La cláusula humana de exclusión - Fernando de las Fuentes | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 26 de Junio, 2017
La cláusula humana de exclusión | La Crónica de Hoy

La cláusula humana de exclusión

Fernando de las Fuentes

Mientras haya exclusión difícilmente podremos alcanzar un mundo en paz.

Rigoberta Menchú

 

Cuando pensamos en exclusión, lo hacemos generalmente en términos de excepción. Nos viene a la mente el bicho raro, el notoriamente diferente, el indeseable. Sin embargo, no hay nada más practicado, común y cotidiano en este planeta que la exclusión.

Todos somos excluidos de algo en algún momento, como el gordito en la primaria, el sabelotodo de la secundaria, el estrafalario de la prepa o el abstemio en la universidad.

La pobreza, la falta de educación, la discriminación y muchas otras desventajas presentes en cualquier clase social respecto de otra, son producto de la exclusión.

Esto es una pirámide que decrece a partir de las élites de poder en el mundo. La exclusión se va derramando capa por capa hasta la base, en un sistema predatorio autosuficiente, dentro del cual todos participamos.

Decía Noam Chomsky que “el público en general es visto no más que como excluidos ignorantes que interfieren, como ganado desorientado”. Este público, a su vez, excluye a los que Eduardo Galeana se refirió como “los nadies (...) Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

El hombre es el lobo del hombre, como dijera Plauto, quedándose corto, pues los lobos, a diferencia del hombre, muestran por regla empatía, respeto y bondad, porque saben la importancia que para cada uno de ellos tiene la manada.

Este panorama global se replica en la vida cotidiana en todo lugar habitado por el ser humano, por pequeño que sea, y en cualquier grupo, incluso el de los más inadaptados.

Gente que ha vencido cánones culturales muy arraigados para dejar de ser excluida, tiende a desarrollar rechazo hacia otros, expresar con gran dosis de veneno sus juicios y ejecutar la condena de exclusión con gran frialdad, todo como una forma de reproducir aquello de lo que fue víctima, para no volver a serlo. Es decir, como mecanismo de defensa.

Los excluidos se convierten en excluidores. La vida cambia, pero la mente no. En la mayoría de los casos, ni siquiera nos damos cuenta de que somos excluidos, porque relacionamos la exclusión con una vivencia emocional muy vergonzante. Quién no se ha sentido fuera de contexto por una mirada de sorpresa desaprobadora, una burla, un silencio de molestia, un gesto despectivo, aun cuando provenga de un bicho aún más raro que uno mismo.

La exclusión es la esencia del poder. Sin ella no existe, porque, más allá de su mensaje principal: “usted no es como nosotros y, por tanto, no nos gusta”, significa “usted no puede tener lo que tengo yo, porque usted no es mejor que yo”.

La exclusión puede ser benéfica a nivel personal. Nos permite aislarnos momentáneamente para reflexionar sobre nosotros y la situación, para preguntarnos si realmente debemos o queremos ser parte de algo o relacionarnos con alguien. Pero en lugar de eso nos da por sentirnos inadecuados por distintos. Como no comprendemos que las diferencias son matices y no grados, nos comparamos y, obvio, ganamos o perdemos. Lo aprendemos de nuestros padres, cuando nos quitan las opciones porque critican constantemente lo que elegimos, nos rechazan por cualquier circunstancia, abusan, nos ignoran, se desconectan emocionalmente o permiten que extraños a la familia nos descalifiquen.

Entonces comenzamos a aplicar la cláusula de exclusión, pensando en primera instancia: “usted no me puede excluir, así que antes lo excluyo yo”, y posteriormente: “quiero ser más que usted, así que ¡fuera! o lo saco por la fuerza”.

Nos negamos unos a otros las posibilidades, mientras los lobos comparten.


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