Impactados, pero no sorprendidos - Marcel Sanromà | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 18 de Agosto, 2017
Impactados, pero no sorprendidos | La Crónica de Hoy

Impactados, pero no sorprendidos

Marcel Sanromà

Antes de llegar a México pasé 27 años de mi vida en la ciudad donde nací y crecí, Barcelona. Conozco su centro casi como la palma de mi mano, por eso cada nueva información que llegaba del atentado ocurrido ayer hacía un poco más profunda la herida abierta de un sopetón. Partiendo de Plaça Catalunya y bañando el Mediterráneo, Les Rambles son corazón y aorta de la ciudad; como Madero, que nace en el Zócalo y desemboca en Bellas Artes.

Es la segunda vez que el yihadismo golpea España. La primera vez fue en el espantoso atentado del 11 de marzo de 2004 en la red ferroviaria de Madrid, que dejó 192 muertos. En aquella ocasión fue Al Qaeda, y nos agarró a todos por sorpresa. Dos semanas después del ataque llegué a la estación de Atocha con mis compañeros de la escuela secundaria y dejamos flores.

Era otro clima. Pese a los ataques en las Torres Gemelas de Nueva York, el terrorismo yihadista era novedad en Occidente, y nadie creía realmente que algo así pudiera ocurrir en Europa. Fue un shock monumental, y las heridas del golpe de aquellas casi dos centenas de vidas perdidas todavía se sienten, 13 años después. Pese a que la inmensa mayoría nos oponíamos a la participación del ejército español en la guerra de Irak, pagamos el alto precio de tener un presidente que se alineó con la invasión liderada por George W. Bush.

Esta vez fue diferente. Tras dos años de ataques, a nadie agarra por sorpresa un atentado en una ciudad del viejo continente. No somos tan ingenuos. La guerra de Irak dejó unas secuelas que se empezaron a sentir hace cuatro años, cuando el Estado Islámico logró relevancia, y muy especialmente tras el ataque a la revista Charlie Hebdo, en París en enero de 2015.

Francia ha sufrido los peores atentados de esta nueva ola; los únicos que han dejado cifras masivas. Primero fueron los 130 muertos en los ataques de Bataclan, y luego los 85 fallecidos en el arrollamiento en el paseo marítimo de Niza en la fiesta nacional del 14 de julio del año pasado.

Esta nueva ola del yihadismo mundial no entiende de culpables e inocentes, sólo de modelos. Ayer Barcelona no fue blanco de un atentado terrorista por su vinculación a la guerra de Siria, en la que no participa, sino por ser parte elemental del modelo social de Occidente. No en vano los terroristas eligieron precisamente uno de los lugares más céntricos y turísticos. En agosto, cuando La Rambla presenta un clima sofocante, saturada de turistas, y a las cinco de la tarde, hora pico.

Nadie queda a salvo. Barcelona ha sido blanco de un atentado pese a que la sociedad española ha hecho un trabajo de integración con la migración musulmana por el momento notablemente mejor que el de Francia y Bélgica, donde los hijos y nietos de los llegados se sienten excluidos y abandonados, abrazando fácilmente el confort que ofrecen las ideas de la Guerra Santa.

No hay excusas, no hay fronteras. En cualquier lado, cualquier integrista puede decidir rentar una furgoneta y atropellar a la multitud en una calle concurrida. La policía podrá evitar algunos de estos ataques, pero será casi imposible evitar que ocurran, como han ocurrido en Niza, Londres, Berlín, Estocolmo o ahora en Barcelona. Pero para dolor de los familiares y amigos y para fortuna de la sociedad Occidental, cuando se recuerdan la brutalidad y las cifras del pasado, una decena de muertos ofrecen un dolor penosamente digerible.

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