En el TLC, no renegociar la cultura igual que las cebollas - Voces de la UAM | La Crónica de Hoy
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En el TLC, no renegociar la cultura igual que las cebollas | La Crónica de Hoy

En el TLC, no renegociar la cultura igual que las cebollas

Voces de la UAM

Javier Esteinou Madrid*

Al firmarse el Tratado de Libre Comercio entre México, EUA y Canadá en enero de 1994, el gobierno formuló irresponsablemente que la cultura mexicana era tan sólida, rica, madura y milenaria que podía enfrentarse por sí misma al proceso de la apertura de fronteras comerciales globales, sin ninguna política de protección estructural. Así, el gobierno en turno del Presidente Salinas de Gortari le concedió gran importancia a diversas áreas de la negociación como fueron la transferencia tecnológica, la protección de la propiedad intelectual, la apertura financiera, la definición de los principios de origen, la desgravación de cientos de aranceles, la formalización de las reglas del intercambio de mercancías, la reglamentación de los flujos de capital, la transformación jurídica, la competencia laboral, etc. a los cuales si amparó de diversas formas; y asombrosamente no le prestó la menor atención a la función estratégica que debería ocupar nuestra cultura y las comunicaciones dentro de este acuerdo mercantil trinacional, dejando su operación al designio del libre juego de las “reglas del comercio” para manejar la cultura como otra “mercancía” más.

De esta manera, la cultura y las comunicaciones que quedaron desamparadas y fueron afectadas por la acción del Acuerdo Trilateral de Libre Comercio en los dos siguientes niveles básicos: por un lado, se modificaron los aspectos reconocidos formalmente dentro del Tratado como fueron los grados e inversión en el campo audiovisual, el régimen de otorgamiento de concesiones, obligación de emplear un número mínimo de trabajadores mexicanos, autorización de la Secretaría de Gobernación para locutores extranjeros, uso de laboratorios mexicanos para procesar copias de películas extranjeras, entre otras; y, por otro lado, se afectaron las actividades que quedaron oficialmente fuera de éste pacto, pero que se mantuvieron determinados esencialmente por la fuerte dinámica de funcionamiento del libre mercado que formuló el TLCAN.

Dicha posición estatal ocasionó que se restara a la cultura y la comunicación su naturaleza eminentemente social de procesos humanos y se le concibieran como simples mercancías más que debían entrar dentro de la lógica mercantil para generar nuevas ganancias jugosas. Así, éstas fueron negociadas al mismo nivel que los jitomates, las cebollas, los pepinos, los aguacates, los frijoles, el arroz … Con ello, perdieron su carácter de dinámicas comunitarias que vinculan a los grupos humanos, les dan sentido a sus vidas, construyen sus identidades, explican su lugar en el mundo, producen su autoestima civilizatoria, aportan horizontes para transformar sus entornos y le permiten construir las alternativas para existir; y se convirtieron en meros productos “cosificados” o “empaquetados” para comerciarlos con el fin de realizar negocios lucrativos.

Tal mutación comunicativo-cultural derivada de esta concepción fenicio-mercantil miope para adaptar la esfera simbólica de la sociedad mexicana a la dinámica de ampliación de los requerimientos económicos del NAFTA de 1994 a la fecha, ocasionó un profundo desastre comunicativo y cultural que afectó severamente la estructura axiológica de las comunidades, el equilibrio de la cultura nacional, la educación de las masas, la salud de grandes grupos, la estructura psíquica de los ciudadanos, la dinámica de sentimientos, las aspiraciones y el proyecto de desarrollo de la sociedad mexicana. Se creó culturalmente una nación ajustada mentalmente a las necesidades de la expansión del capital multinacional, vía el hiper consumo, y no una sociedad más educada para existir con mayores niveles de civilidad.

Así, por ejemplo, produjo un cambio masivo de hábitos alimenticios que impulsó el consumo intensivo de alimentos chatarra que propiciaron la emergencia o el acentuamiento de la anorexia, la bulimia, la vigorexia, el “desorden del atracón”, que produjeron serias epidemias de salud colectiva en México. La orientación insaciable de la publicidad televisiva hacia la asimilación de mayor ingesta calórica (dulces, botanas, golosinas, refrescos, pastelillos o frituras), la promoción exagerada de la comida rápida y de alimentos preparados, la mayor difusión de comestibles industrializados, el incremento compulsivo del consumo como forma de “éxito social”, contribuyeron en conjunto a expandir los padecimientos de la diabetes, sobrepeso, hipertensión y la obesidad a niveles alarmantes en el país. Con ello, México se transformó en el mayor consumidor de refrescos en todo el mundo, rebasando a los Estados Unidos con una asimilación mayor a los 163 litros por persona al año. Tal fenómeno ya supera en 40% a los Estados Unidos en la ingesta de refrescos por individuo, cifra que es muy preocupante, pues tales bebidas no aportan ningún tipo de nutrientes y su consumo está asociado con el aumento de peso y, por lo tanto, con la obesidad. La prolongación de dicha tendencia cultural, según la OCDE, ocasionará que para el año 2030, 39% de los mexicanos serán obesos.

Se creó una sociedad más adictiva al consumo de alcohol y de tabaco y no a otros productos sanos como frutas y verduras. Substituyó el reconocimiento de ceremonias fundamentales de nuestro proceso histórico, como fue la celebración de la Revolución Mexicana el día 20 de noviembre, que es un referente fundamental de la identidad nacional que conmemora una fecha fundacional del país contemporáneo, y se introdujo la nueva práctica consumista del “Buen Fin”, equivalente al “Black Friday” norteamericano (viernes negro) que obtuvo con gran velocidad un enorme éxito en la población. Se produjo una cultura parasitaria que fomentó crecientemente el desperdicio y no una conciencia eco colectiva para coexistir de manera más responsable.

En síntesis, perdió cultural y comunicativamente la sociedad mexicana y ganaron las grandes industrias culturales, especialmente los consorcios oligopólicos de la comunicación masiva.

Por ello, ahora antes de establecer nuevos acuerdos mercantiles internacionales el Estado mexicano está obligado a informar claramente a los ciudadanos ¿Cómo se va a renegociar la cultura y las comunicaciones ante el nuevo Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá para que nuestra nación se beneficie y no vuelva a perder su riqueza y cimientos culturales?.

* Profesor-investigador del Departamento de Educación y Comunicación de la Unidad Xochimilco, Universidad Autónoma Metropolitana jesteinou@gmail.com

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