Turismofobia vs. turismofilia - Marcel Sanromà | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 07 de Agosto, 2017
Turismofobia  vs. turismofilia | La Crónica de Hoy

Turismofobia vs. turismofilia

Marcel Sanromà

El lenguaje es maravilloso; capaz de crear, destruir y evolucionar para cumplir con las necesidades de la población y para adecuarse al signo de los tiempos. La adición de la temporada es, sin duda, la palabra “turismofobia”, que han acuñado los medios españoles para describir la situación de tensión extrema que se vive en las ciudades más visitadas del país, sobre todo Barcelona, ante la inmensa y creciente presión turística.

Por supuesto, el término es peyorativo, tratando de desprestigiar a todos aquellos, mayormente de las clases populares, que denuncian incansablemente los perjuicios que les provoca la masificación turística. Tales como la invasión absoluta de departamentos de Airbnb en las zonas más céntricas y visitadas, tales como el diminuto barrio costero de La Barceloneta. Esta invasión termina expulsando a los vecinos (aún incluso si se trata de un barrio gentrificado), gracias a la inestimable colaboración de propietarios de inmuebles y especuladores varios.

Es fácil de entender el problema: Barcelona es una ciudad de 1.6 millones de personas que recibió a 32 millones de visitantes en 2016. Venecia, con 50 mil habitantes, recibe unos 22 millones al año. La locura. Como muestra de cómo crece el problema, en 2011 sólo en 0.8 por ciento de los barceloneses creía que el turismo era el principal problema de la ciudad. Hace un año eran el 6 por ciento, y ahora son ya el 19 por ciento.

La pasada semana el grupo radical izquierdista y anticapitalista Arran, integrado en el partido independentista CUP, se dedicó a pinchar ruedas y pintarrajear autobuses turísticos en Barcelona, en una clara muestra del nivel de hartazgo al que ha llegado la gente en la ciudad.

Es difícil simpatizar con actos agresivos, pero también es difícil simpatizar con un modelo turístico completamente inconsciente y despreocupado que ha vendido la ciudad, como antes ocurrió con Venecia, al mejor postor y a cambio de la simple idea de que más es mejor.

Este modelo ha traído problemas graves más allá del poblacional. Uno de ellos es el más que conocido proceso de sustitución de tiendas tradicionales por locales de venta de souvenirs de nulo gusto y tacto cultural. Como ejemplo, hasta hace pocos años, la Rambla, el paseo principal del centro de Barcelona, estaba plagada de locales que vendían los típicos y tópicos sombreros charros. ¿Es acaso Barcelona parte de México? ¿Se ven siquiera los sombreros en cuestión en las calles de todo México? Quién sabe por qué los vendían, pero se vendían, y mucho.

Pero hay más problemas. Estos días el aeropuerto barcelonés de El Prat está colapsado por la huelga de los trabajadores de la empresa que hace los controles de seguridad. Los problemas vienen desde finales de primavera, pero este es el último episodio. Más allá de trifulcas políticas al respecto, la realidad es que la presión turística que vive la ciudad también se traslada al aeropuerto, relativamente pequeño, que se ve saturado de viajeros.

El mantra ultraliberal repite que el turismo deja dinero para todos, crea lugares de trabajo y es un valor para potenciar la ciudad. La realidad es que el turismo, cuando se gestiona mal, se masifica y desciende en calidad ataca a los más débiles, satura los servicios y licua progresivamente la identidad cultural de la ciudad. Hablando de calidad, hordas de turistas paseando en hoverboard por la playa de Barcelona es para mí una definición gráfica de la idea de “decadencia cultural”.

Por si fuera poco, la mayor parte de los turistas llegan en cruceros, sin llegar siquiera a pernoctar en la ciudad y gastando muy poco, lo que deja un beneficio ridículo en la economía local. El aporte al Producto Interior Bruto del sector turístico es un baremo erróneo para medir los beneficios del mismo, especialmente cuando un incremento en este repercute de forma muy negativa en la población.

El problema es conocido también en México, dónde si bien no existe la masificación turística, sí existe la prostitución de la belleza del país. De un modo u otro, la pregunta siempre es la misma: ¿Cuánto estás dispuesto a sacrificar? En Cancún, por ejemplo, la respuesta fue “todo” y llegaron los hoteles “all included”, mamotretos herméticos que evitan que el turista corra el riesgo de tener contacto con el mundo exterior y con la población local, más allá de quienes trabajan en los complejos.

Querer ofrecer, mostrar y compartir al mundo la belleza que encierran tu país, tu región y tu ciudad o pueblo es muy natural, humano y loable, pero se debe terminar con la idea de que más es mejor.

Es cierto que nadie ha dado todavía con la fórmula definitiva del éxito (en Barcelona podría pasar por limitar la llegada de cruceros más que por restringir plazas hoteleras), pero podemos aprender de aquellas comunidades que se esfuerzan en encontrar un equilibrio que les permita progresar sin perder su esencia.

Un gran ejemplo de ello es la isla de Holbox, que lucha incansablemente para que su incremento en popularidad le permita conservar mejor su riqueza natural sin llegar a romper su diminuto tejido social y a diluir su gran personalidad. Por ejemplo, acaba de aprobar que se prohíba ampliar su parque hotelero mientras impulsa los tours de nado con el majestuoso tiburón ballena. Esperemos que nunca atraque en su pequeño muelle uno de los mismos cruceros que amenazan tanto a Barcelona.

marcelsanroma@gmail.com

 

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