Lula no es el primero ni será el último - Fran Ruiz | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 13 de Julio, 2017
Lula no es el primero ni será el último | La Crónica de Hoy

Lula no es el primero ni será el último

Fran Ruiz

Para entender lo que sucedió el miércoles en Brasil —un juez condenó a la cárcel a Lula da Silva— tendríamos que trasladarnos en el tiempo y situarnos casi dos décadas atrás. El 10 de octubre de 1998, Pinochet era arrestado en un hospital de Londres por un juez español, Baltasar Garzón, que lo acusaba de torturas, asesinatos y desaparición de personas. El dictador chileno nunca pisó la cárcel, pero murió como un criminal, puesto de rodillas por un juez extranjero y luego humillado por un compatriota suyo, el juez Juan Guzmán. A partir de entonces nada volvería a ser igual.

Por primera vez, los latinoamericanos comprobaron que la Justicia podía ser imparcial y no sólo un vil instrumento de los poderosos para no pagar por sus crímenes. Prueba de ello fue la decisión histórica del presidente argentino, Néstor Kirchner, de anular las infames leyes de punto final y obediencia debida, aprobadas de forma vergonzosa por Carlos Menem, y despojar así de inmunidad a ex gobernantes siniestros, como Jorge Videla, que murió en la cárcel. El otro efecto virtuoso de ese renacer de la Justicia fue la convicción de la izquierda de que ya no era necesaria la lucha armada, ya que, lo que no pudieron antes los fusiles pueden ahora las togas.

La consecuencia fue la llegada al poder de dirigentes de izquierdas a la región, legitimados en las urnas. El traspaso pacífico de gobiernos de la derecha tradicional (heredera en muchos casos de esas dictaduras militares de los ochentas) a esos políticos de izquierdas (algunos de ellos, antiguos enemigos, como el ex guerrillero uruguayo José Mujica) significó la entrada de la democracia latinoamericana a la etapa de la madurez.

El caso más paradigmático fue el de Lula da Silva, el líder sindicalista brasileño y eterno candidato presidencial.

Sólo cuando fue convencido de que debía dejar el discurso de “los pobres primero”, debía ponerse saco y corbata y debía hablar con los empresarios, logró por fin ganar las elecciones en 2003. Con un estilo de gobierno mucho más cercano al socialista español Felipe González que al castrista Hugo Chávez, Lula modernizó el país, sin abandonar a los más necesitados. Lula era el político de moda y fue decisivo para que el siglo XXI arrancase con la izquierda viviendo un idilio con el electorado latinoamericano.

Y así seguiríamos, si no fuera porque casi todos estos dirigentes de la nueva izquierda latinoamericana cometieron un error gravísimo: creyeron que la Justicia acababa con la persecución de los antiguos represores y no creyeron que aceptar sobornos, permitir el financiamiento ilegal en campaña, o directamente desviar dinero de las arcas públicas para enriquecimiento propio, no eran delitos, sino un privilegio que creían inherentes al cargo que ostentaban.

El brasileño Lula, su sucesora Dilma Rousseff, la argentina Cristina Fernández o el peruano Ollanta Humala, todos ellos salpicados por la corrupción, sencillamente no creyeron en la gravedad del delito o creyeron que su condición de “luchadores sociales” los libraba de un futuro en la cárcel (de igual manera que muchos curas acusados de pederastas no creyeron durante mucho tiempo que toquetear a un inocente niño fuese un delito grave).

Pues a todos ellos, el juez brasileño Sergio Moro tiene una noticia que darles, que fue la que le dijo al mismísimo Lula hace dos días: “No importa cuán alto seas, la ley siempre está por encima de ti”.

Puede que muchos magistrados, como ocurre en Venezuela o en México, no se atrevan aún a aplicar esta máxima, pero en Perú están a punto de condenar a penas de prisión a los tres últimos presidentes, de igual manera que el guatemalteco Otto Pérez lleva más de un año durmiendo en la cárcel y donde podría ser enviado pronto Lula da Silva, si un tribunal superior ratifica la histórica sentencia del miércoles.

Gracias a estos jueces sin miedo, la impunidad podría estar en peligro de extinción, incluso en estas tierras donde nos ha tocado vivir.

 

fransink@outlook.com

 

Imprimir

Comentarios