Luis Buñuel: El cineasta que encontró su sueño en México | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 08 de Abril, 2017

Luis Buñuel: El cineasta que encontró su sueño en México

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“Toda su obra tiende a provocar la erupción de algo secreto y precioso, terrible y puro, escondido precisamente por nuestra realidad. Sirviéndose del sueño y de la poesía o utilizando los medios del relato fílmico, el poeta Buñuel desciende al fondo del hombre, a su intimidad más radical e inexpresada”, quizá estas fueron las palabras más precisas para describir la obra del cineasta español, pero mexicano por amor al cine, Luis Buñuel, expresadas por el reconocido escritor mexicano Octavio Paz en el ensayo El poeta Buñuel.

Como algunas otras grandes historias del cine mexicano, uno de sus más grandes protagonistas no nació en México, sino en Calanda, Turuel, el 22 de febrero de 1900. Nació con la precisión exacta para crecer junto con el cine, que apenas le llevaba cinco años. Su niñez y adolescencia la pasó en Zaragoza, donde estudió con los jesuitas y posteriormente se licenció en Filosofía y Letras, tras abandonar la carrera de ingeniero agrónomo.

Por mucho tiempo pensó en ser escritor, literato, pero se enamoró del séptimo arte gracias al Cine Farrusini de Zaragoza, un circo de cine del italiano Enrique Farrús Piñol, donde vio una película de dibujos animados en 1908, posteriormente se influenció de las cintas francesas y se hizo fanático de la obra de André Breton, quien con el tiempo sería su principal influencia para mostrar en la pantalla grande el surrealismo: “Esta locura por los sueños, por el placer de soñar, que nunca he tratado de explicar, es una de las inclinaciones profundas que me han acercado al surrealismo”, dijo el cineasta en una entrevista.

En su juventud estuvo en una residencia estudiantil en Madrid, donde conoció y se hizo amigo de Rafael Alberti, Salvador Dalí y Federico García Lorca. En 1925 decidió dedicarse al cine y viajó a París, ahí trabajó como asistente y ayudante de dirección en tres filmes. Ingresó en la Académie du Cinema de París, y dos años después escribió su primer guión para el primer centenario de la muerte del pintor español Francisco de Goya, pero no se hizo por falta de presupuesto.

Después rechazó hacer otro guión sobre la obra de Ramón Gámez de la Serna, El mundo por 10 céntimos, para concentrarse en su primera película, con la colaboración de Dalí, al crear Un perro andaluz (1928). La película es una representación de los sueños de ambos. De hecho esa era la condición para hacer ese filme: no aceptar ninguna imagen que diera pie a una explicación racional, psicológica o cultural. La premisa de Buñuel fue el haber soñado con una luna que pasaba por encima de una nube y la cortaba así como una navaja de afeitar cortaba un ojo; por su parte, Dalí aportó la mano llena de hormigas. La cinta fue un fenómeno.

Nunca dejó de ser ese joven surrealista. En ese entonces ya empezaba a ganarse títulos como el de Alquimista del Cine. En 1930 estrenó La edad de oro, en la cual ya no sólo habla de las obsesiones personales, sino de las sociales. Luego de esta película viajó a Hollywood con la pretensión de observar el sistema de producción estadunidense, en donde conoció a Charles Chaplin y Serguéi Eisenstein; con el primero pasó una desastrosa Navidad y con el segundo empezó a interesarse en nuevas formas de cine. Regresó a su natal España para 1931, en un escenario complejo de ascenso de la derecha

En 1932, Buñuel se alejó de la estética surrealista y dirigió Las Hurdes/Tierra Sin Pan. Fue censurado porque se le consideró denigrante para España. Hasta 1947 no dirigió ningún filme y se limitó a hacer trabajos como guionista, productor e incluso labores de doblaje de películas americanas al francés y español.

En 1937 escribió para la Paramount el guión La Duquesa de Alba y Goya. Regresó a España pero pronto tuvo que salir del país para exiliarse en Estados Unidos, luego del triunfo del franquismo en 1939.  Trabajaba en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York como colaborador de un comité de propaganda anti-nazi destinado a los países de América Latina, y deseaba nacionalizarse estadunidense.

La edad de oro la hice con dinero que me dio el conde de Noailles y (Salvador) Dalí no intervino para nada en su filmación. Puse su nombre junto al mío por consideración al amigo y este regalo él lo recibió de buen grado. Pero gracias a él fue que años después tuve que renunciar a mi puesto en el Museo de Arte Moderno de Nueva York”, dijo en una entrevista con un joven escritor cubano (después célebre) Guillermo Cabrera Infante.

¿Y cómo?

—Dalí acababa de publicar su Vida secreta y allí me tildaba de anticlerical.

¿No de comunista?

—No, de una cosa peor en los Estados Unidos, de ateo.

Sin dinero ni proyectos, Buñuel acudió a una cena en casa del cineasta René Clair en la que se encontró con Denise Piazza, viuda de Pierre Batcheff, intérprete de Un perro andaluz.

 

Ella tenía el proyecto de producir en Francia una versión fílmica de La casa de Bernarda Alba, de García Lorca. Ella quería que Buñuel fuera el director. Así en 1946 rumbo a Paris, pasan por México en donde se enteran que se cancela el proyecto. En tierras mexicanas se encuentra con un lugar surrealista; conoció al escritor Fernando Benítez, entonces asistente del secretario de gobernación del régimen de Miguel Alemán, quien lo invita a quedarse y finalmente acepta gracias a Óscar Dancigers, un productor francés que había emigrado a México huyendo de la persecución nazi.

Dancigers estaba preparando la producción de Gran Casino (1946), filme con el que debutaría en México la estrella argentina Libertad Lamarque, junto a Jorge Negrete. Esta cinta, primera dirigida por Buñuel en México, resultaría ser un enorme fracaso y la causante de que no volviese a dirigir en tres años. Sin embargo solo fue el primero de 21 filmes que rodaría en el país. Para 1949, ya contaba con la nacionalidad mexicana y nunca se quiso ir. Vivió en una modesta casa de la colonia del Valle de la Ciudad de México hasta los 83 años.

El año de su nacionalismo llegó de la mano con el estreno de El gran calavera (1949) un vehículo comercial para el lucimiento de Fernando Soler. Ese fue su primer filme exitoso. Luego planteó un nuevo proyecto ¡Mi huerfanito, jefe!, una historia sobre las aventuras de un joven vendedor de lotería. Al leerlo, Dancigers opinó que no estaba mal, pero que estaba dispuesto a hacer algo más serio: “Una historia sobre los niños pobres de México”, le dijo y así nació Los olvidados, uno de los más aclamados de su carrera.

La película fue más personal y arriesgada por lo que despertó críticas entre periodistas e intelectuales mexicanos al mismo tiempo que consagró al cineasta en el panorama internacional con el Festival de Cannes de 1951, donde recibió los premios de Dirección y de la Crítica Internacional: “Ha sido en México que me he hecho profesional del cine. Antes no era más que un aficionado. Aquí aprendí el oficio”, dijo a Cabrera Infante.

 

“Buñuel es un hombre alto, grueso y calvo. Habla con la misma voz de la noche anterior: gorda, ríspida. Exteriormente corresponde con su fama de ogro agrio, pero pronto el cronista va a llevarse una de las sorpresas de su vida: Buñuel es un hombre excesivamente amable y de una personalidad casi de niño. No hay soberbia ni vanidad ni descortesía. Luis Buñuel es un hombre cándido”, así lo describió el escritor cubano.

 

Sobre Buñuel fue conocido su carácter fuerte y su forma de vivir surrealista. Era tan gruñón que acudía a los estrenos de sus filmes con piedras en los bolsillos para enfrentar a aquellos asistentes inconformes y quejumbrosos de sus filmes, como ocurrió en el estreno de Un perro andaluz. Le gustaba vestirse como sacerdote y entrar a los bares solo para observar la reacción de la gente e incluso un día se hizo pasar por guía del Museo de Prado y condujo a un grupo de turistas con historias inventadas sobre las obras. Y además, tenía la obsesión de comprar relojes de bolsillo baratos, solo para romperlos cuando en plena filmación algo no andaba bien.

 

Este personaje llegó a México para protagonizar los últimos años de la Época de Oro del mexicano, que ya en la década de los años 50 comenzaba a ser repetitivo bajo la fórmula de la comedia ranchera, y también en sus años posteriores. En el último lustro de los 50, en el negocio del cine, comenzaban a surgir monopolios como el edificado por el empresario estadounidense William Jenkins, junto con Guillermo Alarcón y Manuel Espinoza Yglesias quienes acapararon el 80 por ciento de la distribución de las películas nacionales, que encaminaron al derrumbe de la industria.

 

La industria también se vio afectada por empresas como Televoz, capricho de Miguel Alemán Velasco, primogénito del entonces presidente, quien se asoció con David Negrete, hermano y representante del líder de la ANDA, Jorge Negrete. Poco a poco, el cine nacionalista pasó a hablar sobre la modernidad cuyas tramas se ambientaron en el medio urbano y de arrabal, con bailes y música de moda (mambo, chachachá, danzón) y protagonizadas por hombres y mujeres de la vida nocturna.

 

Solo cineastas como Ismael Rodríguez, con Nosotros los pobres (1947), Ustedes los ricos (1948) y Pepe el Toro (1952); Gilberto Martínez Solares con El rey del barrio (1949) y Luis Buñuel, con Los olvidados (1950), mostraron con toda su crudeza las adversidades de los barrios bajos urbanos. En los años 50 se fue agotando el modelo de producción y en ese entorno es que Buñuel escribió su historia.

 

“De muy joven soñaba despierto con la guapa reina Victoria de España. A los catorce años, incluso imaginé un pequeño guión en el que se hallaba ya el origen de Viridiana. Una noche la reina se retiraba a sus aposentos, sus doncellas la ayudaban a acostarse y la dejaban sola. Ella bebía entonces un vaso de leche en el que yo había puesto un narcótico irresistible. Un instante después, cuando ella ya estaba profundamente dormida, yo me introducía en el lecho real, donde podía gozar de la reina”, dejó escrito el cineasta esta declaración que formó parte de su autobiografía Mi último suspiro (1982).

 

Viridiana fue una cinta que ganó la Palma de Oro del Festival de Cine de Cannes en 1961. Fue una coproducción de México y España, la cual el Vaticano ordenó destruir debido a sus referencias religiosas, como aquella en la que se recrea La última cena, con un vago ciego en lugar de Cristo. Silvia Pinal, quien interpreta el papel protagónico, logró huir a México con una copia, salvándola, y por lo cual contamos con ella hoy en día.

 

El ángel exterminador (1962), Belle de jour (León de Oro, 1967) y El discreto encanto de la burguesía (Oscar a la Mejor Película Extranjera en 1972) no hicieron sino confirmar su puesto en el cielo de los grandes creadores: “Nada me disgustaría más que recibir un Oscar” había dicho el español un año antes de ganarlo, pero no asistió a la ceremonia. Cuando le preguntaron a Buñuel, en calidad de nominado, si creía que ganaría, contestó que estaba seguro de que así sería, puesto que ya había pagado “los 25 mil dólares que la Academia le había pedido”, por el premio. Luego de que la película ganara, se armó la polémica. En lugar de aclarar el caso, Buñuel dijo: “Los americanos tienen sus defectos, pero son hombres de palabra”.

 

En 1980 realizó su último viaje a España y fue operado de la próstata, y en 1981, 50 años después de haber sido prohibida, se reestrenó en París La Edad de Oro. Ese mismo año fue hospitalizado por problemas de la vesícula. Luis Buñuel falleció en la Ciudad de México el 29 de julio de 1983 a causa de una insuficiencia cardíaca, hepática y renal provocada por un cáncer. Sus últimas palabras fueron para su mujer Jeanne: “Ahora sí que muero”, y luego cerró los ojos para soñar eternamente.

 

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