Clientes veían con naturalidad a los niños; se conmueven al saber de explotación | La Crónica de Hoy
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Clientes veían con naturalidad a los niños; se conmueven al saber de explotación

Nadie se preguntó por qué los menores vendían dulces en lugar de estar en la escuela; pequeños como Carlitos, Memo y Hugo contaban siempre una historia diferente

Clientes veían con naturalidad a los niños; se conmueven al saber de explotación | La Crónica de Hoy

Nadie nota su ausencia, los recuerdan sólo hasta que se les pregunta. ¿Han visto a los niños que venden dulces en una carretilla?, entonces caen en cuenta que no están, que no han ido.

Cuando se les dice que los niños eran víctimas de trata y vivían hacinados en una casa de la colonia Ex Hipódromo de Peralvillo, la reacción es la misma, nadie concibe la idea de haber aportado un granito de arena a la explotación en la que vivían.

Carlitos, Memo y Hugo tenían una historia distinta que contar a cada persona que se encontraban en su camino, lo único en lo que los tres concordaban era que vivían con El Patrón y que tenían que trabajar para juntar la cuota.

Mario Ríos, alías El Patrón, les pedía, según lo que los menores contaron a la gente, que realizaran la venta de 600 pesos y que de no cumplirla serían castigados.

Crónica recorrió calles de las colonias Juárez y Roma en busca de los menores; nada, no hay ni un rastro de ellos, lo único que queda es el recuerdo de aquellos pequeños buscando juntar la cuota que su patrón les pedía.

Ver a los pequeños vendiendo en las calles era el pan nuestro de cada día, en palabras de una hostess de Río Lerma; sin embargo, nadie se cuestionaba el por qué un niño se encontraba trabajando en lugar de estar en la escuela.

— ¿Has visto a los niños que venden aquí dulces?— se le preguntó a una mujer que atiende un restaurante en la esquina de Río Tiber.

— ¿A Carlitos?—cuestionó mientras una de sus compañeras que también conoce al niño se acercaba

—Claro que lo conocemos, siempre se para aquí para platicar con nosotros. A veces llega a la hora de la comida, a nosotros no nos acepta nada, más que agua.

— ¿Cuánto tiene que viene por aquí?

— ¡Uy!, pues como unos dos meses, aquí lo queremos mucho. ¿Por qué? ¿Lo conoces?—preguntó la mujer.

—Sí, de hecho lo ando buscando porque está desaparecido. ¿Ustedes saben que Carlitos era víctima de trata?— se les dice a las mujeres.

Las dos se miran. Daniela se tapa el rostro mientras Verónica pregunta que le pasó al pequeño de ocho años; el semblante de ambas lo dice todo. Se ven desencajadas y un tanto incrédulas de lo que están escuchando.

—Hicieron un operativo en la casa dónde lo tenían. ¿Saben algo de él?

—La verdad no, varias veces lo cachamos mintiéndonos, ya no sabíamos que era cierto y que no. Sé que vive por Calzada de Guadalupe y que camina mucho.

— ¿Desde cuándo no lo ven?

—Ahora que lo dices desde el jueves. Ese día se fue más temprano de lo normal, pero no le prestamos importancia. La verdad es que esos días aquí hay mucho trabajo.

— ¿El niño les contó por qué trabajaba?

—Pues a mí me dijo que su mamá lo había sacado de la escuela por peleonero— decía Daniela, pero fue interrumpida por su amiga.

—A mi me dijo que venía de Puebla y que se había venido con sus primos. De hecho aquí a veces se pone a vender con uno de sus familiares, pero ese niño nunca se acercó a nosotras.

“Sé que le preocupaba no juntar la cuota que le pedía su patrón, a veces cuando por algo le iba mal, nosotros nos juntábamos para comprarle si no se ponía mal. Juntar 600 pesos en venta no era nada fácil. Un día no aguanto más su carretilla y se le cayó; el cuchillo que traía le atravesó el pie, pero a mi niño nada le importaba más que saber cómo le repondría la mercancía a su patrón”, contó Daniela mientras intentaba contener el llanto.

¿Y Hugo?

El joven de 16 años, tampoco ha sido visto por las calles de la Juárez. Doña Jovita, una de sus clientes más asidua, a veces le ofrecía un taco, él nunca aceptaba pues “me van a regañar por andar comiendo y no trabajando”.

La mujer dice que nunca cuestionó al joven, escuchaba lo que él le contaba, sin embargo, era difícil creerle ya que cada día traía una versión de su vida diferente a la contada con anterioridad.

Cuando la mujer supo las condiciones en las que vivía no mostró indignación, dijo que ya lo suponía.

“El comportamiento de Hugo, si es que así se llama, me hacía darme cuenta que me mentía y que estaba aleccionado para decir las cosas. Lo que me dices no me cae de sorpresa, ya lo sabía. Algo dentro de mi me lo decía”, dijo la mujer.

Las llagas en las manos de los pequeños era algo común, en muchas ocasiones Jovita tuvo que limpiar y curar las heridas que se le hacían por cargar durante horas las carretillas.

El temor que los menores le tenían a El Patrón, aseguraron, era tal que no descansaban, si no encontraban gente en un lugar caminaban hasta encontrar clientes.

Quienes los conocen sabían que estaba mal que trabajaran, no obstante, era más fácil omitir el hecho de que algo andaba mal y comprarles a pesar de que con ello sólo abonaban a la trata de la que eran objeto.

 

 

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