Aún muerto, El Ojos sigue ordenando en Tláhuac | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 24 de Julio, 2017

Aún muerto, El Ojos sigue ordenando en Tláhuac

Hombres armados decidieron lo que se hacía y lo que no en los alrededores de la casa de la mamá. Cerraron la calle Falstaff para su funeral y sólo ellos decidieron quiénes pasaban; la policía, a 10 cuadras del sitio

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Aun muerto, Felipe de Jesús Pérez, El Ojos, sigue siendo el jefe del cártel de Tláhuac-Chalco, o por lo menos eso fue lo que se observó ayer en sus funerales…

Y es que los Pérez Luna siguen siendo la única autoridad en la colonia Nopalera.

Ellos mismos fueron los que decidieron qué se hacía y lo que no en los alrededores de la casa de la mamá —calle Falstaff y Juan Bautista—.

¿Y la autoridad?, muy lejos de ahí —a más de un kilómetro a la redonda—.

Durante todo el día sólo se observaron patrullas sobre la Avenida Tláhuac, a 10 calles de donde se encontraba la carpa amarilla, que fue instalada para que nadie pudiera observar lo que ocurría en el velorio de don Felipe. 

Por la tarde, pasó un helicóptero de la SSP cerca de la zona, pero nada más.

En tierra, los sicarios del capo —hombres mal encarados, tatuados y con pistolas al cinto, siempre cubiertas por las playeras—  fueron los que controlaron los accesos.

Toda persona desconocida era increpada, corrida o amenazada con pistola.

 “Acá no tienes nada que hacer, a la chingada de aquí”, le decían a todo el curioso que se paraba a tratar de observar.

En ambos costados de la calle Falstaff había hombres armados resguardando el lugar donde se estaba velando El Ojos, señor muy querido por muchos habitantes de la demarcación y odiado por sus enemigos. 

Algunos vecinos —que al principio se negaron a contar sobre lo acontecido, pero que después se soltaron de la lengua—, dicen estar cansados de la agresividad y prepotencia de los narcomenudistas y contaron a Crónica que desde la mañana un grupo de hombres pasó a avisarles a cada uno: “Ni se asomen porque se los va a cargar la chingada”, y “Aguas con lo que graban con el celular”.

 En la colonia, grupos de mototaxistas recorrían la zona, haciendo su función de halcones.

Iban cubiertos con la capucha de sus sudaderas y lentes oscuros que impedían reconocerlos.

LA ÚLTIMA AYUDADITA. La madre de Felipe esperó más de tres días a que le fuera entregado el cuerpo de su hijo, llevado desde el jueves pasado al Instituto de Ciencias Forenses para que se le practicara la autopsia.

A decir de algunos familiares del capo, que pidieron no mencionar su nombre, “por eso de que no son bien vistas las borrega (delatores)”, la “jefecita” —Martha Luna, su nombre real— pidió ayuda al delegado Rigoberto Salgado para agilizar los trámites. 

“Y es que nos habían informado que, por las investigaciones, el cuerpo del patrón, sería el último que iban a entregar”, soltó uno de sus trabajadores.

Luego de unas horas de espera y después de corroborar su parentesco, la señora Martha recibió el cadáver.

EL ADIÓS AL CAPO. Desde las 08:00 horas los trabajadores de El Ojos llegaron a la casa de la señora Martha, en la Nopalera, lugar que el capo frecuentaba algunas veces, sobre todo por noche.

De inmediato se pusieron a las órdenes de “la jefecita” y de sus familiares. Y sin más, cerraron la calle Falstaff.

Colocaron una lona amarilla en forma de carpa y cubrieron toda la calle a modo que no se observara en el interior.

En el cruce de las calles Falstaff y Angélica Paulet colocaron un lazo — de extremo a extremo—, un tronco y bloques de contención de plástico color naranja, como los que se utilizan para las obras, para impedir el paso a extraños.

Cinco sujetos se colocaron en ese punto cual si fueran estatuas. No se movían, es más ni siquiera platicaban entre ellos.

En tanto que por Juan Bautista, por donde era el acceso al velorio, había tres barreras de contención que obstruían por completo el paso.

Sin embargo, las vallas plásticas no eran el problema para ingresar a la ceremonia, sino la decena de sicarios que vigilaban la última morada de su líder.

La mayoría de los hombres que custodiaban el lugar traían un celular o un radio en la mano. Todos se comunicaban con los conductores de las mototaxis, quienes se encontraban dando rondines en los alrededores de la colonia Nopalera. Ni siquiera levantaban pasaje, se dedicaron a su labor de halcones.

Cerca de las 11:00 horas llegó El Ojos a su territorio, a bordo de la carroza que fue contratada por su madre. De acuerdo con los forences, Felipe de Jesús tenía doce impactos de bala.

Dicen algunos testigos que el cuerpo venía en el interior de una caja de madera, sin lujos ni excentricidades, como suelen ser los narcos.

El ambiente era hostil. Los desconocidos eran identificados de inmediato por los vigilantes, quienes ni siquiera les dejaban dar una explicación del porqué estaban ahí, bastaba mostrar la cacha de la pistola para que los curiosos se retiraran del lugar.

La mayoría de los sujetos traía gorra que evitaba se les viera el rostro; los otros andaban como “Juan por su casa” sin importarles que los identificaran.

Las esquinas —unas seis calles a la redonda— estaban custodiadas por dos o tres hombres, recargados sobre las paredes de negocios o en las banquetas.

Las mujeres también se dieron cita en el lugar, no obstante, ellas sólo eran las encargadas de “echar aguas por si los azules se aparecen”.

FIESTA. La tambora y el mariachi, de acuerdo con los habitantes de la colonia Nopalera, aparecieron desde temprano.

La familia Pérez Luna no se limitó para darle el último adiós al capo.

La cerveza y el tequila, dijeron, tampoco faltaron; en el transcurso de la mañana los trabajadores del líder del cártel llegaron con cajas de bebidas alcohólicas, que durante la tarde serían repartidas entre los asistentes. 

FAMILIARIDAD. La gente que vive en el lugar, menos los de la calle Falstaff, estaban tranquilos, como si nada ocurriera en el sitio.

Las pistolas, las amenazas y los hombres tatuados parecían no perturbar su domingo.

El tianguis se puso en Angelina Paulet como todos los domingos, los comerciantes no hablaban del tema aunque se les preguntara.

Los vecinos decían desconocer el motivo por el cual la calle había sido deliberadamente cerrada, sólo con el consentimiento de la madre de El Ojos.

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