Por qué muchos españoles se sienten incómodos con la bandera española - Marcel Sanromà | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 11 de Julio, 2017
Por qué muchos españoles se sienten incómodos con la bandera española | La Crónica de Hoy

Por qué muchos españoles se sienten incómodos con la bandera española

Marcel Sanromà

¿S e imaginan que la bandera mexicana no ondeara en plazas y lugares insignes del país? ¿Se imaginan que pasearse con una playera de México o la selección mexicana levantara miradas de recelo o incomodidad en las calles de ciudades y pueblos mexicanos? No, ¿verdad? Pues en España esto ocurre.

En España los niños no cantan el himno —ni lo tararean, porque de hecho el himno español sigue sin tener letra— en la escuela, ni mucho menos desfilan ante la bandera española. La presencia de la bandera española en la vida civil es limitada, como por otra parte, es relativamente frecuente en Europa.

Sin embargo, en España esta situación va un paso más allá que en países vecinos. En Barcelona, por ejemplo, no ondea la bandera española en ningún lugar público, salvo en edificios oficiales y militares y quizás en hoteles internacionales. No hay una bandera española gigante en el zócalo barcelonés —tampoco catalana—.

No es común tampoco ver la “rojigualda” en balcones de apartamentos, o en las calles. Es más habitual ver a turistas con prendas con los colores de España que a los residentes. Es más, es más común ver playeras de la selección española en las calles de la Ciudad de México que en las de Barcelona (salvo que haya partido importante).

Uno podría pensar automáticamente que esto se debe a la penetración del sentimiento independentista en la sociedad catalana, y naturalmente un secesionista catalán no tiene ningún motivo para exhibir la bandera u otros símbolos del Estado que quiere abandonar. Pero es algo más profundo.

Allá por 2002 había muchas esperanzas de que la selección española hiciera un buen papel en el Mundial de futbol de Corea y Japón. Un arbitraje infame y malintencionado nos condenó a quedar eliminados a manos de Surcorea en cuartos de final. De esa injusticia nació un cierto orgullo, y a mí, en la indefinición de la adolescencia temprana, se me ocurrió pedirle a mi padre que me regalara una playera de la selección. Él, que había proferido todos los improperios posibles contra aquel árbitro y aquél juez de línea que nos dejaron sin semifinales, y que no se alinea precisamente con las tesis secesionistas, se negó.

Años más tarde, mi novia de la época me regaló la playera de la selección tras la conquista del Mundial de 2010, pero sólo me la puse algunas veces para ir a correr, casi de madrugada, y ahora descansa en el fondo de algún cajón.

Si bien la bandera española como la conocemos hoy tiene su origen en el Siglo XVIII, la raíz de esta complejísima relación con los símbolos debemos buscarla en la herencia de la dictadura. Las regiones mediterráneas fueron las más férreas defensoras de la II República, que había incorporado una franja morada en la parte inferior de la bandera, y fueron las últimas en caer en manos del fascismo, que también aplastó a los sectores progresistas de todos los puntos del país, antes de volver a cambiar el morado por el rojo.

La transición española a la democracia, tras la muerte del dictador en 1975, apostó por un proceso suave, donde los miembros del gobierno de la dictadura fascista pudieron reciclarse en demócratas. Así, los símbolos que la dictadura había exhibido con orgullo tras liquidar los de la II República, se integraron en el nuevo sistema parlamentario, sin que los oprimidos, aquellos que venían de los sectores que defendieron la democracia en la Guerra Civil, vieran restituidas su dignidad y sus símbolos.

De este modo, aunque no existe un rechazo frontal a unos símbolos que la mayoría de la gente entiende y acepta como propios, la exhibición que pueda considerarse excesiva –grandes banderas, escenas patrióticas escolares, impresiones en prendas…-- se relaciona fácilmente, en los sectores más progresistas, con el recuerdo de la exaltación típica que ocurría en una dictadura autárquica que alimentaba el patriotismo férreo para defender su ensimismamiento político.

Una posible solución a este entuerto sería lograr la llegada de una III República que incorporara suficientes variaciones a los símbolos para romper con el pasado, integrar mejor todas las posturas políticas y generar mayor consenso.

 

marcelsanroma@gmail.com

 

Imprimir

Comentarios