Intentaba describirte con alguien, de Jorge F. Hernández | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 26 de Agosto, 2017

Intentaba describirte con alguien, de Jorge F. Hernández

Intentaba describirte con alguien, de Jorge F. Hernández | La Crónica de Hoy

(Crónica)

Hace unos días intentaba describirte con alguien. No te pareces a ninguna otra mujer que haya visto jamás.

No podría decir: “Bueno, es idéntica a Jane Fonda, salvo que es pelirroja y tiene la boca diferente y, desde luego, no es estrella del cine”.

No podría decir eso, pues no te pareces en nada a Jane Fonda.

Finalmente, acabé describiéndote como una película que vi de niño cuando vivía en Tacoma, Washington. Supongo que la vi en 1941 o en el 42: por ai’. Creo que tenía siete u ocho o seis años de edad. Era una película sobre la electrificación rural y el perfecto ejemplo de las películas de los años 30 con su moral del New Deal, el nuevo trato que proponía el gobierno para todos, pero perfecto ideal para el público infantil.

La película mostraba a los granjeros que vivían en el campo sin electricidad. Tenían que usar linternas para guiarse de no­che, coser y leer, y desde luego no tenían electrodomésticos, como tostadores de pan o lavadoras de ropa, y además no podían oír la radio.

Luego se veía que construían una presa con inmensos genera­dores y cómo iban colocando postes a lo largo y ancho del paisaje e hilaban los cables por encima de los campos y los pastizales.

Había una increíble dimensión heroica que se desprendía del simple hecho de erguir los postes para que se colgasen los cables. Parecían cosa antigua y moderna al mismo tiempo.

Entonces, la película mostraba a Electricidad como un joven dios helénico que salvaba al granjero para siempre de los oscuros enredos de su vida.

De pronto, religiosamente, con tan sólo pulsar un botón el granjero ya tenía luz eléctrica para ver a sus vacas mientras las ordeñaba en las oscuras y negras madrugadas de invierno.

La familia del granjero ya podía escuchar la radio y tener un tostador de pan y muchas luces brillantes para coser nuevos ves­tidos y para leer los periódicos.

Era de veras una película fantástica y me emocionaba tanto como escuchar el himno nacional o ver fotografías del presidente Roosevelt o escucharlo hablar en la radio.

“… El Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica…”

Yo deseaba entonces que la electricidad llegara a todos los rincones del mundo. Quería que los granjeros del mundo pudieran escuchar al presidente Roosevelt en la radio.

Así te veo yo a ti.

La joya que intenté traducir es creación de Richard Brautigan; que los entendidos en géneros y los profesionales de la literatura defi­nan si es cuento o poema en prosa… en realidad, es un milagro que un escritor casi olvidado, desconocido por la inmensa mayoría que intenta leer el mundo ahora, haya cuajado una genialidad tan inocente y pura como decirle a una mujer que se parece a la emoción indescriptible e irracional que me provocan los helados, el re­cuerdo de un óleo que pintó un pariente sobre un paisaje apacible que dicen que fue la casa de mi bisabuelo. Es un espejo donde Brautigan quizá con toda la intención iluminada del escritor de veras se propu­so que cada lector se mire a sí mismo y evoque ese privadísimo placer de la saliva cuando en silencio hacemos el balance de una infatuación y sí, efectivamente, me recuerdas un beso en medio de la lluvia en el escalón de tu casa, la misma casa que se me quedó idéntica en sueños.

Richard Brautigan se suicidó en 1984 con un balazo de calibre Magnum .44 que le reventó el cráneo y es totalmente falso que haya dejado una nota donde decía “Perdón por el tiradero”. Se sabe que publicó diez novelas, nueve libros de poesía y una colección de cuen­tos cortos —muchos de ellos cuentínimos— donde raya en lo que podría llamarse la versión norteamericana de las Greguerías de Ramón Gó­mez de la Serna o el miniepisodio tipo sitcom de la vida cotidiana típicamente norteamericana que todos o casi todos hemos experimenta­do al iniciar un día sobre un plato de cereal… o terminar la jornada hipnotizados con la trama instantánea que nos brinda la enésima repetición de un capítulo de Seinfeld que fascina y encanta como si fue­se la primera vez que lo vemos.

Los cuentos de Brautigan (a quien me propongo traducir en serio y completo) se reúnen en un volumen titulado Revenge of the Lawn (Venganza del césped, que no pasto) y son un compendio bizarro y barroco de instantáneas terroríficas, entrañables o pueriles que se­guramente emocionan o por lo menos intrigan a cualquier lector. Brautigan tuvo una vida azarosa y biografía muy accidentada, del tingo al tango, sin saber a ciencia cierta quién fue su padre y con una madre que se evanecía como una loca envuelta en sábanas… Brauti­gan llegó quién sabe cómo a frecuentar los cafés y el templo supremo de la librería City Lights en San Francisco, California, convirtiéndose en lector asiduo y performancero mucho antes del término du­rante los psicodélicos y psicotrópicos años maravillosos… Brauti­gan es oficialmente influencia suprema de Raymond Carver, David Foster Wallace y del gran Haruki Murakami… a mí me recuerda a Mark Twain y se sabe que se volvió referencia y lectura obligada de la Generación Beat y su novela Trout Fishing in America (que se tradujo al español como La pesca de la trucha en América), es una joya que recomiendo a ciegas y por su magnífica cuarta de forros, donde dice en forma anónima: “Richard Brautigan dijo una vez que su lu­gar en la historia —de la literatura, del mundo—, es decir, en la foto panorámica de la historia, era el lugar de las nubes”. Con el cuento que intenté traducir hoy como poema en prosa que es, sólo deseo que su sonrisa ilumine el nublado atardecer en que recuerdo ese ins­tante inasible en que memoricé los ojos de una mirada que en reali­dad no sé cómo empezar a describir.

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