centros de reclusión temporal en EU para migrantes | La Crónica de Hoy
Don Samuel tuvo dos restaurantes allá, fue perseguido por evasión y un homicidio que no cometió. Hoy está de regreso en México, sin familia y tratando de reconstruir su vida.

[ Segunda parte ]

Al menos 22 mil mexicanos están en cárceles federales y estatales de Estados Unidos sólo por asuntos migratorios, sin vinculación con otros delitos.

Alrededor de 10 mil se encuentran en prisiones del orden federal, conforme a datos proporcionales obtenidos de la Agencia Federal de Prisiones de aquel país —BOP, por sus siglas en inglés—.

Y otros 12 mil en prisiones estatales, de acuerdo con información entregada a Crónica por la Dirección General de Protección a Mexicanos en el Exterior (DGPME) de la SRE, la cual clasificó así las causas penales: “Delitos migratorios o reingreso indocumentado después de la deportación”.

Los 22 mil representan el 33 por ciento del total de connacionales encerrados en esas cárceles (66 mil).

Según la DGPME, en las penitenciarias estatales los expedientes por temas migratorios ocupan el primer lugar entre las acusaciones, muy por encima de rubros como delitos contra la salud o sexuales, robos, violencia doméstica, homicidio, portación ilegal de armas y secuestro.

En las federales, el tercer sitio. “Por buscar una mejor vida se les tiene detenidos en cárceles comunes y corrientes. Y si tienen expedientes abiertos con anterioridad, porque no se presentaron a las audiencias migratorias, hay escasas probabilidades de defensa”, asegura Janeth Moreno, miembro de la Asociación de Abogados de Inmigración Americana (AILA) y cuyo despacho: Moreno Law, se ubica en el centro financiero de Boston.

Según la abogada, los mexicanos con este perfil también son recluidos en centros de detención, espacios rentados por el Servicio de Inmigración de EU (ICE), “que funcionan como correccionales y donde los acusados están separados sólo unos metros de reos con sentencias criminales”.

A la par, AILA ha documentado la apertura de centros de detención temporal, en especial en la franja fronteriza, los cuales operan en condiciones adversas e insalubres.

Son llamados hieleras

“Les llaman así porque son cuartos extremadamente fríos, donde a los detenidos se les quitan los zapatos y se les niega una cobija; están aislados, les abren sólo para ofrecerles un vaso de agua y una manzana al día y pueden ver la luz apenas 10 minutos. Tenemos relatos de ancianos, mujeres y niños que sufren depresión y alucinaciones”, describe Moreno.

¿Cuánto tiempo pasan ahí los migrantes?

—Depende de cada caso y de los beneficios migratorios. Hay registros de seis y nueve meses, o más de un año. Antes podíamos negociar con ICE la salida de estas personas, pero a partir de enero hay un 99 por ciento de que se nos niegue un permiso humanitario.

DE MADRUGADA. Don Samuel Morales, de 57 años, resguarda el maltrecho juego de pants y playera con el cual fue detenido por agentes encubiertos de ICE el 21 de septiembre de 2015 y deportado un año después a México. “Es como un trofeo, porque me recuerda todo lo que logré antes en Estados Unidos”, dice en el diminuto cuarto donde vive ahora, cerca del estadio Azteca. Solo, a veces nostálgico, porque aquí ya no tiene familia, pero sí la fuerza necesaria para no rendirse.

Y pensar que en el estado de Virginia fue dueño de dos restaurantes y una tienda. Se compró casa a su gusto, adquirió diversos coches, entre éstos un Trans Am deportivo edición especial, con su nombre grabado. Coleccionaba zapatos y trajes de un mismo color, además de botas vaqueras de víbora y cocodrilo.

Un par de veces pisó la cárcel por delitos inventados y, antes de la repatriación, fue recluido un año en un centro de detención: “un gallinero”, describe él.

Migró a los 35 años y, cuenta, tardó tres meses en pasar. Una hermana era su único contacto.

“Era el 24 de junio de 1994, esa misma noche comencé a trabajar limpiando un restaurante”, narra.

En los siguientes meses vivió una aventura en ascenso: lavaplatos, cocinero, mesero, cantinero, supervisor y manager de clubes nocturnos y bares. Por las referencias de “buen trabajador”, en 1999 obtuvo la residencia permanente.

“A principios del 2000 abrí mi propio restaurante. Le puse La Hacienda Morales, por mi apellido. Ofrecía bufet de comida mexicana: chiles poblanos, albóndigas, enchiladas verdes, tacos dorados, burritos, quesadillas, todo lo que mi madre me enseñó a cocinar. Me fue tan bien que decidí abrir La Hacienda 2 y una tienda en un local aledaño”.

Para concentrarse en la sucursal, invitó a un ex compañero de trabajo: Wilfrido Morales, oriundo de Tlaxcala, a encargarse del primer restaurante. Se decía experto en contabilidad.

“De manera inesperada el fisco me hizo una auditoría, y resulta que este individuo había alterado cifras y evadido impuestos. En estados Unidos puedes matar o vender droga, pero no les robes un peso, son implacables. Debí pasar algunos días en la cárcel, pero salí bajo fianza”.

Samuel contrademandó, pero semanas antes del juicio el contador se mató en un accidente automovilístico. Las autoridades lo acusaron de estar detrás de esta muerte, pues cuando se descubrió el desfalco y Wilfrido huyó, alcanzó a gritarle: “Si un día te encuentro, te mato… Son cosas que uno dice enojado”.

“Estuve otros días en la cárcel, acusado del asesinato, pero la investigación confirmó el accidente. Faltaba enfrentar lo del fisco. Me darían 10 años de prisión, pero mi abogado negoció el reconocimiento de culpabilidad y el pago de más de 15 mil dólares, a cambio de la libertad. Me recogieron la tarjeta de residencia permanente y la licencia, me prohibieron salir del país, pero si en 10 años no cometía ninguna falta, me regresarían todos mis derechos”.

Y así fue, tras una década y sin mancha en el historial, Samuel recuperó la green card.

“Tuve que empezar de cero: pintando casas, cortando yardas, haciendo mudanzas y limpiando baños, hasta que abrí un negocio de limpieza de apartamentos. Otra vez empezábamos a subir, pero…”.

En un operativo sorpresa, a las seis de la mañana del 21 de septiembre de 2015, tocó a su puerta la policía. Al ingresar, los elementos se retiraron una cinta de la camisola: eran en realidad agentes de ICE.

—Eres requerido por migración –, le dijeron al mexicano.

¿Por qué razón? –preguntó él.

—Allá te lo van a decir.

—Déjame al menos cambiar.

—Dónde te llevaremos no necesitas ropa…

“Me sacaron con un pants, una playera y unas chanclas. Sin calzones. Después de pasar por dos oficinas me trasladaron a un centro de detención rentado por ICE, siempre como puerco en rastro, encadenado de manos, cintura y pies. Dijeron que al día siguiente un juez me aclararía las cosas, pero ese día tardó tres meses”.

Se había reabierto el asunto de la evasión de impuestos. Don Samuel decidió contratar un abogado y pelear desde el encierro.

“Éramos 100 personas en ese gallinero, dormíamos en una cama de fierro, a cuatro dedos del otro. Con baños a la vista de todos. De la regadera salía agua hirviendo, que quemaba la piel y destrozaba el cabello. De vez en cuando te sacaban al sol”.

¿Y la comida?

—Pedazos de zanahoria y espinaca, a veces trozos de carne con sabor raro y cuando había pollo mejor lo vendías, para las llamadas a tu familia. Eso sí, en la tienda te querían vender todo: azúcar que afuera te costaba 3 dólares, ahí valía 7, y una sopa de 15 centavos a dólar.

Le permitieron trabajar en el lavado de baños, con un pago de 35 dólares semanales, “un dineral para una persona en reclusión”. Se lo depositaban en la misma cuenta donde recibía la ayuda familiar.

Aprendió a dibujar: por cada imagen le daban dos sopas. También a elaborar collares, pulseras y argollas con bolsas de basura, desperdicios de cobre y empaques de galletas.

“Se cumplía el año y no había respuesta favorable. Ya estaba tronado psicológicamente, cansado de lidiar con personas que habían pasado 20 años en la cárcel por haber matado o violado. Ya no tenía dinero para el abogado, a quien le había pagado unos 12 mil dólares. Ya no aguanto, llévenme a México, le dije a mi deportador”.

Llegó a la garita de Matamoros la noche del 15 de septiembre de 2016. “Con los ojos cerrados, siendo ilegal en mi propio país por falta de papeles y familia”.

Un amigo de EU lo invitó a llegar a la casa de sus hijos, en Tecamac, Estado de México.

Se abocó al trámite de documentos de identidad. Y después a conseguir empleo, pero coleccionó rechazos por edad y falta de referencias. Consiguió al fin una oportunidad en un local de jugos y licuados. En ratos libres se ofrecía para lavar autos: “No sé cuánto cobran, pero deme lo justo porque necesito comer”, decía a los clientes.

En noviembre, dos muchachos lo asaltaron pistola en mano. Le quitaron un teléfono rústico recién comprado y su cartera con las credenciales de identificación. “La bienvenida que me faltaba”.

En un evento en pro de migrantes, se hizo amigo de la maestra de ceremonia, quien el 14 de febrero lo incorporó a una empresa de saborizantes para micheladas y salsas para alitas.

Pudo rentar un cuartito en Acoxpa, cerca del trabajo, donde en soledad intenta diseñar su futuro.

“Si en un país extraño sin el idioma la hice, ¿por qué aquí no? Quiero abrir un lavado de autos. Duele cuando tus hijos comienzan a juzgarte, pero estoy libre. Soy barco en altamar e iré donde me lleve el viento”…

NEGOCIO. No es posible entender la persecución de Trump, dice Eunice Rendón, ex titular del Instituto de Mexicanos en el Exterior y coordinadora de foros sobre el tema, sin un enfoque de negocio carcelario: “Ha comenzado a esbozarse la idea de privatizar más prisiones. Entre más detenidos, más dinero; ahí las llamadas cuestan 15 dólares y una botana 10 dólares”…

 

Imprimir