Heridos, de vida y no de muerte - Fernando de las Fuentes | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Domingo 16 de Julio, 2017
Heridos, de vida y no de muerte | La Crónica de Hoy

Heridos, de vida y no de muerte

Fernando de las Fuentes

No hay infancia perfecta

Sigmund Freud

 

No existe ser humano que no tenga heridas de la infancia. De hecho, son un paso obligado para la evolución espiritual.

La forma en que impactan depende tanto de la gravedad de las heridas, como de la manera en que se internalizan, pero todos comenzamos por enviarlas temporalmente a un segundo y hasta tercer planos de la conciencia, pues no estamos preparados ni maduros aún para procesarlas.

Conforme crecemos, los menos se vuelven resilientes naturales: aquellos que rápido las hacen conscientes, las procesan emocionalmente de manera positiva y las convierten en experiencias provechosas.

Los más, las llevan y actúan durante gran parte de su vida, si no es que toda. Dentro de estos, hay quienes las niegan o las reconocen pero huyen al universo del intelecto; las portan como lanza en ristre para desquitarse con lo que se ponga enfrente o crean una imagen de contracultura –—desde los emos hasta los haters—; se encierran en la banalidad y la vanidad, o desarrollan adicciones —desde las prohibidas hasta las promovidas—; quienes actúan como víctimas eternas o se convierten en victimarios, cínicos o culpígenos, y quienes —la mayoría, por cierto— desarrollan varios de estos patrones.

Como paso obligado hacia la espiritualidad, no basta con tenerlas, hay que sanarlas,  y para ello hay que revivirlas —primer escalón que a todos horroriza—, procesarlas emocional y mentalmente —desde el adulto capaz de autodominio—, convertirlas en experiencias enriquecedoras para adquirir sabiduría y, finalmente, traducirlas en las actitudes y conductas de un ser humano que se ocupa en alcanzar la mejor versión de sí mismo.

Algunos pueden solos; otros —casi todos, de hecho—, necesitan ayuda y compañía. Pero en ambos casos se trata de quienes dan el paso obligado. La mayoría de las personas se muere evadiéndolo. Esto no hace a los primeros mejores que los segundos, a menos que se juzgue la diferencia desde el punto de vista de que solo hay una vida para fallar o cumplir. Si pensamos en la eternidad del alma y del espíritu, únicamente están en momentos y posiciones diferentes en la escala de la evolución, que es más colectiva que individual.

Para ayudarnos a dar el paso obligado, los especialistas han planteado diversas clasificaciones de heridas de la infancia. La más popular es la que las divide, de acuerdo a lo que causan, en: miedo al abandono, miedo al rechazo, miedo a la humillación, miedo a la traición o a confiar y miedo a la injusticia.

En tanto no sanemos las heridas de la infancia viviremos con miedo: el gran deformador del ego humano, el mayor obstáculo para la evolución del espíritu, la monstruosa creación del pensamiento indisciplinado, el catedrático del sufrimiento, el hater de todas las redes sociales, virtuales y reales.

El miedo es tan invasivo que le pone trampas aun a quienes están trabajando para dar el paso obligado de sanar sus heridas: debido a que lo primero que hay que hacer es lo más aterrador, o sea, revivirlas; quienes ponen atención y esfuerzo en la inteligencia emocional tienden a justificar a sus padres en lugar de compadecerlos, comprenderlos y perdonarlos.

No es lo mismo entender mentalmente las circunstancias y problemas personales que llevaron a nuestros padres a maltratarnos o les impidieron darnos lo que necesitábamos, que comprenderlos con el corazón y el alma, en un ejercicio de empatía y amor.

Para llegar ahí podemos imaginarlos como los niños a los cuales el adulto que ahora somos les proporcionará, sin ningún resentimiento ni remanente de exigencia, todo aquello que necesitaron. Ellos nos lo dirán. Entonces, si todavía viven, podremos hacerlo personalmente, sin temor a su reacción, con amor incondicional.

Se trata de un ejercicio emocional de imaginación, tal cual hacemos con nuestro niño herido, que los ubique en la dimensión de seres humanos y no de los dioses que vimos en ellos de pequeños.


delasfuentesopina@gmail.com

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