Estalla la revuelta | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 05 de Septiembre, 2017

Estalla la revuelta

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TERCERA PARTE

El 68 explicado a los jóvenes

Todo comenzó el 23 de julio con un zafarrancho entre estudiantes que se originó a partir de un juego callejero: de un lado, alumnos politécnicos —vocacional 5—, del otro, alumnos de una escuela preparatoria privada incorporada a la UNAM, la Isaac Ochoterena. Esto ocurrió en el centro de la ciudad, cerca de la Ciudadela. El enfrentamiento suscitó la intervención de la policía (granaderos y agentes vestidos de civil) que, como siempre, actuó torpemente y adoptó actitudes abiertamente provocadoras. Los estudiantes rechazaron a los policías y se armó un pleito espectacular que se extendió por varias calles y que duró varias horas. En un momento dado, los granaderos, persiguiendo a los estudiantes, invadieron el recinto de la escuela vocacional No. 5 y, una vez dentro, golpearon indiscriminadamente a alumnos y maestros, sin importar sexo. Al menos una profesora fue lastimada seriamente. Consumada su fechoría, los granaderos se retiraron con aire triunfal, pero las cosas no iban a quedar así. Los acontecimientos despertaron indignación en el Politécnico y, los estudiantes de la escuela vocacional afectada, rápidamente tomaron la iniciativa de realizar una asamblea y organizar una protesta pública por el atropello. Fue tal el escándalo que se armó, que la Federación de Estudiantes del IPN tomó cartas en el asunto y lanzó la idea (inusitada) de realizar una manifestación callejera para protestar contra la violencia policiaca el día 26 de julio.

—El 26 de julio, dijo Estrada, es el aniversario de la Revolución Cubana.

—En efecto, contesté, el día 26 de julio algunas organizaciones estudiantiles de izquierda, unas cercanas al Partido Comunista Mexicano y otras próximas a grupúsculos radicales, acostumbraban realizar una marcha conmemorativa que consistía en una procesión pacífica que se desenvolvía por Niño Perdido (eje Lázaro Cárdenas), del Salto del Agua hasta el Hemiciclo a Juárez (en avenida Juárez). El gobierno, aunque vigilaba de cerca, nunca molestaba a los manifestantes. Como ustedes pueden ver, la coincidencia en la realización de dos manifestaciones políticas el mismo día creó una situación inusitada en la Ciudad de México. Fue algo único. Anotemos de paso que ambas marchas fueron autorizadas formalmente por la dirección de gobernación del Distrito Federal. 

—Bueno, dijo Bracamontes, pero la manifestación estudiantil era de politécnicos. ¿Qué hacían los estudiantes de la UNAM mientras tanto?

—Muy buen punto, Bracamontes. Hasta ese momento la Universidad no estaba involucrada directamente, pero hay que mencionar que muchos de los manifestantes pro-Cuba eran estudiantes universitarios. En cierta forma, el día 26, la UNAM comenzó a ser parte del conflicto.

—¿Por qué parte del conflicto? –Preguntó Mireia.

—Bueno, porque el conflicto estalló realmente el 26 de julio. Es decir, aunque a las manifestaciones se les habían asignado rutas distintas (la marcha politécnica iría de la Ciudadela al Casco y la marcha pro-Cuba tendría el trayecto antes mencionado, por Niño Perdido), se rompieron los esquemas cuando una masa importante de los manifestantes del Poli, una vez que culminaron su trayecto, optó por trasladarse en autobuses al centro y continuar la protesta caminando desde la Alameda hacia el Zócalo (esto se hizo contra la voluntad de los líderes de la federación estudiantil). Este grupo de politécnicos llegó a la Alameda haciendo gran escándalo cuando los marchistas pro-Cuba realizaban un mitin frente al Hemiciclo. Los gritos de ¡Zócalo! ¡Zócalo! ¡Zócalo! lanzados por los acelerados del poli sedujeron a los izquierdistas que, en grandes contingentes, dejaron el mitin y se unieron a los politécnicos. Este cortocircuito tendría efectos decisivos para magnificar el conflicto. Unidos de esta manera, politécnicos e izquierdistas (muchos de ellos, como dije, universitarios) se encaminaron desde la Alameda hacia el Zócalo por Madero en medio de un gran estruendo, lanzando consignas contra los granaderos, contra la violencia policiaca y contra el jefe de la policía. Eran unas dos mil personas. Al llegar a la calle de Palma (a una cuadra de distancia del Zócalo) los manifestantes toparon súbitamente con una muralla compacta de granaderos armados con escudos y macanas. La marcha se detuvo, pero casi de inmediato la policía inició un furioso ataque contra los jóvenes. En medio de gritos de pánico, alaridos e insultos, los manifestantes se dispersaron corriendo en todas direcciones. La policía no tuvo miramientos, los persiguió y, cuando los alcanzaba, los golpeaba sin piedad. Muchos jóvenes fueron encarcelados. Pronto el escenario mostraba los estragos de la represión: ambulancias y patrullas aullando, decenas de estudiantes sangrando, muchachas presas de la histeria, persecuciones por todos lados, etc.

Mis alumnos, guardaban un atento silencio, pero en ese instante Estrada tomó la palabra y me interrumpió.

—Maestro, pero ¿por qué atacó la policía si los estudiantes no habían hecho ningún desorden?

—No estoy seguro de la respuesta, pero pienso que la acción de la policía obedecía a la lógica represiva del régimen que no estaba dispuesto a permitir que una manifestación política independiente llegara frente a Palacio Nacional. El Zócalo era un espacio simbólico del poder autocrático y autoritario. Se pensaba que, al ser hollado por fuerzas disidentes, se estaría atropellando la figura del mismo presidente de la República. Ni más ni menos. Pero algo inesperado se produjo durante la represión del 26 de julio: aquí y allá, comenzaron a darse brotes de resistencia física de parte de grupos estudiantiles que contraatacan a la policía con piedras. Y lo que vino a complicar más las cosas fue que la policía, en su afán por perseguir a los manifestantes, comenzó a golpear a los pacíficos transeúntes que, para su mala suerte, transitaban por el centro a esas horas. La noche había caído y la oscuridad contribuyó a multiplicar el desorden. Hubo un incidente que fue determinante en ese momento: acababa de concluir un concierto de rock en la preparatoria número 2 (San Ildelfonso) al que habían asistido centenares de alumnos, entre ellos muchos jóvenes violentos, integrantes de las llamadas “porras universitarias” (las porras surgieron como grupos de animación deportiva, pero con el tiempo se degradaron a pandillas de golpeadores). Al salir del concierto, los estudiantes fueron atacados por la policía y reaccionaron de inmediato contraatacando, se posesionaron de la azotea de su escuela y de las azoteas de edificios vecinos y desde ahí dirigieron la “lucha de defensa”. Se instaló así, un frente de combate en forma.

—¿Ya no había clases a esa hora? –Preguntó Eliseo Bravo.

—Sí, sí había clases, aunque a esa hora (20.30 horas aproximadamente) no muchas. Si ustedes observan el desarrollo de estos eventos, se darán cuenta que el ataque contra los alumnos de la preparatoria podía ser interpretado, como lo fue, como un agravio a la misma Universidad Nacional. Este fue el verdadero disparador del movimiento estudiantil de 1968. Los desórdenes no cesaron y se extendieron hasta altas horas de la noche. Al concluir el día se contabilizaban 2 estudiantes muertos, 300 personas heridas, centenares de personas encarceladas y una especie de “estado de excepción” instalado en el centro de la ciudad que era patrullada incesantemente por granaderos y por patrullas policiacas. La policía no se retiró y, al parecer, la presencia policiaca se justificó con el hecho de que los estudiantes preparatorianos se mantenían en “posición de combate” en las azoteas de los viejos edificios coloniales.

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