La Sedeso adopta por unas horas a hijos de limpiaparabrisas y vendedores | La Crónica de Hoy
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La Sedeso adopta por unas horas a hijos de limpiaparabrisas y vendedores

Menores que habitualmente esperaban a sus padres al lado de la calle ya tienen un lugar seguro. Los niños son llevados al Centro de Asistencia de Integración Social, donde les dan de comer y enseñan a leer y escribir

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Tres niños están sobre el filo de la banqueta, justo en la intersección de Lorenzo Boturini y calzada de la Viga. A su lado pasan cientos de automóviles. Mientras sus papás y su abuela limpian parabrisas, intentan distraerse con algo. Dos de ellos están descalzos y lucen los estragos del polvo y la tierra en su ropa.

Todavía no es mediodía y ya hace calor. Nadie de la familia ha comido; lo harán cuando las monedas alcancen para todos.

De la nada, tres jóvenes se les acercan. Todos portan un chaleco rosa y se identifican como trabajadores sociales de la Secretaría de Desarrollo Social. La madre de los niños parece preocupada, pero cuando le ofrecen que hay disponible un albergue temporal para los niños, le vuelve la calma.

El gobierno capitalino tuvo que habilitar hace tres semanas un albergue para los hijos de los trabajadores de la calle. En éste se brinda comida y educación a los menores, mientras que sus padres limpian parabrisas o venden algo sobre las vialidades. El programa lleva por nombre Niñas y Niños Fuera de Peligro.

Por la mañana, una camioneta pasa por ellos. Una vez en la casa de asistencia, ubicada en Iztacalco, los trabajadores sociales hacen lo suyo: dan de comer a los menores, les enseñan a leer, escribir y organizan actividades para que se distraigan (fotografía junto a estas líneas).

Este jueves, la brigada está a punto de salir de la casa. La primer parada es en el cruce entre Santa Anita y Viaducto.

Los trabajadores sociales cuentan que ya habían acordado con un joven que permitiría que su hija pasara el rato en el albergue. Cuando la brigada llega, el hombre está alcoholizado y apenas puede hablar.

¿Dónde está tu hija?— le pregunta una de las jóvenes de la brigada.

—Hoy no la traje. Se quedó con su mamá— responde intentando unir las palabras.

Los trabajadores de la Secretaría de Desarrollo Social poseen un don para generar confianza con estos grupos vulnerables.

No juzgan al hombre, por el contrario, le sugieren que hay un albergue especial para las personas con problemas de alcoholismo y que puede tratarse ahí gratuitamente. El joven agradece y les devuelve la sonrisa.

Mientras eso pasa, dos niños que apenas alcanzan los 10 años se acercan. Los trabajadores les dan un par de jugos para que se alivianen por el calor. Es imposible llevarse a los menores al albergue sin el consentimiento de sus papás, explican.

Los brigadistas vuelven a la camioneta con los brazos vacíos.

La segunda escala se hace en el cruce de Lorenzo Boturini y calzada de La Viga. Ahí trabajan dos jóvenes y una mujer que aparenta más de 70 años; en la banqueta están los tres niños.

Los trabajadores son cuidadosos cuando se acercan. Son amables. Explican que los niños pueden pasar un mejor rato en la casa de asistencia que en la calle. Todos aceptan casi de inmediato y suben a la camioneta para ser llevados al Centro de Asistencia de Integración Social (CAIS).

Durante el trayecto platican sobre sus vidas. Nadie es ajeno a nada. Hay cierta complicidad y empatía.

Cuando llegan, los niños no apartan la mirada del lugar. Ven el patio, los salones. Suben las escaleras y llegan a la cocina. En ésta hay un bebé de ocho meses que no deja de sonreír mientras come.

Los encargados del albergue les piden sentarse y a todos les ofrecen alimentos. En un plato les sirven huevo a la mexicana, tortillas, una rebanada de melón y un vaso con leche.

Mientras se lavan las manos, dos jóvenes ya llevan ropa para cambiar a los niños. Una vez limpios, comienzan a almorzar.

“No se puede pensar bien, si no se ha comido bien”, dice una de las trabajadoras.

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