Instrucciones de un obrero para estirar el salario mínimo | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 10 de Agosto, 2017

Instrucciones de un obrero para estirar el salario mínimo

El 75 por ciento de lo que gana Juan Carlos se destina a la comida y el resto lo absorben los pasajes rumbo al trabajo y a la escuela de sus hijos

Instrucciones de un obrero para estirar el salario mínimo | La Crónica de Hoy

Juan Carlos es uno de los 7 millones de mexicanos que, de acuerdo al Inegi, ganan entre 1 y 1.5 salarios mínimos al día. Su salario real es de 130 pesos diarios y lo estira de manera sobrehumana para garantizar, al menos, la comida a su familia y los pasajes para trasladarse al trabajo y a la escuela de sus hijos.

Si no fuera por los pagos por trabajo extra, los ingresos de su esposa, Patricia, que labora informalmente en un tianguis los fines de semana, y la contribución económica de su hijo mayor, no le alcanzaría para el pago de servicios como luz y agua, o para comprar ropa y zapatos. Aun trabajando cuatro horas extras a la semana, los ingresos de Juan Carlos terminarían rebasados.

Juan Carlos tiene 43 años. Se casó con Patricia hace 20 años. Es padre de Juan Carlos, de 18, Roberto, de 16, y Ana Patricia, de 13 años. Este ciudadano atado a la pobreza sólo terminó la secundaria y trabaja, desde hace cinco años, formalmente como obrero en una fábrica metalúrgica de la zona de Vallejo, al norte de la Ciudad de México.

Su jornada de trabajo inicia a las 8 de la mañana y termina a las 5 de la tarde, de lunes a viernes, aunque generalmente labora tres o cuatro horas extras a la semana “para sacar otro poquito”, comenta con orgullo.

Es vecino de la colonia Acueducto Tenayuca, en los límites con la capital del país, y sus dos hijos menores estudian en las cercanías de su hogar.

El mayor de sus hijos decidió abandonar la preparatoria, ahora trabaja en una tienda departamental en la zona de Indios Verdes, también en el norte capitalino.

Juan Carlos está afiliado al Instituto Mexicano del Seguro Social. Tiene como derechohabientes a su esposa y sus dos hijos menores de edad. Por ley no es objeto de ningún tipo de impuesto, por lo que recibe su salario íntegro.

Su rutina inicia todos los días a las 5:30 de la mañana, hora en la que Juan Carlos ya está bañado. Enseguida toma la ducha su esposa. Los hijos menores se bañan por la noche: “Tenemos que ganar tiempo. No podemos bañarnos todos en la mañana”, dice Juan Carlos.

Y en ese ganar tiempo, mientras los chicos se visten y se preparan para ir a sus escuelas, el padre de familia hace el café e inicia los preparativos del desayuno, que siempre termina su esposa. Un desayuno que consiste en leche, pan y huevo revuelto; o puede variar en una torta o un sándwich de frijoles, que las más de las veces los hijos deciden llevarse como refrigerio al colegio.

A Juan Carlos le toca dejar en la escuela a la hija porque le queda de camino a tomar su microbús para el metro y de ahí a Vallejo. A su esposa le corresponde encaminar al hijo: “Sólo lo acompaño unas cuadras. Ya no le gusta llegar hasta la escuela conmigo”, ríe Patricia.

Antes, Juan Carlos le entregó 100 pesos a Patricia —que es lo que aporta a diario para la comida —, “aunque al final de la quincena, la verdad ya no puedo dejar esa cantidad”, reconoce.

Juan Carlos percibe 130 pesos diarios —unos siete dólares —, unos cuantos pesos arriba de 1.5 salarios mínimos al día, que equivalen a unos 3 mil 900 pesos al mes y que, con los extras, le reportan poco más de 4 mil pesos.

El 75 por ciento del salario de Juan Carlos se destina a la comida, y un poco más, lo reserva para la cena: casi siempre pan dulce y café.

Patricia se dedica al trabajo informal en un tianguis de la zona de Acueducto, donde los sábados y domingos vende “lo que sea: ropa y zapatos usados, pero en buen estado —aclara—, discos y a veces, cuando me llega, uno que otro perfume. Vendemos de todo, con tal de ayudar y salir adelante con nuestra familia”, señala.

Las cuentas simples que hace Juan Carlos dejan frío a cualquiera: para sus desplazamientos diarios requiere de 42 pesos, mientras que a sus dos hijos menores les da 10 pesos diarios a cada uno, de lunes a viernes. Es decir, explica, 100 a la semana para ambos, más 210 de él, suman 310.

El salario de Juan Carlos ha quedado totalmente rebasado sólo con los rubros de alimentos y transporte. No hay un peso sobrante para ninguna otra actividad. La recreación se resuelve con lo que haya en la televisión.

El resto del gasto, como luz, agua, teléfono y otros servicios, sale de las ventas de tianguis de Patricia los fines de semana, y de alguna aportación, módica pero metódica, que da a sus padres el mayor de los hijos desde hace ocho meses que comenzó a trabajar.

“Juan Carlos junior ya contribuye bastante al gasto familiar ocupándose y comprándose sus cosas y sus alimentos, ya que casi a diario desayuna y come fuera de casa y, aun así, aporta económicamente para sus hermanos”, relata el orgulloso padre de familia.

Juan Carlos es parte de los más de 7 millones y medio de mexicanos que, de acuerdo al Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), con los datos del cuarto Informe de gobierno, ganan entre 1 y 1.5 salarios mínimos al día, y que este año es de 80.04 pesos.

El drama y vicisitudes económicos que enfrenta a diario Juan Carlos y su familia para salir adelante no son tan penosos si uno se adentra a un mundo aparte, aquel que padecen alrededor de 3 millones y medio de mexicanos más, de acuerdo al Inegi, que trabajan sin salario, es decir, que únicamente tienen como ingreso propinas o ‘‘comisiones’’, aunque laboren ocho o más horas al día.

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