Indígenas evitan malls, playas y otros sitios públicos por temor a discriminación | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 24 de Abril, 2017

Indígenas evitan malls, playas y otros sitios públicos por temor a discriminación

Reportaje. “Es que usted no sabe cómo nos ven”, explica Antonia Reyes. Es como si fuera un chip que se hubiera colocado en este grupo de la población para que se autolimite, señala Jorge Horbath, investigador del Ecosur

Indígenas evitan malls, playas y otros sitios públicos por temor a discriminación | La Crónica de Hoy
El doctor Jorge Horbath de El Colegio de la Frontera Sur, realizó el estudio “Exclusión, discriminación y pobreza de los indígenas urbanos en México”.

(Segunda de tres partes)

“No. Yo no paseo. Vendo en los mercados, pero no paseo. Ya le dije, hago estos canastos nada más, y nada más eso vendo”.

Las palabras de don Roberto Tapia, indígena de Tlamacazapa, Guerrero, son la respuesta a la pregunta de qué lugares de la Ciudad de México conoce o le gustaría conocer. Sentado frente a su mercancía, afuera del mercado de Portales, el hombre de 57 años dice que migró a la capital del país hace cinco años, aunque minutos antes había comentado que tenía pocos días de haber llegado. Luego explica que hay zonas a las que nunca acude para evitar problemas.

“¿Para qué tanto quiere saber, amigo, pues?”, pregunta don Roberto. “Si yo quiero pasear me voy al rancho o a otro lugar, pero aquí no”. Este habitante de la megalópolis no conoce por dentro los centros comerciales, no visita zonas con casas grandes y nunca entra a restaurantes de cadena, aunque sí compra comida en fondas.

Es este un ejemplo individual de un fenómeno más amplio, documentado en la investigación de ciencia básica “Exclusión, discriminación y pobreza de los indígenas urbanos en México”, realizada por el doctor Jorge Horbath de El Colegio de la Frontera Sur (Ecosur): los indígenas que llegan a las ciudades sienten que no tienen derecho a ocupar la ciudad y hay zonas de las metrópolis que quedan vedadas para este grupo.

EXTRAÑOS EN SU PAÍS. Uno de cada tres indígenas vive en ciudades desde el año 2010, según datos de la Cámara de Diputados, basados en el Censo Nacional de Población, pero el estudio del doctor Jorge  Horbath, haciendo uso de la misma fuente, encontró que esta cifra es superior al 40 por ciento de la población indígena que se concentra en las ciudades. Estos nuevos residentes viven con temor de aparecer en espacios públicos, como si fueran extranjeros ilegales, como demostró el estudio.

“Esto muestra lo profundo que ha calado el efecto de discriminación hacia los indígenas. Es como si fuera un chip que se hubiera colocado en este grupo de la población para que se autolimite. Ese dispositivo se puede desconectar en la medida en que la política pública sea permanente y ayude a revalorar el contexto indígena en los espacios públicos. Uno de los primeros cambios, por ejemplo, es incluirlos como derechohabientes o sujetos con derechos dentro de las políticas sociales y no sólo como simples beneficiarios. El derecho a la ocupación de la ciudad es uno de esos derechos”, dice Jorge Horbath, quien realizó el estudio de Ecosur financiado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt).

El mismo fenómeno de auto exclusión de espacios que son de todos se observa en todas las ciudades estudiadas por Horbath; lo mismo en Guadalajara que en Mérida, en Cancún o en San Cristóbal de las Casas. En los centros de gran turismo de Quintana Roo los indígenas evitan la playa, que les parece reservada para turistas; en la capital de Yucatán sólo transitan por las calles del centro, pero no llegan a las zonas residenciales; en la Ciudad de México, pocos se acercan a la zona de edificios corporativos y torres residenciales de Santa Fe y centro comerciales, los llamados mall.

El estudio de Ecosur muestra que, de los 50 mil indígenas que migraron entre 2005 y 2010 a ciudades de Campeche, Chiapas, Jalisco, Ciudad de México, Quintana Roo, Tabasco y Yucatán, 27 mil lo hicieron hacia la Ciudad de México, 13 mil migraron hacia ciudades de Quintana Roo, y 4 mil se desplazaron a ciudades yucatecas.

Hacia las ciudades chiapanecas de San Cristóbal de las Casas, Tuxtla Gutiérrez y Tapachula llegaron cerca de 2 mil 500 indígenas, en tanto que a Villahermosa, en el municipio de Tabasco, llegaron mil 686 indígenas. En ese periodo, las ciudades de menor atracción de indígenas migrantes fueron Guadalajara donde llegaron 810 indígenas y las dos ciudades de Campeche, su capital y Ciudad del Carmen, donde llegaron 782 indígenas.

VOLVERSE INVISIBLES. Afuera del Metro Viaducto, cerca de un paradero de microbuses, la señora Antonia Reyes habla con uno de sus dos niños en una lengua diferente al español. Al preguntarle explica que es el tlapaneco y que ella es de Olinalá, Guerrero. En su impresionante rebozo tejido, de colores azul rey y blanco, transporta a otro pequeño.

Ella viene de un municipio que, por la pobreza y la violencia, ha disminuido 10 por ciento su población desde 1980 y se le considera en categoría migratoria de “expulsión”.

“Ellos nacieron aquí, en Topilejo (al sur de la Ciudad de México). Yo los traigo cuando vengo a vender y los otros días pinto allá”, comenta mientras enseña unos impresionantes jarritos hechos de guaje y decorados a mano con alucinantes flores de pétalos morados, amarillos, azules y verdes.

“Para vender caminamos, porque si nos quedamos nos puede levantar la policía”, dice Antonia.

Estas condiciones son referidas por el doctor Horbath cuando explica: “La marginación de los indígenas urbanos muestra el encadenamiento de problemas: migración por pobreza; incorporación a las ciudades con trabajos precarios; y autoexclusión del espacio público. La realidad es que, en diferentes áreas, las ciudades usan su fuerza de trabajo, pero no los integran en ningún tipo de toma de decisiones”.

Antonia Reyes es amable y sonríe de una manera muy bella; como sonríen las madres cuando miran a sus hijos niños. Pero no quiere hablar mucho, mejor sigue caminando. Sólo responde una pregunta cuando se le pregunta que si no le gustaría llevar a sus niños a alguna feria.

“No. Es que usted no sabe cómo nos ven. No quiero que los vean así”, dice con un tono de voz suave, pero que quiebra y taladra.

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