“La Ola” de Liliana Colanzi | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 15 de Julio, 2017

“La Ola” de Liliana Colanzi

“La Ola” de Liliana Colanzi | La Crónica de Hoy

La Ola regresó durante uno de los inviernos más feroces de la Costa Este. Ese año se suicidaron siete estudiantes entre noviembre y abril: cuatro se arrojaron a los barrancos desde los puentes de Ithaca, los otros recurrieron al sueño borroso de los fármacos. Era mi segundo año en Cornell y me quedaban todavía otros tres o cuatro, o puede que cinco o seis. Pero daba igual. En Ithaca todos los días se fundían en el mismo día.
La Ola llegaba siempre de la misma manera: sin anunciarse. Las parejas se peleaban, los psicópatas esperaban en los callejones, los estudiantes más jóvenes se dejaban arrastrar por las voces que les susurraban espirales en los oídos. ¿Qué les dirían? No estarás nunca a la altura de este lugar. Serás la vergüenza de tu familia. Ese tipo de cosas. La ciudad estaba poseída por una vibración extraña. Por las mañanas me ponía las botas de astronauta para salir a apalear la nieve, que crecía como un castillo encima de otro, de manera que el cartero pudiera llegar a mi puerta. Desde el porche podía ver la Ola abrazando a la ciudad con sus largos brazos pálidos. La blancura refractaba todas las visiones, amplificaba las voces de los muertos, las huellas de los ciervos migrando hacia la falsa seguridad de los bosques. El viejo Sueño había vuelto a visitarme varias noches, imágenes del infierno sobre las que no pienso decir una sola palabra más. Lloraba todos los días. No podía leer, no podía escribir, apenas conseguía salir de la cama.
Había llegado la Ola y yo, que había pasado los últimos años de un país a otro huyendo de ella —como si alguien pudiera esconderse de su abrazo helado—, me detuve frente al espejo para recordar por última vez que la realidad es el reflejo del cristal y no lo otro, lo que se esconde detrás. Esto soy yo, me dije, todavía de este lado de las cosas, afinando los sentidos, invadida por la sensación inminente de algo que ya había vivido muchas veces.
Y me senté a esperar.
¿Siente cosas fuera de lo normal?, preguntó el médico del seguro universitario, a quien le habían asignado la tarea de registrar la persistencia de la melancolía entre los estudiantes.
No sé de qué me está hablando, dije.
Esa mañana me había despertado la estridencia de miles de pájaros aterrados sobrevolando el techo de la casa. ¡Cómo chillaban! Cuando corrí a buscarlos, tiritando dentro de mis pantuflas húmedas, sólo quedaban finas volutas de plumas cenicientas manchando la nieve. La Ola se los había llevado también a ellos.
Pero, ¿cómo contarles a los demás sobre la Ola? En Cornell nadie cree en nada. Se gastan muchas horas discutiendo ideas, teorizando sobre la ética y la estética, caminando deprisa para evitar el flash de las miradas, organizando simposios y coloquios, pero no pueden reconocer a un ángel cuando les sopla en la cara. Así son. Llega la Ola al campus y arrastra de noche, de puntillas, a siete estudiantes, y lo único que se les ocurre es llenarte los bolsillos de Trazodone o regalarte una lámpara de luz ultravioleta.
Y pese a todo, creo sinceramente que debe haber un modo de mantenerla a raya a ella, a la Ola. A veces, como chispazos, intuyo que me asomo a ese misterio, sólo para perderlo de inmediato en la oscuridad. Una vez –solamente una– estuve a punto de rozarlo. El asunto tiene que ver con la antena y se los voy a contar tal como lo recuerdo. Sucedió durante los primeros días de la temporada de los suicidios. Me sentía sola y extrañaba mi casa, la casa de mi infancia. Me senté a escribir.
Cuando llegué a Ithaca, antes de enterarme de Rancière y de Lyotard y de las tribulaciones de la ética y estética, creía ingenuamente que los estudios literarios servían para mantener encendida la antena. Así que alguna que otra noche, después de leer cien o doscientas páginas de un tema que no me interesaba, todavía me quedaban fuerzas para intentar escribir algo que fuera mío. El cuento que quería escribir iba del achachairú, que suena a nombre de monstruo pero se trata, en realidad, de la fruta más deliciosa del mundo: por fuera es de un anaranjado violento y por dentro es carnosa, blanca, dulce, ligeramente ácida, y por alguna razón incomprensible se da únicamente en Santa Cruz. Deseaba poder decir algo sobre esta fruta, algo tan poderoso y definitivo que fuera capaz de regresarme a casa. En mi cuento había achachairuses, pero también un chico y una chica, y padres y hermanos y una infancia lejana en una casa de campo que ya no existía sino en mi historia, y había odio y dolor, y la agonía de la felicidad y el frío de la muerte misma. Estuve sentada hasta muy tarde tratando de sintonizar con los conflictos imaginarios de estos personajes imaginarios que luchaban por llegar hasta mí.
En un determinado momento sentí hambre y fui en busca de un vaso de leche. Me senté junto a la ventana mirando cómo la ligera nieve caía y se desintegraba antes de tocar la tierra congelada donde dormían escondidas las semillas y las larvas. De pronto tuve una sensación muy peculiar: me vi viajando en dirección opuesta a la nieve, hacia las nubes, contemplando en lo alto mi propia figura acodada a la ventana en esa noche de invierno.
Desde arriba, suspendida en la oscuridad y el silencio, podía entender los intentos de ese ser de abajo –yo misma– por alcanzar algo que me sobrepasaba, como una antena solitaria que se esfuerza por sintonizar una música lejana y desconocida. Mi antena estaba abierta, centelleante, llamando, y pude ver a los personajes de mis cuentos como lo que en verdad eran: seres que a su vez luchaban a ciegas por llegar hasta mí desde todas las direcciones. Los vi caminando, perdiéndose, viviendo: entregados, en fin, a sus propios asuntos incluso cuando yo no estaba ahí para escribirlos. Descendían por mi antena mientras yo, distraída con otros pensamientos, bebía el vaso de leche fría en esa noche también fría de noviembre o diciembre, cuando la Ola todavía no hacía otra cosa que acariciarnos.

 

 

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