INAH olvidó Ex Convento de La Merced; es bodega de piratería | La Crónica de Hoy
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INAH olvidó Ex Convento de La Merced; es bodega de piratería

Ambulantes hicieron del templo, catalogado monumento histórico nacional, un almacén de mercancías ilegales ◗ Se hacen pasar como guardias del instituto y cobran entre 20 y 50 pesos a cada paseante que desee ingresar

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Entre pornografía y piratería sobrevive una de las más bellas construcciones coloniales en el país: el Ex Convento de la Merced, catalogado como monumento histórico nacional.

El abandono institucional ha permitido el control total por parte de comerciantes y mercachifles de la zona, quienes utilizan el área de acceso al claustro como bodega de mercancías ilegales y cobran entre 20 y 50 pesos a cada paseante con deseos de ingresar.

Ellos se presentan, además, como “guardias” del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Si hay películas y videos piratas, también vigilantes falsos del INAH…

En agosto de 2011 el Instituto presumió su restauración, la cual —se aseguró en un boletín oficial— estaría lista en 2012. Incluso se anunció la apertura ahí de un Centro Nacional de Indumentaria, Diseño Textil y Música, el cual se abriría al público ese mismo año. La idea era “reorientar el espacio público, diversificar la oferta cultural de la zona y reconstruir el tejido social”. Pero hoy el lugar huele a orina y a negocios clandestinos.

No es cualquier construcción: es considerada única por su estilo mudéjar andaluz y Monumento Histórico desde el 13 de junio de 1932.

El templo fue construido en 1602 por la Orden de los Mercedarios, pero se demolió tras las Leyes de Reforma. Se instaló en su lugar un mercado al aire libre y luego el primer mercado de La Merced.

El edificio del convento, con su claustro de arcos ornamentados y columnas de cantera, se edificó nuevamente entre 1676 y 1703 subsidiado por el famoso Conde de Miravalle. Se salvó de nuevos proyectos de destrucción, aunque la amenaza subsistió hasta principios del siglo XX, cuando el pintor Gerardo Murillo —mejor conocido como el Dr. Atl— decidió habitarlo para asegurar su resguardo. Algunos pasajes de aquella estancia fueron recuperados en su autobiografía Gentes profanas en el Convento, publicada en 1950.

Sus 28 arcos en la planta baja, algunos con puntos de diamante e imágenes de Jesús de la Misericordia y la Virgen de la Merced, son atracción de los aventureros inclinados al turismo arquitectónico. Y lo mismo sus columnas superiores con grabados de enredaderas, racimos de granadas y de uvas, símbolos de la eucaristía y de la fe.

El truco, pues, está al alcance: pagos clandestinos…

A 50”. Crónica logró ingresar al edificio de manera encubierta, como parte de un supuesto paseo dominical. Bastó asomarse, empujar una puerta maltrecha sobre la calle República de Uruguay para lograr el contacto…

—Disculpe, ¿se puede entrar al convento? —se preguntó a un hombre alertado ya por el ruido del portón, quien custodiaba una pequeña caseta en el interior de la barda.

—¿Quién es usted?

—Ando turisteando…

—Este edificio no está abierto al público, se anda remodelando y por eso estamos pidiendo una cooperación, porque faltan recursos para terminar los trabajos.

—¿Cuánto?

—Si viene solo, son 50 pesos.

—¿Si viniera con más personas sería menos?

—Pues a los grupos grandes les pedimos 20 por cabeza.

—Está bien. Los pago...

—Una cosa: no se pueden tomar fotografías.

El “custodio” llamó a otro sujeto de cabello cano, quien condujo por un corredor de tierra suelta donde se agolpaban estructuras tubulares con diversos artículos, en especial discos y videos hechizos, aunque sobresalían los puestos con bastos repertorios de pornografía.

“Tenemos porno de todo: asiático, gringo, de famosos… por si busca algo en especial”, dijo el acompañante al percibir el interés. Cien metros de baratijas, antes de subir un par de escalones y encontrarnos de frente con el claustro suntuoso.

Él vigilaba a la distancia.

Hubo oportunidad de conocer el patio central, la franja de arcos, el piso superior con sus garigoleados exquisitos y decorados islámicos.

A los pocos minutos se sumó al recorrido un grupo con más de 20 personas. Habían contratado una compañía dedicada a organizar visitas guiadas. Uno de los guías era Antonio, según el nombre inscrito en su camisola escarlata.

—¿A ustedes también les cobraron? –se le preguntó con un soplo de camaradería.

—Veinte pesos por persona, ­respondió.

—¿Y cómo ve, está bien?

—Pues no, pero no hay otra forma de tener acceso a esta maravilla…

Contó de las embestidas contra la esencia cultural e histórica de la construcción:

“Hasta hace poco cada salón tenía puertas de madera originales, de gran valor documental, pero se las robaron y ahora pusieron unas puertas como de clóset. Además colocaron en el techo un armazón metálico y un domo que rompen con todo el concepto visual y que ponen en peligro la estabilidad del edificio”.

EXCRECIONES. Rumbo a la salida, se fraguó un diálogo más fructífero con el señor de la caseta.

—¿Entonces puedo venir otra vez con mis amigos?

—Claro, si son más de 10 lo dejamos en 20 pesos.

—¿Y de verdad usan el dinero para la remodelación?

—Ya vio que se necesitan muchas cosas, le estamos echando los kilos.

—¿Ustedes son los encargados de cuidar el lugar?

—Día y noche…

—¿Son del INAH?

—No, pero estamos preparados para esto.

Un tercer hombre, quien alcanzó a escuchar la pregunta, atajó de inmediato:

—Sí somos del INAH, sólo que debemos ser reservados.

—Es que como los vi sin uniforme…

—Ya nos lo van a entregar.

Y no hubo espacio para más preguntas, ante la mirada sospechosa del interlocutor.

El inmueble abarca 2 mil 400 metros cuadrados de superficie. El proyecto publicitado por el INAH en agosto de 2011 contemplaba la restauración integral de arcos y columnas de cantera, la cual se traería del cerro llamado Púlpito del Diablo, en el municipio mexiquense de Amecameca, de donde la piedra se extrajo hace más de tres siglos.

Hace seis años, la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos del instituto usó equipo de escáner láser para detectar grietas o malformaciones.

Se planeó también el registro arqueológico del piso original, descubierto a 60 centímetros de profundidad.

Para el bosquejado Centro Nacional de Indumentaria y música popular se reunirían piezas arqueológicas y etnográficas de todas las colecciones en resguardo del INAH.

Los planes quedaron en papel y hoy, en el abandono, el ex convento sirve sólo para el trajín de portadas lujuriosas, excreciones emergentes y estafas secretas…

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