Hacer ciencia, un acto tan creativo como escribir poesía o música: José Sarukhán | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 07 de Agosto, 2017

Hacer ciencia, un acto tan creativo como escribir poesía o música: José Sarukhán

El Colegio Nacional. José Sarukhán, exrector de la UNAM y primer doctor en Ecología en México, cuenta su vida desde su niñez en las casas de El Buen Tono, en la colonia Doctores, sus estudios y cargos que tuvo hasta la construcción de la Conabio, además de su afición por las músicas de concierto y tradicional

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En la colonia Doctores se ubicaban las casas de El Buen Tono, construidas por la cigarrera del mismo nombre y las cuales eran una especie de villa pequeña y segura, donde José Sarukhán Kermez vivió su infancia. Fue una época esplendida, dice, y “con un grupo de niños montábamos a diario en bicicletas o patines, jugábamos tochito o en lo que realmente era bueno: las canicas”. 

Son los recuerdos de quien es el primer doctor de Ecología en México, exrector de la UNAM, integrante de El Colegio Nacional, multipremiado investigador, gran divulgador de la ciencia y autor de varios libros. Hoy es el titular de  Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio) y de sus cargos o galardones, asegura: “Nunca busqué ninguno de los reconocimientos o puestos que tuve el privilegio de ostentar, excepto para el segundo periodo en la Rectoría de la UNAM, una decisión que tomé un mes antes de que iniciara el proceso de auscultación”.

José Sarukhán nació el 15 de julio de 1940, sus padres fueron Arturo Sarukhán  y Ángela Kermez. La infancia y adolescencia, los primeros 18 años de su vida, estuvieron en las casas de El Buen Tono —ya no existen y hoy son los condominios que conforman la Unidad Habitacional Morelos. Se les conoce como “los Soldominios”—.

—¿Cómo fue su infancia en esas casas?

—Ahí crecí. Fue un lugar espléndido para vivir la niñez, porque se podía jugar sin peligros, como si estuviéramos en un pedazo de ciudad sin coches. Se conformaba por cuatro manzanas de casas, residía en una de éstas. Mi padre hacía zapatos en casa, con un ayudante, y esta actividad generaba los recursos para la familia. Cuando tenía ocho años, mi papá murió a causa de un cáncer. Los dos últimos años de su vida estaba en tan malas condiciones que no pude convivir más. De hecho, mi relación fue muy corta, pero afortunadamente los pocos años que interactúe con él generaron una relación enriquecedora. Uno guarda en la memoria esos momentos, aunque breves, muy significativos.

—Lo anterior es algo que lamento mucho, pero así es la vida. Mi madre y mi hermana Teresa se hicieron cargo de los gastos. Teresa dejó de estudiar diseño en la Universidad para trabajar y mi madre montó, en la colonia Juárez, frente al mercado, una zapatería. Era la continuación del oficio de mi padre. El negocio se llamaba “Arturo” y estaba en la calle de Abraham González. Los sábados, porque los domingos no abría, por las tardes estaba ahí cuidando a mi mamá.

—En ese tiempo cursaba la primaria en el Colegio Cristóbal Colón, una escuela de paga y en la que continuaría hasta la preparatoria. La razón de por qué estudié ahí es que mi padre tenía buena relación con don Juan Bulbulian, uno de los hermanos de esa escuela cristiana, a quien ayudó a traducir textos del griego al español. Mi papá hablaba ocho idiomas y conocía bien el griego. Por esa relación y a su muerte, mi madre fue a comunicar que tenía que salir del colegio porque no teníamos dinero, pero ellos se hicieron cargo de mi educación a lo largo de la primaria, secundaria y preparatoria. Así transcurrieron los años hasta que entré a la UNAM.

—Tuve una educación adecuada. Siempre estaba en los primeros lugares de la clase, pero además fue muy importante ese periodo porque estaban los scouts, El Grupo 6, al que entré y seguí toda la secundaria, la prepa y un año de la Universidad, o sea, seis años, un tiempo muy rico y formativo, además de ser un elemento que me permitió tener otra manera de relación con los jóvenes y la naturaleza, lo cual probablemente haya incidido en mi atractivo hacia la biología.

—Otro elemento significativo fue la relación con el profesor de biología de la secundaria: Antonio Carrillo, espléndido maestro y un artista del dibujo que ilustraba sus clases. En ese tiempo no había transparencias ni Power Point ni acetatos, entonces la forma de ilustrar lo que decía era con dibujos en el pizarrón. Me impactaba la calidad de lo que hacía gráficamente.

— ¿Cuáles eran sus juegos de niño y adolescente?

—Esas casas, esas calles y esos años fueron el entorno de una infancia plena: los niños que ahí vivíamos jugábamos todo el tiempo montados en patines, en bicicleta, o al jockey con los bastones de viejito, al tochito o las canicas, en donde era realmente bueno.

—En el colegio jugué, como deporte, el frontón. Teníamos un grupo de seis o siete  “pelotaris”. Paralelamente estaba el ejercicio de la caminata con los scouts, que salíamos dos o tres días de excursiones, campamentos de autosuficiencia, cuidado y colaboración en equipo.

Su infancia y adolescencia transcurren en este ir y venir de estudios, juegos, campamentos  y sábados de zapatería.  Al terminar la preparatoria, que cursó en 1956 y 1957, porque en ese tiempo era de dos años, en 1958 ingresa  a la Universidad Nacional Autónoma de México en la carrera de biología. Y algo que fue muy emocionante y formativo para José Sarukhán Kermez es que desde niño le gustaba mucho leer. En la zapatería, cuando estaba con su mamá, Ángela, leyó todas las obras de Emilio Salgari.

—Un autor de aventuras que de alguna manera está relacionado con la biología, su futuro.

—No tuve un acto de epifanía en la que uno descubre lo que quiere ser. A lo mejor fue una acumulación de elementos y sensaciones que me fueron guiando. Uno de éstos fue que me intrigaba gigantescamente la forma en cómo el cerebro procesaba señales del medio ambiente para convertirlas en sonidos y colores. Me sigue pareciendo una maravilla cómo evoluciona el cerebro de todos los organismos, porque los humanos no somos los únicos que vemos colores,  escuchamos sonidos u olfateamos aromas. Para eso había que estudiar neurofisiología, pero no había un lugar para hacerlo. Tendría que ser médico y eso nada me atraía. Por eso acabé  escogiendo biología y las instituciones eran la UNAM y la escuela de Ciencias Biológicas del IPN. Entonces pensé: la UNAM me queda más cerca de la casa; y, segundo, tenía poco de inaugurada Ciudad Universitaria. Visitar el campus me embobaba. La primera vez que conocí la Facultad de Ciencias, ¡pues todavía más! Sentí que era el mejor sitio del campus universitario.

—Entonces decidí inscribirme a la UNAM. En ese tiempo no se requería examen para ingresar, únicamente una prueba médica y la pasé. Mi generación fue, con la de los físicos de ese año, 1958, en las que hubo dos grupos en el primer semestre ¡de repente se duplicó la matricula!, y claro al año siguiente la mortalidad académica fue del 50 por ciento: sólo quedó un grupo.

—Entrar a la UNAM y venir de una escuela sólo para hombres te ofrece otra experiencia social. Conocer alumnos y alumnas de todos los estratos sociales conviviendo de manera libre y con la implícita responsabilidad de estudiar. ¡No había quién estuviera pastoreando! Cuatro años ricos. Si lo veo en retrospectiva,  creo que hoy la carrera de biología es mucho mejor que la que me tocó cursar. Los maestros están más al día del desarrollo de la ciencia.

En este punto, José Sarukhán recuerda sus clases y dice que el enfoque dominante en la UNAM era como del siglo XIX en esos años de 1958 a 1961. “Terminé la carrera y nadie nos explicó que seis o siete años antes se había descubierto el ADN, !qué tal para una carrera de biología! Cuando pienso  eso digo “¡caracoles!”, era una visión muy parroquiana en ese tiempo”.

Aunque había maestros muy buenos, como quienes daban clases de taxonomía, “pero su visión del campo de la biología era angostita. Por eso digo que la carrera de biología ahora es mucho mejor de la que había tomado en ese tiempo. Sin embargo, tuve una buena formación básica y la suerte de que en el cuarto año, el último de la carrera, me encontré con Arturo Gómez Pompa, un gran biólogo. Él había entrado a trabajar  en la industria farmacéutica para estudiar plantas medicinales; además, casi un año antes, se creó la Comisión de Dioscoreas —Dioscorea es el nombre genérico del barbasco, la planta de donde se sintetizaron las primeras hormonas que antes se extraían de productos animales como la testosterona, la cortisona, la progesterona—. Esta planta dio origen a la creación de la píldora anticonceptiva, !nada más!, y con laboratorios mexicanos”.

Entonces, José Sarukhán cuenta que se formó una Comisión  de Dioscoreas para estudiar la ecología del barbasco y lo invitaron a que hiciera ahí su tesis de licenciatura. “En ese tiempo era algo inédito, la mayor parte de los que salían de la carrera, si no tenían un papá que tuviera una industria dónde trabajar, que no era mi caso, se iban a dar clases para ganarse la vida, por lo menos al inicio, porque el Instituto de Biología, que ya existía en ese tiempo, estaba cerrado para escuincles recién salidos de la licenciatura”.

—¿Cómo trabajó en esa tesis?

—Tuve la oportunidad  de hacerla con una beca. Me daban 30 pesos al mes, no estaba mal, además me pagaban todos los gastos para ir al campo, donde hacía el trabajo, ¡eso fue la lotería absoluta! Hice ahí la tesis, una cosa extraordinaria y tuve la suerte de que Arturo Gómez Pompa fuera mi guía. Empecé a trabajar en Tuxtepec, Oaxaca, cuando aún había selvas. La zona producía barbasco y la idea era conocer la planta. Fue la puerta que abrió mi recorrido a la ecología, así de fácil. Nunca pude hacer neurofisiología, nada había que se acercara a aquello en toda la carrera y ¡poc!, de repente se abre esto, lo pruebo, me gusta mucho y me quedo.

La tesis tuvo el nombre de “Estudio Sucesional de un Área Talada en Tuxtepec, Oaxaca”, y recibió mención honorífica. Describe el proceso de cómo se recuperan la selvas una vez que son abandonados los campos de cultivo.

— ¿El inicio de una nueva etapa?

— Durante la investigación para la tesis encontré otro personaje para mí muy importante: el ingeniero Efraím Hernández Xolocotzi —maestro por la Universidad de Cornell y profesor de Chapingo—, institución donde se abrió El Colegio de Postgraduados, apoyado por la Fundación Rockefeller para formar agrónomos con maestrías y doctorados.

—Efraím Hernández inició una maestría en botánica agrícola y debí llamarle la atención o lo que sea y me dijo: “Te vienes de alumno al Colegio de Postgraduados”. Entonces dejé la Comisión de Dioscoreas e inicié la maestría. Otro periodo muy rico, particularmente por mi interacción con Efraím, una persona que conocía el México profundo, el de los campesinos que producen los alimentos, los cuales piensa la gente que salen del súper y no del campo.

—Su influencia fue espléndida y me hizo entender a México de una manera diferente y más profunda. Acabé la maestría en la Rama de Botánica, hoy Programa de Botánica del Instituto de Recursos Naturales del Colegio de Postgraduados. En ese tiempo hubo un cambio en la Comisión de Dioscoreas y me pidieron que me hiciera cargo de su dirección. Estaba constituida por brigadas que trabajaban en diferentes partes. Me tocó estar en el norte de Veracruz, que era una zona donde se distribuía el barbasco, otras estaban al centro o sur del estado y parte de Chiapas. Dirijo la comisión durante unos tres años y me topo con un colega inglés: Terence D. Pennington, quien había ido a Chapingo, al departamento de Bosques.

De este encuentro, José Sarukhán recuerda que fue el inicio de otra etapa. En una reunión, Pennington le dijo que estaba muy decepcionado y regresaría a su país, porque no había con quién trabajar, a lo que le respondió: “Qué quieres hacer”, y Pennington le comentó: “Quería hacer un manual de árboles tropicales y otros estudios de este tipo”.

José Sarukhán le cuenta que conocía mucho esos árboles y zonas, porque trabajaba en el trópico de México y le propone al inglés: ¿Por qué no lo hacemos juntos? De 1966 a 1968 trabajaron juntos y el resultado fue el primer libro de Sarukhán: Árboles tropicales de México, que aún es el único manual de este tipo plantas en el país.

— ¿El año de su doctorado?

—Cuando acabamos el libro no lo vi impreso. Me fui al País de Gales a realizar el doctorado. Terence D. Pennington se regresó a Gran Bretaña y me llevó la edición. Me dio mucho gusto tenerla.  En la Universidad de Gales, con la dirección del doctor John L. Harper, obtuve el grado de doctor en Filosofía en Ecología, en enero de 1972.  Después regresé a México e hicimos una segunda edición del libro, luego una tercera con mejores mapas.

—Antes de viajar a Gales, quien me ayudó a decidir dónde hacer el doctorado fue Efraím Hernández. Tenía muchos intereses de trabajar en ecología y en el país no había prácticamente ecólogos. Los que hacían algo que llamaban ecología, lo realizaban como una cosa lateral. Entonces escogí, ésa fue otra gran suerte, a un tutor que era el mejor en ecología de poblaciones de plantas: John L. Harper. Este periodo fue el mejor de todos porque en la vida cada tiempo tiene su magia, pero éste, como era la cima del estudio, fue particularmente importante. John era un tipazo, el mejor en el mundo en su campo, todos los estudiantes querían estar con él. Mucha gente lo visitaba y así conocí a científicos notables que de otra manera hubiera sido muy difícil, como John Maynard Smith y George Evelyn Hutchinson, entre otros.

—Al doctorado me llevé a mi familia: mi esposa e hijos: Arturo y Adelaida. No fue fácil encontrar una beca. En ese tiempo no existía el Conacyt, sólo estaba el Instituto Nacional de la Investigación Científica y ahí la pedí. Tenía calificaciones decentes, una maestría y la contestación fue que la ecología no estaba entre las prioridades del instituto. Ahí tengo guardada la carta.

—Estaba dominado por bioquímicos que pensaban que si no se estudiaba bioquímica, nada se podía hacer en biología. Finalmente se dieron una serie de circunstancias: en la UNAM hubo un cambio en la dirección del Instituto de Biología y el nuevo director, Agustín Ayala, una persona con una visión diferente se enteró de que quería ir a hacer el doctorado y me dijo: “Yo le consigo una beca de la UNAM”. Con ésta y, además, el Consejo Británico me había ofrecido un apoyo, junté 450 dólares mensuales. Así nos fuimos a Gales y vivimos cuatro años buenos. Académicamente no podrían ser mejores. Familiarmente y humanamente, muy ricos.

—¿Un tiempo de cambio cultural, The Beatles, Rolling Stones,…?

—Gales no era el lugar más cosmopolita, no estábamos en Londres, aunque había la influencia de esto. Al final del doctorado me ofrecieron una plaza de profesor en la Universidad de Gales, pero estaba convencido  de regresar a México. Pensaba que en el país podía hacer cosas buenas. No es que allá no pudiera, pero sentía que tenía una responsabilidad, una obligación. Me  había becado la UNAM.

—Antes de regresar, hice mi examen doctoral en Oxford y después de esto tuve la mala fortuna de comentar la decisión a mi esposa e hijos. ¡Casi hubo una revolución! ¿Qué por qué nos regresamos a México?  El retorno fue un poco peculiar. Normalmente lo que se hace es ir al aeropuerto de Londres y tomar el avión y llegas el mismo día a la Ciudad de México; sin embargo, me topé con un viaje en barco que salía del puerto de Southampton, Inglaterra, y paraba por varios países. Cruzaba el Canal de Panamá y luego llegaba a Acapulco. Cuando vi eso dije: ¡guau!, Averigüe los precios y salía más barato un viaje de 21 días con toda la carga que llevaba —libros y otras cosas que acumulas en cuatro años— que por avión.

—De manera que hicimos el viaje visitando lugares que creo que nunca volveré a ver, como Madeiras, Bahamas, Bermudas, Panamá, Jamaica, en fin. Llegamos a Acapulco y nos esperaba la familia. Regresamos en coche a la Ciudad de México. Fueron las únicas vacaciones que tomé durante cuatro años.

—Al llegar, tenía dos ofrecimientos: uno del Colegio de Postgraduados, institución que tenía muchos recursos porque eran los tiempos del presidente Luis Echeverría y estaba apoyando a las escuelas de agricultura con carretadas de dinero. Supongo que pensaba que con eso íbamos a tener una buena agricultura”.

—¿La otra opción?

—La UNAM, que no tenía las carretadas de dinero, pero la elegí, porque su ambiente académico era más cercano a lo que quería, por haber estudiado ahí y además me dio una beca. Sentí una responsabilidad de corresponder a eso. No sé que hubiera pasado si me hubiera ido al Colegio.

—Fue una buena decisión volver a la UNAM, especialmente al Instituto de Biología. En 1972  estaba como rector Pablo González Casanova, un tiempo de conflicto con el sindicato que tuvo cerrada la universidad. Otro hecho interesante, antes de regresar al país, es que en ausencia me habían elegido presidente de la Sociedad Botánica de México y después organizaría el primer Congreso Latinoamericano de Botánica.

—Me asignaron un espacio en el Instituto de Biología: un cubículo y un pequeño laboratorio con pocas cosas que se tuvieron que adaptar. Ahí comenzó otro desarrollo atrayendo  alumnos. Comencé con un curso de “Ecología de poblaciones”, que era lo que había estudiado y muchos se entusiasmaron. Al mismo tiempo recluté  estudiantes y no quise que hicieran el doctorado en la UNAM, porque formándolos, lo que iba a hacer era clonarme en ellos.

—Lo que hice fue  entrenarlos en investigación, publicar libros y encontrarles un lugar de excelencia para mandarlos al extranjero e hicieran el doctorado. A su regreso, afortunadamente, había sido elegido director del Instituto de Biología y tenía un poco de control para obtener plazas. Así se formó el primer grupo de Ecología.

—El segundo paso que construyó el grupo, de unas doce personas, fue crear el primer doctorado en Ecología en el país y graduar a los primeros en este nivel. Luego se atravesó la responsabilidad de la Coordinación de Ciencias, por invitación del doctor Jorge Carpizo; después la rectoría de la UNAM, todo de forma imprevista e inesperada. Fuero ocho años como rector, de 1989 a 1997.

—¿Y la Conabio?

—Esto empezó en 1991; a dos años de haber iniciado el rectorado me llamó el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari para decirme que venía la Cumbre de Río de Janeiro  en 1992 y le diera una idea de qué puede llevar México de contribución al Convenio de Diversidad Biológica. Me puse a leer sobre el asunto, y de repente vi que había una enorme oportunidad para sugerir la existencia  de un organismo que conjuntara toda la información  sobre  biodiversidad del país que estaba regada en unas ocho universidades, en esfuerzos limitados y asilados, y los únicos que tenían acceso a esa información eran los especialistas.

—Para ese tiempo, sabíamos que México era un país con gran diversidad biológica y, antes como director del Instituto de Biología, hice muchos esfuerzos para incrementar las colecciones y tener más conocimiento de lo que tenemos. Armé la idea y se la llevé A Carlos Salinas a quien le gustó mucho. Es una historia que será publicada en breve con mucho detalle.

—Y me dijo: “Muy bien, vamos a echar a andar esto, pero no puedo inventar esta idea así nomás”, Entonces le comenté que hiciéramos una gran reunión internacional. Salinas de Gortari invitó, personalmente, como a 40 personas de todo el mundo a un simposio sobre problemas de la biodiversidad,  y como resultado de ese encuentro se hizo la propuesta de que México tuviera un organismo para esos fines. En 1992 ya existía la Conabio,

— Cuando le sugerí la idea al Presidente, me dijo que si lo quería como un instituto de la UNAM y le contesté: ¡No, no! Debe ser un organismo gubernamental para que ayude al país, no como una actividad académica, ésa ya está en muchas partes y totalmente desmembrada. Para tener la capacidad de concentrar toda esta información y ponerla al servicio de los gobiernos federales,  estatales o municipales, aún no llegamos a este último nivel porque muy pocos municipios tienen la capacidad de entrarle a esto, por eso tiene que ser algo en el gobierno. Eso le gustó mucho, porque pensó que no estaba llevando agua a mi molino en la UNAM.

—Siendo rector no podía dirigir el organismo y propuse  al Presidente a uno de mis alumnos: Jorge Soberón. Lo hizo de maravilla durante los primeros 13 años. Carlos Salinas me invitó a quedarme en la Conabio como coordinador honorario, sin sueldo.  Hice eso hasta hace siete años que  tomé su conducción. Así nace y desarrolla la comisión, que empezó con tres personas y hoy son 320.

—Conabio ha operado durante un cuarto de siglo con dos partidos políticos en el poder, cinco presidentes, un buen número de secretarios de Medio Ambiente. Lo ha hecho por su trabajo de calidad, es independiente, pero cuidadosa de servir lo mejor posible al país.

—La Conabio es referente mundial.

—Ha ganado una presencia internacional muy clara. Es una de las cosas que se han construido bien en este país, porque todos hablamos en algún momento, y otros todo el tiempo, de las cosas que se hacen mal en el gobierno, sin ver que hay proyectos que sí salen bien y tenemos que analizar por qué funcionan ¿Dónde repetir eso?, en los lugares que es dable, repetirlo.

—Pero esa segunda parte nunca  está en la mente de la gente y creo que debiera estar. La Conabio es un elemento que prueba esto, y no es el único, hay otros sitios donde esto ha ocurrido y creo que algo similar pasa en los institutos nacionales de salud, órganos de primer nivel en atención medica e investigación.

—Tienen mucha gente que pone en alto al nombre de México y realmente no es sólo que publiquen sus trabajos, sino que sus investigaciones han ayudado a mejorar la salud de la población mexicana.  En México se olvidan estos hechos tristemente y tengo la sensación  de  que muchos piensan que las cosas bien hechas no se pueden hacer en el país. ¡Claro que se hacen bien y con gran calidad!, pero esto es una visión que no permea en el ánimo de la gente.

—Pareciera que nuestra crítica parte del ninguneo a lo que hacemos.

—Hay parte de eso. A veces me preguntan qué me ha dado más satisfacción en mi trabajo en ciencia y digo: es la formación de alumnos, que en su mayoría son mejores que yo. Son gente que ha brillado notablemente y algunos son miembros de la Academia de Ciencias de Estados Unidos, otros son profesores distinguidos de las universidades de ese país, lo cual por un lado me da gran gusto que los reconozcan, pero también me da grima de que los perdemos de México, donde su  influencia puede ser importante. Son científicos como Rodolfo Dirzo, que está en la Academia Nacional de Ciencias de EU; Jorge Soberón, que es profesor distinguido de la Universidad de  Kansas; Miguel Franco, en la Universidad de Southampton, entre otros. Unos se han quedado en México y replican el proceso de formación en  nuevas generaciones y hoy tenemos una comunidad ecológica realmente robusta en el país.

—¿Y la ciencia en la cultura?

—La cultura, si no tiene ciencia, está manca, y por ciencia quiero decir el entendimiento de nuestro entorno, un proceso de investigación  cuyo producto debe ser parte de la cultura, como son la música y la literatura, porque la ciencia, como  todas las formas de creatividad humana, también es una belleza.

—Tenemos una deformación brutal  en México al pensar que los creadores sólo están en la Secretaría de Cultura y el Fonca, que los científicos no son creadores. Son parte de las tonteras que se siguen regurgitando permanentemente.

—El conocimiento que surge del proceso de investigación fue parte inherente de la población hasta el inicio de la Revolución  Industrial o un poco después. Muchos sabían de tecnologías fundamentales para vivir: cómo ordeñar una vaca, cambiar herraduras a un caballo —era su automóvil—… conocimientos prácticos que venían como productos de la observación, experimentación y eran esenciales para la vida diaria.

—Ahora tenemos una gran cantidad de cuestiones esenciales para la vida, bueno, unas no tanto, pero ¿quién sabe hoy arreglar el motor de un auto? Yo sabía reparar la camioneta con la que iba a Tuxtepec para trabajar con el barbasco y si hoy abro el cofre del coche, no tengo la menor idea de qué piezas son, nadie entiende lo que hay en ese motor. Por ejemplo, cuando teníamos los teléfonos de hace un par de décadas, veíamos los diodos, la bocina… y uno los podía arreglar si se zafaban.

—¡Vamos, eso ya no existe! Hemos perdido mucho la noción de que esos elementos eran parte de la cultura de la gente. Siguen siendo sólo superficialmente, pero se han vuelto tan poco accesibles que ahora se ven como elementos de un mundo aparte.

—La investigación científica que está detrás de esas cosas se ve también alejada. En esto creo que los científicos han tenido un defecto muy grande: no hacen el esfuerzo de traducir su trabajo para la gente común, lo que se conoce como difusión de la ciencia.

—Lo anterior se queda para unos colegas que les gusta y tienen buena capacidad de comunicación, porque la mayoría de los que hacen investigación no están entrenados para  comunicar su conocimiento a la sociedad no experta. Además, los sistemas de evaluación que los rigen simplemente no valoran esta actividad. Hasta más o menos ahora, pero más de labios para afuera que otra cosa, se dice hay que hacer “algo de difusión”.

—Entiendo que hacer difusión de la física del estado sólido para la gente de la calle ni es fácil ni tiene mucho atractivo, pero cuando estamos enfrentando problemas  científicos, como los relativos a los temas ambientales que afectan a los habitantes de este planeta y no hacer el esfuerzo para hacerles ver qué está pasando, ¡es un grave error! Ahí hay una separación que hay que corregir entrenando a la gente para que lo haga, haciéndole ver que si no hace esto, la sociedad va a estar aislada cada vez más del trabajo de investigación. Van a seguir teniendo esta idea mágica: las cosas vienen de algún lugar y hay que mantener a unos cuates para que las sigan produciendo.

—Creo que el trabajo de transmisión de conocimientos a la sociedad es indispensable y los científicos tenemos la obligación de hacerlo. Dedico mucho tiempo a tratar de comunicar esto a la gente con charlas en El Colegio Nacional sobre el ambiente y escribí artículos por ocho años en las páginas editoriales de El Universal, con los cuales se publicó el libro Ecología, economía, educación, que recopila más de 200 textos sobre temas como medio ambiente, ecología, educación y economía.

—Pienso seguir haciéndolo. No comparto esas críticas de que la cultura va por un lado y la ciencia por otro, ni el hecho de que no se crea que hacer ciencia es un acto tan creativo como escribir música o poesía.

— Para José Sarukhán, más allá del científico y formador de generaciones de biólogos, ¿qué es lo esencial para el hombre de carne y hueso?

— Los amigos, la familia, la música. Tuve la suerte de tener una hermana, Teresa, a la que le gustaba mucho la música sinfónica y ella fue mi introductora al tema. No me he quedado ahí, me gusta casi toda la música, porque hay algunos géneros que realmente encuentro poco gratos y algunos hasta repelentes.

—Soy muy “católico” en mis gustos musicales. Me encanta la obra del Renacimiento, especialmente de Michael Pretorius; el periodo de las tres grandes “B”: Bach, Beethoven y Brahms, además de Ravel, Satie y Debussy. Y la música tradicional del mundo, especialmente los sones mexicanos. Esa música de los pueblos me atrae mucho, porque la encuentro fundamental y verdadera.

-Distinciones

Doctor Honoris Causa por 10 universidades nacionales y extranjeras

Medalla de oro al Mérito Cívico Eduardo Neri

Condecoración de la Orden de Orange Nassau

Académico Honorario por la Academia Mexicana de la Lengua

Medalla al Mérito de la Fundación UNAM

Premio NatureServe a la Conservación

Premio Tyler para Logro Ambiental, máximo galardón que se entrega en materia ecológica

-Libros

Árboles Tropicales de México

Las Musas de Darwin

Manual de Malezas del Valle de México

Capital Natural de México

Patrimonio Natural de México: 100 casos de éxito

ElCambio Climático: causas, efectos y soluciones

Defensa legal contra delitos ambientales

Tiene publicados más de 190 trabajos científicos

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