Vida de Cuauhtémoc Cárdenas - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 19 de Agosto, 2017
Vida de Cuauhtémoc Cárdenas | La Crónica de Hoy

Vida de Cuauhtémoc Cárdenas

Edgardo Bermejo Mora

( Segunda parte )

2. El príncipe y los mendigos

Tenía seis meses de edad cuando su familia se mudó del barrio de Mixcoac a lo que entonces todavía era un rancho rústico en el rumbo de Tacubaya, y que habría de convertirse en el símbolo arquitectónico del poder presidencial en México: la residencia oficial de Los Pinos. El nombre remitía a una escena juvenil del General Cárdenas, quien  cortejó a su futura esposa en una huerta del pueblo michoacano de Tacámbaro llamada precisamente Los Pinos, y en donde el entonces candidato al gobierno de Michoacán le aseguró a su prometida que algún día le pondría una casa con ese nombre.

Con excepción de una temporada corta en San Luis Potosí durante 1938, en donde el presidente Cárdenas se estableció para combatir la rebelión del general Saturnino Cedillo,  Cuauhtémoc pasará los primeros seis años de su vida en ese pequeño universo de Los Pinos. Lo rodean jardines, juguetes, escritorios, salas de espera,  una alberca en la que su padre nada con frecuencia, caballos, militares, políticos y acaso lo más importante: dieciocho huérfanos que el general recogió durante sus giras, y a los que se llevó a vivir a su lado para asegurarles educación y sustento.    

Con todo, no dormían ni se correteaban  dentro de la casa del presidente de la República. Para resolver el gesto sin faltar a las formas republicanas  se mandó construir un dormitorio y un comedor anexo en donde los niños  recibirían su cuota sexenal de justicia revolucionaria en el orfelinato de mayor lustre cívico de la nación. Con ellos se establece un jardín de niños particular donde también acude  el pequeño Cuauhtémoc  para recibir sus primeras lecciones parvularias.

 Mezcla amorfa de filantropía, populismo y solidaridad cardenista, aquella compañía numerosa debió impactarlo de una u otra manera, ya porque contrarrestó el egocentrismo natural en el hijo único de un presidente; o justamente por lo contrario, es decir, porque se agudizó el contraste que separaba al pequeño príncipe del resto de sus compañeros. De cualquier forma, la condición de hijo único no habría de perderla nunca, a pesar de la presencia reconocida de su media hermana  Alicia  Cárdenas ‑la cual aparece muy poco en los testimonios autobiográficos de la familia, pero de la que sabemos que nació en Sonora en 1918 y que fue el resultado de una de las primeras campañas militares de Lázaro Cárdenas‑  y sobre todo a pesar de que, como se sabría mucho tiempo después, otros vástagos naturales del General reclamaron en los años posteriores una tajada de paternidad oficial.

 Hay una imagen de este periodo que resume el clima épico que enmarcaron sus primeros años. En marzo de 1938, pocos días después de la expropiación petrolera, Cuauhtémoc y sus compañeros de la escuela acuden al Palacio de Bellas Artes, en donde entregarán sus modestos  ahorros como parte de la colecta popular que se organizó para el pago de las indemnizaciones a las compañías extranjeras. La foto, en blanco y negro y por demás emblemática, nos presenta al pequeño Cuauhtémoc al centro de la escena y rodeado de gente  en el instante que habrá de donar un puñado de monedas  en favor de la causa nacional. Sostiene su alcancía de cochino con la fragilidad de un niño angelical, en un gesto de timidez y desconcierto. Aún no lo sabe,  pero su apellido acaba de adquirir rango dinástico, y de asegurar un sitio en la galería histórica de la nación. Los Cárdenas, una saga que en los albores del siglo XXI llega a la tercera generación de protagonismo público y ejercicio del poder,  serán acaso  los últimos herederos visibles del patrimonio moral de la Revolución Mexicana y su legado de transmitirá con mayor puntualidad y eficacia que ninguna otra saga familia de la política  nacional. Ni los Alemán, ni los Reyes Heroles, o los Echeverría,  por citar algunas dinastías hereditarias,  igualan en México la destreza y permanencia en el poder  a los Cárdenas de Michoacán.

Muchos años después, Cárdenas recordaría que desde que tuvo uso de razón oyó hablar del reparto de la tierra y de cuestiones agrarias, de los derechos de los trabajadores y la importancia del petróleo. Estos elementos constituyen ciertamente el otro aspecto clave de su educación sentimental, que le distinguen de otros políticos de su generación. Cuauhtémoc Cárdenas formó parte de una minoría de niños que no creció con el “Catecismo” del padre Ripalda ‑que se leía a espaldas de las escuela laicas‑, sino acaso con algún ejemplar de literatura infantil de resonancias soviéticas en los años dorados de la educación socialista en México. Oía en las conversaciones de familia lo que leía en sus libros escolares. Este principio de congruencia entre la casa y el salón será también definitivo en la formación de su carácter. Para Cuauhtémoc, el aula, el patio o el comedor de la casa son una extensión más del Estado al que representa en calidad de príncipe laico, republicano, y sin derecho aparente a la sucesión del trono.   La “Patria” –con toda su carga semántica decimonónica-  resumida en un todo al mismo tiempo conceptual y doméstico, es la marca más visible  de sus primeros años de formación.

En 1940, al terminar el periodo constitucional de Lázaro Cárdenas como presidente de la República,  la familia se establece en  el pueblo michoacano de Jiquilpan. Cuauhtémoc realiza el primer año de sus estudios primarios entre el pueblo natal de su padre y Pátzcuaro. Sería el principio de un periodo errante e incierto en el que el general buscaba reacomodo en la vida pública, procurando obedecer las reglas no escritas del sistema que  le obligan a mantenerse al margen, sobre todo después de un accidentado proceso de sucesión que cimbró  la unidad del  todavía flamante aparato revolucionario. Pero será el  propio régimen aún en construcción y sometido a constantes turbulencias  quien lo necesita más temprano que tarde. La legitimidad y el liderazgo vivo que representa el caudillo de la Expropiación petrolera  son necesarios para enfrentar el único capítulo bélico internacional del México postrevolucionario.

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