¿Sacaste a pasear a tu humano? | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 20 de Mayo, 2017

¿Sacaste a pasear a tu humano?

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Una muchacha recoge las heces de su perro mientras un joven se carcajea frente al suyo que se sacude el agua al borde de la fuente de la Plaza Luis Cabrera. El agua está rancia y el joven le advierte a Chimilo que llegando a casa le tocará bañarse. Nadie hace una mueca ante el espectáculo. Ninguna autoridad le llama la atención al joven por permitir a su perro que se bañe en la fuente. Al fin y al cabo, el agua es de hace semanas y sólo la lluvia vendrá a cambiarla. No se detectan niños en este lugar, sino varios perros que pasean o practican el atletismo junto a sus dueños. Las esquinas, calles y parques de la colonia Roma muestran la misma imagen: perros deambulando con la correa al cuello, gente que se desestresa fumando en alguna banca, algún indigente pidiendo monedas o hablando en el lenguaje indescifrable que le dicta la mona, gente midiendo los kilómetros recorridos en las aplicaciones de sus aparatos.

Chimilo sigue divirtiéndose entre la fetidez húmeda de la plaza, su dueño textea bajo un sol que salió con brío este día. Asalariados con saco y corbata vuelven a sus oficinas sin importarles el calor que asola a la ciudad. Más perros llegan de distintas razas, tamaños y colores. Más dueños siguen su rutina diaria entre las que incluye sacar a pasear al perro a este lugar tranquilo y arbolado, levantar su mierda y evitar que se aventure con jocosidad hacia la calle o a la fuente, aunque a la mayoría no le incomoda que sus mascotas se esparzan ahí o beban agua.

Desde una banca del Jardín Pushkin observo la prisa y los apretujamientos de los usuarios del Metrobús a la hora de la comida. El parque, después de varios meses y ruidos desorbitados de la maquinaria pesada, fue remodelado. Ni así atrae la presencia de los niños que sudorosos y con el uniforme y la mochila a cuestas atraviesan estas veredas. Hay un perro negro rasgando la tierra y corriendo con frenesí hacia una dirección y otra. Su dueño lo vigila sentado desde una banca. Al perro sólo le falta treparse a un juego infantil para quedar exhausto. Al menos en este parque las aguas de las fuentes no apestan. Lo que apesta son las heces que paseantes de mascotas no recogen. La gente sigue dejando huellas sin lanzar una mirada a los nuevos barrotes que engalanan el Pushkin. Nada como jardines verdes y lustrosos, para pasear al perro y pasar el rato jugando con el celular. Nada como carcajear, también, cuando un perro que no sobrepasa los treinta centímetros de diámetro se quiere echar un tiro con un Goliat que lo aplastaría usando una garra.

La colonia Roma con sus estacionamientos públicos en cada esquina, sus restaurantes gourmets en cada cuadro, sus tiendas de artesanías, se regodea de la buena vida que se esparce en sus suelos. Buena vida para perros y turistas y comerciantes que ofrecen productos con una inflación exorbitante. Hasta que aparecen los indigentes y los franeleros que estacionan coches a pesar de ser zona de parquímetros. Hasta que una mujer discute con otra porque el niño no quiere jugar con el perro. “Si los niños son para que jueguen con las mascotas”, dice una. “Pero mi hijo es alérgico al pelambre de los animales”. El niño aterrado se guarece a las espaldas de la madre. Las mujeres se insultan unas a otras. Cada quien sigue su camino, en dirección contraria, mientras el niño estornuda con descontrol.

En Plaza Río de Janeiro una decena de niños se avientan de las resbaladillas, sus mochilas están al lado de sus padres, ancianas platican de televisión con bolsas de heces en la mano, y los perros corren, otros descansan con los ojos ávidos por ser parte de los juegos infantiles. No soy un experto en perros y busco en el celular para saber de qué raza es ese animal sin correa que avanza a medio parque y puede tragarse de un solo bocado a un niño de dos años: un lebrel, un perro que necesita gastar su energía corriendo para no estresarse ni deprimirse. El lebrel es un atractivo en el parque. Los niños lo miran con fascinación. Pero su dueño, malhumorado, impide que lo toquen, “no es atracción de circo, malditos chamacos, parece que tiene un letrero que pide acariciarlo”, se queja y llama al perro gigante.

La tarde empieza a caer. Desde Insurgentes los pitidos de los coches invaden a la plaza. Algunos niños, ya sin uniforme, empiezan a llegar, a cooptar los juegos y tres, cuatro, cinco, seis personas sacan a pasear a sus perros, levantan sus heces, los miran correr entre los niños. Niños y mascotas ponen en marcha la convivencia en perfecto estado. Mientras los perros no muerdan a nadie y los niños no intenten golpear a los perros, todo transcurrirá en calma.

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