El imperdonable perdón - Francisco Báez Rodríguez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 29 de Agosto, 2017
El imperdonable perdón | La Crónica de Hoy

El imperdonable perdón

Francisco Báez Rodríguez

El tema de esta columna es el imperdonable perdón que otorgó Donald Trump al sheriff racista de Arizona, Joe Arpaio. Es un asunto tan alucinante, en términos políticos, que merece un intento sensato de explicación. Los párrafos inmediatos parecerán raros, porque hablan de televisión, pero tienen un sentido.

Durante la segunda mitad del siglo XX, se vivían tiempos de televisión abierta. Lo normal era que las familias tuvieran un solo aparato y lo vieran juntos. El grueso de la programación, sobre todo en horario estelar, era para “la familia reunida”.

Análogamente, los partidos políticos decían buscar el interés general y solían dirigirse a toda la población, con base en argumentos ideológicos. Aun las organizaciones autodenominadas de clase afirmaban tener un proyecto nacional, que acabaría beneficiando a todo el mundo (sólo que a algunos más y a otros menos). Casi nadie pensaba en un juego político suma-cero: unos se benefician y otros se perjudican.

Por supuesto, había nichos especiales, dirigidos a públicos más limitados. En la tele en el horario vespertino, había un canal dedicado a las caricaturas y otro a las telenovelas. Esa lógica funcionaba sólo en horarios parciales.

En política, sobre todo en Europa, había partidos locales, dirigidos a comunidades bien definidas. A uno le vienen de inmediato a la mente el Südtiroler Volkspartei en el tirol italiano, Convèrgencia i Unió, en Cataluña o los partidos católicos y protestantes de Irlanda del Norte, dentro del Reino Unido. Pero ninguno de estos partidos, que se definían a partir de la identificación con una comunidad, un lenguaje o una cultura, pretendía hacerse con el centro del poder nacional. Esa lucha era para quienes apelaban al conjunto de la sociedad.

Los tiempos han cambiado. Se multiplicaron las televisiones, y luego las pantallas con acceso a internet. Entre Nickelodeon, MTV, ESPN y E! Entertainment, se acabó el concepto de “familia reunida”. Cada quien en su nicho. El fenómeno es ahora exponencial. Toda pantalla (preferentemente mini) trae una cosa distinta.

Una parte de ese proceso cultural mundial la vemos también en las representaciones políticas. Allí donde hay representación proporcional surgieron partidos animalistas, de pensionados, de vegetarianos, de enemigos del Power Point y, claro, junto con el auge de partidos locales, resurgieron los partidos de identidad racial y nacional, de extrema derecha.

En las naciones que tienen fuertes barreras a la entrada de nuevos partidos, o en las que el sistema lleva a un bipartidismo duro, estas agrupaciones tienen un futuro limitado. Sin embargo, siempre es posible introducir elementos de identidad racial y nacional dentro de un partido tradicional, de los que apelan a la sociedad en su conjunto. Fue lo que hizo Donald Trump (con la inapreciable ayuda de Steve Bannon) con el Partido Republicano de Estados Unidos, en la campaña que lo llevó a la Presidencia.

En esa campaña, mientras Hillary Clinton apelaba a una suerte de coalición arcoíris, con creciente participación de mujeres, latinos, negros y minorías sexuales, y en la que cabía prácticamente todo el mundo, Trump se dirigía sólo a una parte de la población: los blancos heterosexuales cristianos. Lo hacía a sabiendas de dos cosas: que ése es todavía el grupo mayoritario en la población de Estados Unidos y que es un grupo que siente amenazados los privilegios detentados durante toda la historia de ese país.

A lo largo de su gobierno, Trump no ha hecho otra cosa que complacer a su base, con independencia de lo que piense el resto del Partido Republicano (algunos de ellos, ingenuos, siguen pensando en el país en su conjunto). Varios de los grandes escándalos que han acompañado estos siete larguísimos meses tienen que ver con eso.

El primer ejemplo es el famoso veto a la entrada de musulmanes de países considerados peligrosos. Estaba mal hecho en términos jurídicos. Generó una ola de repudio dentro y fuera de las fronteras de EU, pero apenas hizo mella entre los votantes trumpistas, ya encarrilados en la política de identidad. En esas primeras semanas, Trump perdió algo de popularidad en las encuestas, pero sobre todo entre quienes lo apoyaban “algo”. Quienes lo apoyaban “mucho” siguieron haciéndolo.

Un segundo ejemplo es la prohibición —en contra de la opinión de la mayoría de los altos oficiales— de entrada a las Fuerzas Armadas de personal transgénero. Se trata de un muro virtual, que no tiene que ver con valores, capacidad o patriotismo, pero que separa a los “normales” de los “raros”, que es de lo que se trata. El efecto en su popularidad fue nulo.

Ya vimos sus defensas del cristianismo y de la heterosexualidad. Más problemática es la defensa de los blancos. Es lo que vimos con la posición de Trump respecto a los hechos de Charlottesville, donde fue incapaz de deslindarse seriamente de los grupos neonazis y violentos, y terminó defendiendo las estatuas que honran a generales que buscaban dividir a Estados Unidos para preservar la esclavitud. Cedió por un día a las presiones de su partido, para terminar imponiendo su punto de vista, porque a la hora de las definiciones, él está con su base.

¿Cuánto cayó la popularidad de Trump por estos hechos? Unos puntos. Anda por el 37 por ciento. Lo relevante es que dos terceras partes de los republicanos dijeron que su presidente lo había hecho bien. La base no se erosiona tan rápido.

Y es en esa clave que hay que entender su insistencia en el muro “pagado por México” y el perdón a un alguacil condenado por continuar con sus actos de racismo antimexicano aun cuando la Corte le había ordenado ya no hacerlos. Arpaio se jactaba de haber convertido sus centros de detención en “campos de concentración”. Un personaje odioso.

No importa si se rompe el espíritu de la ley, no importa si el perdón presidencial —en contra de la tradición— es en los primeros meses del mandato. Lo que importa es el mensaje. Estoy con los blancos en contra de las demás razas. Es lo que escucha la base. No debe sorprendernos que 30 por ciento de los estadunidenses esté de acuerdo con esta decisión impulsiva, que manda el mensaje de que ser racista es ser “patriótico”.

La política de identidad es peligrosa. Lo hemos visto en Estados Unidos, pero no sólo allí puede germinar. Cuando alguien, en cualquier parte del mundo, hace campaña, abierta o sucia, basado en discriminaciones de raza, origen nacional, religión o preferencia sexual, está alimentando esa serpiente.

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Twitter: @franciscobaezr

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