Mexicanos en Europa: Los jesuitas expulsados defienden a su patria - Bertha Hernández | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Domingo 13 de Agosto, 2017
Mexicanos en Europa: Los jesuitas expulsados defienden a su patria | La Crónica de Hoy

Mexicanos en Europa: Los jesuitas expulsados defienden a su patria

Bertha Hernández

Renacer de las cenizas: eso fue lo que hicieron los jesuitas expulsados de la Nueva España. Si ya había resultado suficientemente traumática su abrupta salida de conventos y colegios, no menos duro se perfilaba el futuro de aquellos que, nacidos en la América española, al ser desterrados perdían casa, familia, amigos y lo más importante: la memoria, los recuerdos, la certeza de que pertenecían a esa tierra, y esa circunstancia los hacía diferentes a sus maestros españoles. Para 1767, el trabajo intelectual de algunos jesuitas novohispanos destacados era suficientemente sólido para acometer una empresa de la que cobraron conciencia cabal en cuanto pisaron tierra en Europa: combatir las creencias, muchas inexactas, otras decididamente delirantes, que allá se tenían de los reinos americanos.

Grandes nombres en la historia de la filosofía novohispana, en la historia natural y en los debates científicos de la época están ligados a la orden jesuita: Francisco Xavier Clavijero, Francisco Xavier Alegre, Miguel del Barco, Rafael Landívar Ávila o Agustín Castro Alegre son nombres casi olvidados por el peso de los siglos: la lectura de sus trabajos, escritos en el exilio con mil esfuerzos y apelando a la memoria, al “ser mexicano” que ya traían en la piel y en la mente,

LA ACCIDENTADA PARTIDA. Desde Parral, Guadalajara; Pátzcuaro o Durango, los jesuitas de la Nueva España fueron concentrados en Veracruz para disponer su salida del reino. Todos sufrieron incomodidades y privaciones en el trayecto y al llegar al puerto se encontraron con que su destierro se resolvería con mucha menos eficacia: a fines de julio de 1767, seguían llegando jesuitas. Se convirtieron en auténticos prisioneros, dispersos en casas de religiosos, donde fueron hacinados, esperando el momento de zarpar para Europa.

Amontonados en barcos pequeños, salieron para Cuba a principios de octubre. Llegaron el día 25, después de 19 días de navegación. El destierro apenas comenzaba y algunos religiosos ya sufrían las consecuencias de tantos malos tratos: uno de los más destacados intelectuales de la Compañía de Jesús en la Nueva España, Francisco Javier Clavijero, llegó a la Habana con la salud quebrantadísima. Tras la escala cubana, los barcos tomaron rumbo para Europa. Los testimonios de los jesuitas hablan de incomodidades, de zozobra ante el embate de las tempestades. Sacando fuerzas de flaqueza, algunos hallaron consuelo en el estudio, discutiendo asuntos de náutica y de astronomía. Al paso de los siglos, pareciera haberse olvidado que fueron precisamente los jesuitas quienes defendían, en los días de su expulsión, la enseñanza de disciplinas novedosas, como la física moderna.

Tocaron tierra en España, apenas una parada en Cádiz. Pero su destino final era otro: los estados papales, donde tendrían refugio definitivo. Pero los sinsabores del viaje serían un recuerdo que los acompañó por años: “Costeando fuimos al puerto de Ajaccio”, refirió el padre Antonio López de Priego, narrando su paso por la isla de Córcega. “…en donde no demoramos, pero el día que allí estuvimos, saltamos a tierra unos cuantos para ver la catedral y visitar al Santísimo; llenos todos de asombro no hacíamos más de mirarnos sin hablar palabra, al ver otro mundo nuevo”. Se les rompió el corazón al ver a otros jesuitas, que ya llevaban días en la isla: “…de los nuestros que llegaron antes, estaban allí viviendo, unos debajo de la escalera, y otros en un establo… el alma se me angustió….”

Sin hablar el idioma, sin saber de monedas, pagaban “ocho por lo que valía dos”, les llevó meses encontrar acomodo más o menos definitivo. Se asentaron en Milán, en Parma, en Módena, en Florencia, en Bolonia y en Farnesio. Algunos alcanzaron Roma, y otros fueron a dar a Venecia. Poco a poco, empezaban a recuperar la paz del espíritu, que les permitió emprender una cruzada que tenía mucho de patriótico: convencer a todos los que les rodeaban, que ni la Nueva España ni la América española eran reducto de salvajes, como tantos creían aquellas tierras. Así, se pusieron a escribir. Escribían con todo el rigor que les fue posible, pero, antes que otra cosa, escribían con la memoria y con el sentimiento del hogar perdido para siempre.

MÉXICO Y LAS HISTORIAS JESUITAS. Las historias de algunos de aquellos jesuitas novohispanos se convertirían en narraciones esenciales para comprender cómo, en aquellos siglos de virreinato, la identidad de eso que ya empezaba a llamarse “México” se había ido construyendo. Una de esas historias, la del veracruzano Francisco Javier Clavijero es de suma importancia. Clavijero y algunos de sus compañeros lograron establecerse, en 1768, en Ferrara, donde se quedaron por espacio de año y medio. Allí trabaron amistad con un hombre acaudalado, Aquiles Crispi, quien, impresionado por la sapiencia de aquellos jesuitas, les abrió las puertas de su biblioteca.

Clavijero tomó ejemplo de sus hermanos aragoneses que, exiliados en Córcega, habían discurrido la creación de una academia de ciencias, donde pudieran consagrarse nuevamente al estudio de la filosofía, de las matemáticas, de la ciencia, la historia y la literatura. Aunque el proyecto era prometedor, Clavijero nunca pudo llevarlo a la realidad, pues a mediados de 1770 se le trasladó a Bolonia. Allí viviría, designado tesorero de una casa que habitaba con otros 14 jesuitas novohispanos, con quienes compartía muchas de sus inquietudes intelectuales. A aquella casa, se le iba a conocer en la ciudad como “La casa de la Sabiduría”.

Clavijero recuperó la costumbre de escribir y publicar manuscritos de temas diversos. Muchos de sus compañeros comenzaron a hacer lo mismo. Eran, al fin y al cabo exiliados, y se valieron de la pluma para combatir la nostalgia que los atormentaba. Por otro lado, estaban a disgusto con la enorme ignorancia que, de América, exhibían los europeos que les rodeaban. Sí, empezaron a escribir por hablar del mundo que les habían arrancado, pero también escribían por difundir todo lo que sabían y por patriotismo.

Así, Clavijero produjo su Historia Antigua de México, que primero escribió en español y luego tradujo al italiano; Rafael Landívar, nacido en tierras guatemaltecas, produjo la Rusticatio Mexicana, donde se dolía de la pérdida: “¡Oh salve, Patria para mí querida, mi dulce hogar, oh, salve Guatemala! Otro brillante veracruzano, Francisco Javier Alegre, además de un tratado de retórica, una narración épica en latín titulada Alexandriada y otras obras, reemprendió su Historia de la Provincia de la Compañía de Jesús de Nueva España, cuyos avances le habían sido confiscados en la expulsión. Miguel del Barco, que había sido misionero en California durante casi tres décadas, produjo su Historia Natural y su Crónica de la antigua California. Algunos jesuitas españoles, como Juan Francisco Masden y Francisco Javier Llampillas, también escribieron en defensa de América. Así, remontaron la desgracia. Así, “México” se volvió una obsesión que les ganó la inmortalidad.

No regresaron a la Nueva España. Murieron en los lugares de su destierro, y muchos de ellos allá se convirtieron en polvo aún atacado de amor por la patria lejana. Hasta 1959, fue posible identificar con certeza los restos de Clavijero. Regresaron a tierra mexicana en 1970 custodiados por Agustín Yáñez, entonces secretario de Educación Pública, y por Antonio Campillo, rector de la Universidad Veracruzana. Al paso de la rica urna en que los transportaban, hubo honores y ceremonias en Veracruz, en Xalapa y en Puebla. Era agosto de 1970 cuando los depositaron en la Rotonda de los Hombres Ilustres de la Ciudad de México.

Muchos otros jesuitas no tuvieron tanta suerte. Su legado intelectual les valió una trascendencia que el rey español que los sacó de su hogar, nunca pudo imaginar.

historiaenvivomx@gmail.com

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