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¿Derrotaremos al terror yihadista? Les tengo una mala noticia

Drama. El patrón de comportamiento de los autores de atentados como el de Barcelona o Manchester convierte a este tipo de terroristas musulmanes en objetivos casi imposible de erradicar. Aunque el Estado Islámico esté acorralado en Irak y Siria, el Estado Islámico virtual y su ideología del odio resistirán

El terrorista de Boston y el de Manchester. Dos ejemplos de yihadistas occidentalizados y aparentemente integrados

El atentado de Barcelona del pasado 17 de agosto, que dejó 15 muertos (entre ellos cinco niños) y heridos procedentes de una treintena de países, confirma, una vez más, lo que todos tememos desde que dos aviones derribaron las Torres Gemelas de Nueva York, hace ya casi 16 años: Que hay musulmanes que están convencidos de que el sentido de sus vidas es matar indiscriminadamente y morir al grito de “Alá es grande”, porque creen que los convertirá en mártires ante los suyos. Así, sin plantearse límites éticos o morales; sin pararse un minuto a pensar en el verso del Corán que dice que “quien mata a una persona que no haya cometido un crimen es como si matase a toda la humanidad”.

Asumida la tragedia de Barcelona con un resignado “se veía venir”, dada la alta población musulmana residente en España y la serie de amenazas vertidas por el Estado Islámico para “reconquistar Al Andalus”, las dos preguntas que más angustian son: ¿Por qué el mundo no está ganando la guerra contra el terrorismo yihadista? y ¿Por qué jóvenes nacidos y educados en países occidentales están dispuestos a suicidarse y a hacer el mayor daño posible a esos países que un día acogieron a sus familias?

Califato, no: Estado Islámico virtual, sí. Desde que George W. Bush declaró la guerra al yihadismo, en venganza por los atentados del 11 de septiembre de 2001, sólo hemos conocido zarpazos terroristas, que han dejado miles de muertos en casi todo el mundo, especialmente en países musulmanes, como Irak, Afganistán, Pakistán o Siria, pero también en Estados Unidos y cada vez con más frecuencia en Europa. Países como Japón o México se han librado de atentados yihadistas en sus territorios, pero sí hay víctimas entre sus ciudadanos, como las dos mexicanas que fueron asesinadas en las calles de París en 2015.

Para frenar esta sangría, la comunidad internacional entendió finalmente que no hay solución sin las armas, aunque no sea desde luego la única solución posible. La buena noticia es que el Estado Islámico va a ser derrotado militarmente en lo que les queda de territorio en Siria e Irak. Pero la mala noticia es que, si bien es cierto que el Estado Islámico no puede seguir resistiendo la lluvia de bombas lanzadas a diario por cazas rusos y estadunidenses, su mensaje de odio visceral e irracional contra los “infieles” no morirá con ellos. El yihadismo seguirá navegando por internet y seguirá envenenando las mentes de jóvenes que se dejarán impresionar fácilmente por imanes fundamentalistas, que predican el martirio y prometen el paraíso desde mezquitas diseminadas por toda Europa y Estados Unidos, muchas de ellas financiadas con el dinero que obtienen países como Arabia Saudí o Qatar del petróleo que le venden a Estados Unidos.

Uno de esos imanes era Abdelbaki es Satty, quien, desde una mezquita. logró convertir a un grupo de jóvenes sin apenas interés en el islam en terroristas suicidas. Entre sus discípulos estaba Yunes Abuyakub, el que metió una furgoneta en las Ramblas de Barcelona, abarrotadas de turistas, y manejó a más de 100 kilómetros por hora para causar la mayor matanza posible. Tenía sólo 22 años.

Manual del terrorista. Lo que eriza la piel es que el patrón de comportamiento de Barcelona es casi idéntico al del terrorista de Niza, que mató con su tráiler a 84 personas, o el de Manchester, que dejó 22 muertos, o el ya más lejano de Boston, que dejó un saldo de tres muertos y casi 300 heridos durante la maratón.

En todos los casos, los terroristas se habían educado en las ciudades que atacaron y en todos eran jóvenes aparentemente “occidentalizados”, o al menos bastante integrados en las sociedades abiertas y liberales de sus países. En los cuatro casos el proceso de radicalización fue muy rápido aunque los de Barcelona y Niza fueron captados en las mezquitas, el de Manchester lo hizo navegando en internet y el de Boston, Dzokhar Tsárnaev, se dejó “envenenar” por su hermano mayor Tamerlán, coautor del atentado.

Ninguno de ellos necesitó viajar a Siria o Irak para recibir adoctrinamiento del Estado Islámico o de Al Qaeda. Desde la tranquilidad de sus casas o de la mezquita del barrio aprendieron, primero a odiar y luego a matar, sin necesidad de comprar costosas armas.

En 2008, el diario El País publicó un extracto de un manual clandestino, en el que describe las pautas que un buen yihadista debe seguir para no ser descubierto en la sociedad occidental, para que nadie sospeche de que aquel muchacho que baila en la discoteca, que se rasura la barba, que viste y habla como sus “colegas” cristianos y que incluso bebe alcohol con ellos, y que aparenta no haber roto un plato en su vida, pronto va a transformarse en un despiadado asesino.

Mientras internet no logre borrar páginas de exaltación al yihadismo y al martirio, mientras no se controle lo que dicen los imanes en las mezquitas y mientras siga fluyendo el dinero desde el Golfo Pérsico a esas mezquitas, la guerra contra el yihadismo no la ganaremos.

La mala noticia es que seguiremos asistiendo a nuevos atentados terroristas porque Occidente está dispuesto a sacrificar a algunos de sus ciudadanos, con tal de no cortar lazos con esos jeques petroleros, que se gastan miles de millones en armas occidentales y que financian en todo el mundo el islam más radical. Y esto último, desgraciadamente, no va a cambiar.

 

fransink@outlook.com

 

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