El grito de la intolerancia - José Carlos Castañeda | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 24 de Agosto, 2017
El grito de la intolerancia | La Crónica de Hoy

El grito de la intolerancia

José Carlos Castañeda

Las voces de la intolerancia asaltan la esfera pública. Los ataques, los gritos y las manifestaciones de odio invaden poco a poco las calles. Las actitudes se radicalizan, incluso incitan a la violencia. Cualquier ensayo de disentir del tono beligerante concluye en acusaciones de traición. El paisaje se entinta de blanco y negro. En el campo de batalla ya no hay lugar para el diálogo y el acuerdo. Para el aprendiz de tirano, su sentencia es lapidaria: estás conmigo o contra mí.

El camino más corto para caer en el reino del terror es condenar la discrepancia y perseguir la diversidad de opiniones. Ser disidente significa invocar el derecho a la libertad individual y nada es más peligroso para el líder autoritario. El dictador convive con multitudes, pero rehúye a los individuos. Porque la libertad arraiga en la persona, no en la masa. El primer signo ominoso de intransigencia es excluir a todo aquel que piensa diferente. Frente al déspota, el pensamiento libre despierta hostilidad. El ideal de todo despotismo es extinguir la figura del individuo libre, para tratar exclusivamente con colectivos. 

Michael Ignatieff ha descrito cómo avanza ese proceso de exclusión de la diferencia individual que realizan los instigadores del odio:

“En todas las formas que adopta la intolerancia se ignora la individualidad de la persona despreciada. No es que los intolerantes únicamente se desinteresen por los individuos que componen los grupos despreciados, es que literalmente no los ven como individuos; lo único que importa es la oposición primaria entre ‘ellos’ y ‘nosotros’. La individualidad complica en exceso la cuestión y obstaculiza la defensa del prejuicio, porque la empatía, que actúa en el plano individual, puede subvertir la oposición grupal. Si los grupos intolerantes se muestran incapaces de percibir como individuos a las personas que desprecian ha de ser porque no saben o no quieren percibirse a sí mismos como tales”.

En los noventa, Norberto Bobbio revisitó la discordia entre izquierda y derecha. Su obra aclaró dos temas centrales: en términos de valores la diferencia reside entre quienes defienden la libertad y quienes apelan a la justicia. Pero en el campo de la acción, la distinción relevante es entre aquellos que promueven el radicalismo o el extremismo y los que invocan la mesura o la moderación. En los últimos tiempos, el escenario internacional contempló el eclipse de las ideologías y el estallido de los fanatismos. La única identidad política en juego era ser radical.

El fanático ha renunciado a la individualidad. Sacrifica su vida privada en el altar de los ideales y renuncia a tener un rostro propio. Enmascarado, asume su papel en un teatro donde será el mártir y el asesino. La furia del fundamentalismo se nutre del anhelo de adherirse a una identidad común y confunde los valores con la verdad. Los valores son deseables o indeseables, pero no caben en el registro de lo verdadero y lo falso. La ética no se guía por el conocimiento de la verdad. El dilema de la moral consiste en que los fines de la humanidad están en conflicto permanente. No es posible armonizar los valores. Como el filósofo francés, Alain, advirtió ante la pregunta ¿qué es la tolerancia? “Una clase de sabiduría que supera el fanatismo, ese temible amor de la verdad”. El fanático se cree dueño de la verdad. Al contrario, ser tolerante es una virtud práctica que enseña la incapacidad de alcanzar el absoluto. Contra la intolerancia religiosa, Voltaire defendió la condición humana: incapaz de vivir en la utopía. Somos débiles, inconsecuentes y sujetos a la mutabilidad y el error. Para la convivencia, lo mínimo que se necesita es aceptar la pluralidad del orden social.

La vida pública no pretende el amor del prójimo, pide menos. Günter Grass lo aclara con tono provocador: “no es necesario quererse los unos a los otros, pero sí tolerarse. Cuando se habla de amor, también se habla de odio, las dos cosas van juntas... Yo prefiero algo más aburrido: vivir al margen del amor y del odio”. Las sociedades democráticas reconocen esa realidad: ante la imposibilidad de encontrar armonía entre los valores y ante lo inevitable de que resulta el conflicto, ya que son incompatibles entre sí, el único modo de aprender a convivir es tolerar la diversidad para enriquecer las opciones de vida.   

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